EL CUARTO DE LAS INJURIAS
Cuando despierto aún oscura la mañana es que me robó el sueño la bebé de meses del departamento de abajo. El tren no, ya es parte de mi sueño el paso del tren a horas tiernas del día, sea jueves o día festivo, el tren pasa cerca de donde duermo.
Aunque haya días que la niña tierna no llora, "está resfriada" me dicen los padres recién estrenados papás, abro los ojos todavía oscuro, antes del crepúsculo. Entonces me incorporo, levanto la cortina y trato de intuir cómo empezará el día.
Si enciendo la tele, si echo a andar mi lap-top, si prendo el radio, si abro los periódicos on line: el país, la ciudad, las montañas, los cerros y el amanecer se aprecian teñidos de sangre.
En este contexto es que el tejido social, las relaciones interpersonales, las raíces familiares están permeadas por la violencia, por fórmulas secretas del crimen, por una adoración no intuida de la sangre joven, de los cuerpos vírgenes, sin pecado, sin recuerdos, sin memoria ni heráldica alguna.
Sin aviso ninguno, sin yo advertirlo esa mañana con el llanto anticipado de mi tierna vecina, el paso del tren o los ladridos ocasionales de los perros que pasean por el barrio, llego Beto, procedente de Torreón.
Luego del reconocimiento de rigor: : cómo has estado, cómo te ha ido en la vida, la enfermedad, el corazón, las vías respiratorias, el trabajo, la familia, los amigos, la fortuna, el sueño, el amor, la soledad, los contratos, el conocimiento, el falso equilibrio, la casa, los negocios, el coche, las puertas, el verano, los viajes a Saltillo, a Monclova; en suma, qué vientos te traen por aquí.
Finalmente, Beto me cuenta, muy por encimita y como de pasada, que un su amigo, a propósito de la violencia, que permea incluso las crestas más lejanas del paisaje, apareció un día con tajos en el rostro, las piernas, el torso, la espalda, los omóplatos, las plantas y las palmas. Tajos surcados con violencia, como algunos diseños de artistas mitad figurativos y mitad abstractos, con arma blanca. Con pasión entonces. Con moretones en la cara y en los ojos, el amigo no quiso contar lo sucedido, aunque su cuerpo era el bosquejo de una historia sórdida y muda a un tiempo, como una historia esbozada en el fondo de un mar cercano a nuestras costas. Había prestado su morada, en Gómez Palacio, a un pederasta y, claro, lo confundieron con el victimario; o un cómplice; el caso es que le pudo ir peor.
Beto había venido a esta ciudad para estar presente en un rito religioso luego de la muerte de una chica, tres años atrás, en un percance carretero. La joven tenía 18 años, como decían los adultos de entonces: con toda la vida por delante. La idea de la visita era vernos de nuevo antes de su retorno, pero ya no fue posible. Me avisó que saldría de madrugada, horas antes de su plan original, así que quien sabe cuantos años pasen antes de vernos de nuevo.
Aunque es más fácil conseguir información de un viejo, qye tuvo otra formación religiosa, visual, lingûística, sensorial, emocional y todo lo que quepa en el libro de la vida, yo abrigaba la intención de preguntarle a mi amigo de Torreón por el cuarto de las injurias.
Hasta donde sé, éste era el lugar donde se almacenaban las cosas en desuso: baúles, petaquillas, valijas, periódicos, planchas, máquinas de coser manuales, marca Singer, revistas, libros, libretas y cuadernos, monturas y cosas con un pasado que en su momento no se llevaron al muladar ni se les prendió fuego. Esa habitación, el cuarto de las injurias, hacía las veces de bodega o almacén de tiliches, objetos abandonados y acumulados mientras no tuviesen alguna utilidad. Ahì, me dijo alguien, se encerraba también a los niños rebeldes, malcriados y rezongones.
Podía ser un cuarto de grandes dimensiones, una bodega, sin ventanas y con una sola puerta; a veces tenía un ojo de buey, cerca del techo, con el fin de que se ventilara el lugar o, dado el caso, saliese el humo o el llanto dle chico castigado por respondón, desobediente o cualquiera fuese el motivo de la sanción.
Esta mañana de septiembre no ha llorado la bebé tierna de mis vecinos; ni ha pasado tren carguero alguno; tampoco he tenido noticias de Beto y su llegada con bien al remoto Torreón. Pero me he incorporado con una certeza: aquellos hogares que no tenían un cuarto de las injurias donde aislar a los chamacos rebeldes, a éstos se les castigaba en el patio, cerca de los hormigueros, hincados; o los dejaban en la azotea mientras los señores de la casa se iban al rosario; o simplemente los dejaban sin cenar, aislados del mundo (para que nadie los viese llorar).
