EL CENICERO
uno.
Soy de las personas que coleccionan ceniceros robados. Hace unos 20 años expropié uno de acero, con forma de sartén, de factura michoacana, que este mediodía se me fue de las manos y se le desprendió el mango. Es la primera vez que se me cae y aun así pienso seguir utilizándolo. No sé si recupere su factura artesanal con "cola loca", trataré de disimular el percance pues me es muy útil mientras me encierro en el excusado, su lugar habitual y donde ha envejecido y ennegrecido (*).
dos.
Tuve un amigo con la costumbre de entrar a hacer sus necesidades fisiológicas con pluma y crucigrama en mano. Decía que sólo así encontraba la concentración mientras evacuaba. He sabido de personas que tienen en el baño una canasta o una repisa con revistas y periódicos viejos; para los que orinamos de pie, hay baños donde he encontrado un dibujo original de José Luis Cuevas en la pared, enmarcado. Durante una temporada tuve en la avenida Ámsterdam una litografía de Francisco de Goya, "Muchachos cogiendo fruta", hasta que un amigo le cubrió con un papel el sustantivo "fruta". Hay otras personas que entran al WC con un cigarro encendido, "es la única forma de relajar el intestino y simular el mal olor", me han dicho. Yo, por mi parte, termino de despertar en el inodoro con un café caliente y un cigarro, mientras me extravío en la inmortalidad del cangrejo, como se dice.
tres.
Si mal no recuerdo, hay una escena en la novela "Pedro Páramo" en que el protagonista se dilata, de niño, en el baño de pozo. Una mujer le grita, creo que la madre, que ya salga, porque el mocoso se ha quedado con la cabeza perdida en Susana San Juan. Y es que hay personas que identifican el excusado o la hora del baño con placeres clandestinos o prohibidos: la excitación o la masturbación. Por eso en ciertos pueblos conservadores es mal visto el aseo diario, me refiero a México pues habrá otros que por la escasez de agua sea imposible este ritual y que se contrarreste con el uso de perfumes, desodorantes, inciensos, ámbar o yerbas olorosas. Qué sé yo.
cuatro.
Tengo la firme certeza de que hay individuos que tienen el mal tino de marcar a casa cuando está uno bajo la regadera o sentado en el trono (como se dice); hasta que compré una extensión inalámbrica para tenerla cerca. Aunque acostumbro dejar la contestadora, mientras me aseo, pues me ha sucedido que salgo escurriendo agua y con una toalla para enterarme que marcaron un número equivocado o preguntan por Karla, que no vive aquí. Supongo que otros habrán sustituido este aparato por un móvil o celular; aunque hay trastos con la leyenda "No se exponga a la humedad ni al agua". Pero debe haber celulares resistentes a uno y otro fenómeno, como hay relojes de pulsera con esta propiedad. Prometo preguntar en los negocios llamados "Hospital de móviles".
cinco.
Lo cierto es que he adquirido la mala costumbre de entrar al excusado con la lap-top y a veces con la extensión telefónica. Así reviso la correspondencia en la máquina o hago alguna llamada mientras estoy en ese espacio restringido y en ese tiempo muerto. Tiempo semejante al que uno vive mientras espera que le terminen el corte de pelo, le lustren el calzado o hace antesala con el médico. Usualmente ni el médico ni la peluquera tienen noción del tiempo de los demás; y se atienen, también, a que mientras te atienden tomas algún diario o revistas al alcance para matar la espera; o sacas de algún lado el libro de bolsillo.
seis.
