EL PAÑUELO

Enrique tiene cinco años de edad. Ese sábado dos de noviembre acompañó a su familia al camposanto para llevarle flores de cempasúchil al abuelo, con él iban los padres y sus hermanas, mayores que él y la abuela, que enviudó hace nueve y ahora vive aquejada de diabetes mellitus, una enfermedad crónica que cada vez ataca a más jóvenes. El cementerio estaba a rebosar por el arraigo que el Día de Finados tiene en este punto y sus alrededores; y Enrique se había empeñado en asistir a su primera ceremonia de acercamiento con uno de sus antepasados, el abuelo, pese a que no es diestro aún -usa muletas-, en desplazarse por sí mismo y en grandes multitudes.
Acaso el aroma profuso de la flor de muertos, como se le llama al Diente de León y a la flor amarilla tradicional, acaso el sol clásico de otoño, quemante, tal vez el apeñuscadero de los deudos fieles a sus raíces, la cuestión es que nadie se lo esperaba, pero Enrique soltó el llanto con ganas, como si se hubiese materializado el abuelo de anteojos de fondo de botella, nadie dijo nada, simplemente los acompañantes del menor hicieron, silenciosos, un círculo -como cuando dos personas se lían a golpes-, como para que el pequeño llorara sin estorbos, o como si su dolor y llanto fueran sagrados. Es decir, se hizo un silencio respetuoso. Nadie le dijo "Enrique, qué tienes", o "Cállate que vas a asustar a la gente". Simplemente esperaron a que al chico se le pasara el acceso de llanto, a que acabase la catarsis, a que pasara la pequeña nube de tormenta que a veces pasa por nuestras vidas o por algún ceño fruncido.
El terregal que levantan las escobas sobre las losas y lápidas se había hecho presente en las mejillas del chico, que se acentuaron con las lágrimas que le escurrían, en los mocos que le resbalaban ya de una, ya de otra fosa nasal. Alguien se acordó que traía pañuelos desechables pero nadie quiso sacarlos y tenderle uno al chico. Era como un llanto que paralizaba. Como muchos seres de su edad, el pequeño hubo de rubricar el fin del momento de dolor con un hondo suspiro, fue cuando la abuela se acercó y le limpió lo que había que retirarle del rostro. Esta vez no le pidio, "A ver Enrique, suénate fuerte", simplemente le pasó el pañuelo por el labio superior y los cachetes empolvados. Nadie preguntó nada.
Cuando estoy comiendo en el restaurante familiar, días después de la incursión al cementerio, alguien empieza a evocar el episodio. Es cuando el chico se atreve a hacer la aclaración pertinente: "Lloré porque no alcancé a conocer a mi abuelo."

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