Pero hay una duda que me asalta en cuanto abro los ojos: la recién nacida, que ya recibe clases de estimulación temprana y natación a domicilio, aunque en los departamentos se carece de piscina, ¿suelta el llanto prque adivina que hay un cuarto de las injurias en su vida?; ¿su vocación en la vida, en el sentido etimológico de la palabra -"sentirse llamado a"- está relacionada con alguna celda de castigo o, por el contrario, la bebé, en el corto tramo de su vida, añora el lugar estrecho en que vino al mundo y donde maduró antes de ser expulsada a esta ciudad de piedra? Aunque hay pensadores que afirman que pasan meses y años para que un neonato se despabile antes de pasar de la galaxia de donde se desprendió, antes de caer -¿de pie?- en este plano de la realidad terrenal. Para mí, lo cierto es que quien sabe.
Esta vez me desperté aún oscura la mañana; aunque no se escuchaba el llanto de la nena tierna, ya estaba despierto. La víspera me había planteado la posibilidad de viajar a un pueblo distante cinco horas, donde viven Fernando y Sergio: la disyuntiva que tenía frente a mí, como cuando me peino frente al espejo, era si salía el sábado en la tarde; o viajaba la mañana del día siguiente. El quid del viaje era el regreso a casa: el lunes o el martes pues a media semana tenía cita con el médico, a primera hora.
Pero ya estaba despierto y no podía, en ese momento, retomar el sueño. Por lo que me incorporé a desalojar los riñones y a preparar el café de ese día. Finalmente dejé que el día desvaneciera el propósito, cada vez más lejano, de ir al pueblo distante casi un cuarto de día.
Por la tarde recordé una creencia de un conferenciante: hay casas que cobijan y casas que matan; pensamiento o idea que relacioné con una casa en que viví a mediados de la década de 1980, en otra ciudad. Aunque ahí no enfermé de hepatitis, a ese lugar me trasladé mientras convalecía; ahí escribí "La noche a cuentagotas", que fue una recreación de la enfermedad y la paulatina recuperación. Mientras vivía esta etapa supe que, años atrás, ahí, donde ahora habitaba, habían estado las instalaciones de la Cruz Roja; es decir, era una casa que encerraba dolor, enfermedad, duelo, colores apagados, cuerpos inermes e inertes. Pero ahí me acompañaba Josefina, minina que una noche me impidió dormir: era la primera vez que mi mascota trepaba a un árbol, de donde no supo bajar, hasta que un vecino le ayudò con un palo de escoba.
Aunque haya días que la niña tierna no llora, "está resfriada" me dicen los padres recién estrenados papás, abro los ojos todavía oscuro, antes del crepúsculo. Entonces me incorporo, levanto la cortina y trato de intuir cómo empezará el día.
Si enciendo la tele, si echo a andar mi lap-top, si prendo el radio, si abro los periódicos on line: el país, la ciudad, las montañas, los cerros y el amanecer se aprecian teñidos de sangre.
En este contexto es que el tejido social, las relaciones interpersonales, las raíces familiares están permeadas por la violencia, por fórmulas secretas del crimen, por una adoración no intuida de la sangre joven, de los cuerpos vírgenes, sin pecado, sin recuerdos, sin memoria ni heráldica alguna.
Sin aviso ninguno, sin yo advertirlo esa mañana con el llanto anticipado de mi tierna vecina, el paso del tren o los ladridos ocasionales de los perros que pasean por el barrio, llego Beto, procedente de Torreón.
Luego del reconocimiento de rigor: : cómo has estado, cómo te ha ido en la vida, la enfermedad, el corazón, las vías respiratorias, el trabajo, la familia, los amigos, la fortuna, el sueño, el amor, la soledad, los contratos, el conocimiento, el falso equilibrio, la casa, los negocios, el coche, las puertas, el verano, los viajes a Saltillo, a Monclova; en suma, qué vientos te traen por aquí.
Finalmente, Beto me cuenta, muy por encimita y como de pasada, que un su amigo, a propósito de la violencia, que permea incluso las crestas más lejanas del paisaje, apareció un día con tajos en el rostro, las piernas, el torso, la espalda, los omóplatos, las plantas y las palmas. Tajos surcados con violencia, como algunos diseños de artistas mitad figurativos y mitad abstractos, con arma blanca. Con pasión entonces. Con moretones en la cara y en los ojos, el amigo no quiso contar lo sucedido, aunque su cuerpo era el bosquejo de una historia sórdida y muda a un tiempo, como una historia esbozada en el fondo de un mar cercano a nuestras costas. Había prestado su morada, en Gómez Palacio, a un pederasta y, claro, lo confundieron con el victimario; o un cómplice; el caso es que le pudo ir peor.
