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EL PAÑUELO

Enrique tiene cinco años de edad. Ese sábado dos de noviembre acompañó a su familia al camposanto para llevarle flores de cempasúchil al abuelo, con él iban los padres y sus hermanas, mayores que él y la abuela, que enviudó hace nueve y ahora vive aquejada de diabetes mellitus , una enfermedad crónica que cada vez ataca a más jóvenes. El cementerio estaba a rebosar por el arraigo que el Día de Finados tiene en este punto y sus alrededores; y Enrique se había empeñado en asistir a su primera ceremonia de acercamiento con uno de sus antepasados, el abuelo, pese a que no es diestro aún -usa muletas-, en desplazarse por sí mismo y en grandes multitudes. Acaso el aroma profuso de la flor de muertos, como se le llama al Diente de León y a la flor amarilla tradicional, acaso el sol clásico de otoño, quemante, tal vez el apeñuscadero de los deudos fieles a sus raíces, la cuestión es que nadie se lo esperaba, pero Enrique soltó el llanto con ganas, como si se hubiese materializado el abuelo de ...

EL CUARTO DE LAS INJURIAS

Cuando despierto aún oscura la mañana es que me robó el sueño la bebé de meses del departamento de abajo. El tren no, ya es parte de mi sueño el paso del tren a horas tiernas del día, sea jueves o día festivo, el tren pasa cerca de donde duermo. Aunque haya días que la niña tierna no llora, "está resfriada" me dicen los padres recién estrenados papás, abro los ojos todavía oscuro, antes del crepúsculo. Entonces me incorporo, levanto la cortina y trato de intuir cómo empezará el día. Si enciendo la tele, si echo a andar mi lap-top, si prendo el radio, si abro los periódicos on line: el país, la ciudad, las montañas, los cerros y el amanecer se aprecian teñidos de sangre. En este contexto es que el tejido social, las relaciones interpersonales, las raíces familiares están permeadas por la violencia, por fórmulas secretas del crimen, por una adoración no intuida de la sangre joven, de los cuerpos vírgenes, sin pecado, sin recuerdos, sin memoria ni heráldica alguna. Sin aviso nin...

LOS FORASTEROS

También los forasteros, como nosotros, llegan cansados: beben al hilo dos vasos de agua. Ya agotada, agradecidos con los anfitriones, muestran la ristra de dientes deslumbrante. No revelan de donde vienen, pero el perfil los exhibe temerarios ante lo desconocido de nuestra sed. Cuando duermen, recién llegados, se funden con la hojarasca, confundida con ellos en el reposo. Sin ellos saberlo, recuperan inconscientes una inocencia que sólo llevan consigo los viajeros. Su calzado los delata porque éste es un cofre y un mapa de su necesidad de estar/ de ir a otra parte. Cada noche sueñan que descienden, callados, en un esfuerzo sobrehumano, al fondo desconocido de otros mares, de nuevos puertos. Cuando amanece, peregrinos que jamás dejan de serlo, se despiden y prometen el regreso. Aunque nunca sabremos.

sin palomas mensajeras

El martes de semana santa, día laborable en oficinas federales, llevé un paquete lacrado con tres libros formato de bolsillo al Servicio Postal Mexicano, con destino a la ciudad de Durango donde aún tengo amigos que tienen la costumbre de leer literatura. Pasaron tres semanas -o sea 21 días- y el destinatario me envió un e-mail para preguntarme qué pasaba con el envío pues me había hecho el depósito antes de recibirlos. El resto fue un ir y volver, un marcar y remarcar a Sepomex, entrevistas con el administrador F. de Alba y llamadas, de parte de él, a Durango. En síntesis, el cartero había entregado el paquete en las primeras horas de la semana de Pascua en Durango. Era su palabra contra la palabra de Fernando, mi amigo de años y lector de Wilde y otros poetas de países distintos. Entiendo que el servicio de mensajería ya dejó atrás a las palomas como vehículo de comunicación, que se ha estudiado que estas aves, símbolo de paz en tiempos de Olimpiadas, son dañinas a la arquitectura de...