Beto había venido a esta ciudad para estar presente en un rito religioso luego de la muerte de una chica, tres años atrás, en un percance carretero. La joven tenía 18 años, como decían los adultos de entonces: con toda la vida por delante. La idea de la visita era vernos de nuevo antes de su retorno, pero ya no fue posible. Me avisó que saldría de madrugada, horas antes de su plan original, así que quien sabe cuantos años pasen antes de vernos de nuevo.
Aunque es más fácil conseguir información de un viejo, qye tuvo otra formación religiosa, visual, lingûística, sensorial, emocional y todo lo que quepa en el libro de la vida, yo abrigaba la intención de preguntarle a mi amigo de Torreón por el cuarto de las injurias.
Hasta donde sé, éste era el lugar donde se almacenaban las cosas en desuso: baúles, petaquillas, valijas, periódicos, planchas, máquinas de coser manuales, marca Singer, revistas, libros, libretas y cuadernos, monturas y cosas con un pasado que en su momento no se llevaron al muladar ni se les prendió fuego. Esa habitación, el cuarto de las injurias, hacía las veces de bodega o almacén de tiliches, objetos abandonados y acumulados mientras no tuviesen alguna utilidad. Ahì, me dijo alguien, se encerraba también a los niños rebeldes, malcriados y rezongones.
Podía ser un cuarto de grandes dimensiones, una bodega, sin ventanas y con una sola puerta; a veces tenía un ojo de buey, cerca del techo, con el fin de que se ventilara el lugar o, dado el caso, saliese el humo o el llanto dle chico castigado por respondón, desobediente o cualquiera fuese el motivo de la sanción.
Esta mañana de septiembre no ha llorado la bebé tierna de mis vecinos; ni ha pasado tren carguero alguno; tampoco he tenido noticias de Beto y su llegada con bien al remoto Torreón. Pero me he incorporado con una certeza: aquellos hogares que no tenían un cuarto de las injurias donde aislar a los chamacos rebeldes, a éstos se les castigaba en el patio, cerca de los hormigueros, hincados; o los dejaban en la azotea mientras los señores de la casa se iban al rosario; o simplemente los dejaban sin cenar, aislados del mundo (para que nadie los viese llorar).
Pero hay una duda que me asalta en cuanto abro los ojos: la recién nacida, que ya recibe clases de estimulación temprana y natación a domicilio, aunque en los departamentos se carece de piscina, ¿suelta el llanto prque adivina que hay un cuarto de las injurias en su vida?; ¿su vocación en la vida, en el sentido etimológico de la palabra -"sentirse llamado a"- está relacionada con alguna celda de castigo o, por el contrario, la bebé, en el corto tramo de su vida, añora el lugar estrecho en que vino al mundo y donde maduró antes de ser expulsada a esta ciudad de piedra? Aunque hay pensadores que afirman que pasan meses y años para que un neonato se despabile antes de pasar de la galaxia de donde se desprendió, antes de caer -¿de pie?- en este plano de la realidad terrenal. Para mí, lo cierto es que quien sabe.
Esta vez me desperté aún oscura la mañana; aunque no se escuchaba el llanto de la nena tierna, ya estaba despierto. La víspera me había planteado la posibilidad de viajar a un pueblo distante cinco horas, donde viven Fernando y Sergio: la disyuntiva que tenía frente a mí, como cuando me peino frente al espejo, era si salía el sábado en la tarde; o viajaba la mañana del día siguiente. El quid del viaje era el regreso a casa: el lunes o el martes pues a media semana tenía cita con el médico, a primera hora.
Pero ya estaba despierto y no podía, en ese momento, retomar el sueño. Por lo que me incorporé a desalojar los riñones y a preparar el café de ese día. Finalmente dejé que el día desvaneciera el propósito, cada vez más lejano, de ir al pueblo distante casi un cuarto de día.
Por la tarde recordé una creencia de un conferenciante: hay casas que cobijan y casas que matan; pensamiento o idea que relacioné con una casa en que viví a mediados de la década de 1980, en otra ciudad. Aunque ahí no enfermé de hepatitis, a ese lugar me trasladé mientras convalecía; ahí escribí "La noche a cuentagotas", que fue una recreación de la enfermedad y la paulatina recuperación. Mientras vivía esta etapa supe que, años atrás, ahí, donde ahora habitaba, habían estado las instalaciones de la Cruz Roja; es decir, era una casa que encerraba dolor, enfermedad, duelo, colores apagados, cuerpos inermes e inertes. Pero ahí me acompañaba Josefina, minina que una noche me impidió dormir: era la primera vez que mi mascota trepaba a un árbol, de donde no supo bajar, hasta que un vecino le ayudò con un palo de escoba.
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