(*anexo) De pronto he recordado que en una ocasión llegamos los Infrarrealistas al departamento del crítico de arte Armando Torres Michúa, amigo cercanísimo de la poeta Elena Milán, a un convivio con tragos gratis y algún ambigú -término cursi muy socorrido en la prensa de sociales-; antes de que nos corrieran -era frecuente que los Infras fueran exhortados a abandonar algún recinto de cultura mientras el poeta Roberto Vallarino leía su producción, por ejemplo-, salimos del piso de Armando, mi invitado, Miguel y yo; con un cenicero expropiado; era de cristal cortado. En Insurgentes, en la ciudad de México, abordamos un colectivo o un taxi, no recuerdo. A la altura del Viaducto, casi recién habíamos abordado el colectivo en la colonia Del Valle, se nos emparejó otro vehículo con armas de fuego apuntadas en dirección a la cabeza. Miguel y yo nos agachamos alarmados, en los asientos traseros. Ahí olvidamos el cenicero de lujo. Los que perseguían al chofer de nuestro coche, de seguro policías "secretos" -así les llamaban a lo que no portaban uniforme-, lo habían confundido; aclarado el malentendido continuó su viaje. Pero nosotros descendimos y nos fuimos a pie. Ahí, en el piso de los asientos traseros, perdimos el "botín".
(continuará.)
Soy de las personas que coleccionan ceniceros robados. Hace unos 20 años expropié uno de acero, con forma de sartén, de factura michoacana, que este mediodía se me fue de las manos y se le desprendió el mango. Es la primera vez que se me cae y aun así pienso seguir utilizándolo. No sé si recupere su factura artesanal con "cola loca", trataré de disimular el percance pues me es muy útil mientras me encierro en el excusado, su lugar habitual y donde ha envejecido y ennegrecido (*).
dos.
Tuve un amigo con la costumbre de entrar a hacer sus necesidades fisiológicas con pluma y crucigrama en mano. Decía que sólo así encontraba la concentración mientras evacuaba. He sabido de personas que tienen en el baño una canasta o una repisa con revistas y periódicos viejos; para los que orinamos de pie, hay baños donde he encontrado un dibujo original de José Luis Cuevas en la pared, enmarcado. Durante una temporada tuve en la avenida Ámsterdam una litografía de Francisco de Goya, "Muchachos cogiendo fruta", hasta que un amigo le cubrió con un papel el sustantivo "fruta". Hay otras personas que entran al WC con un cigarro encendido, "es la única forma de relajar el intestino y simular el mal olor", me han dicho. Yo, por mi parte, termino de despertar en el inodoro con un café caliente y un cigarro, mientras me extravío en la inmortalidad del cangrejo, como se dice.
tres.
Si mal no recuerdo, hay una escena en la novela "Pedro Páramo" en que el protagonista se dilata, de niño, en el baño de pozo. Una mujer le grita, creo que la madre, que ya salga, porque el mocoso se ha quedado con la cabeza perdida en Susana San Juan. Y es que hay personas que identifican el excusado o la hora del baño con placeres clandestinos o prohibidos: la excitación o la masturbación. Por eso en ciertos pueblos conservadores es mal visto el aseo diario, me refiero a México pues habrá otros que por la escasez de agua sea imposible este ritual y que se contrarreste con el uso de perfumes, desodorantes, inciensos, ámbar o yerbas olorosas. Qué sé yo.
cuatro.
Tengo la firme certeza de que hay individuos que tienen el mal tino de marcar a casa cuando está uno bajo la regadera o sentado en el trono (como se dice); hasta que compré una extensión inalámbrica para tenerla cerca. Aunque acostumbro dejar la contestadora, mientras me aseo, pues me ha sucedido que salgo escurriendo agua y con una toalla para enterarme que marcaron un número equivocado o preguntan por Karla, que no vive aquí. Supongo que otros habrán sustituido este aparato por un móvil o celular; aunque hay trastos con la leyenda "No se exponga a la humedad ni al agua". Pero debe haber celulares resistentes a uno y otro fenómeno, como hay relojes de pulsera con esta propiedad. Prometo preguntar en los negocios llamados "Hospital de móviles".
cinco.
Lo cierto es que he adquirido la mala costumbre de entrar al excusado con la lap-top y a veces con la extensión telefónica. Así reviso la correspondencia en la máquina o hago alguna llamada mientras estoy en ese espacio restringido y en ese tiempo muerto. Tiempo semejante al que uno vive mientras espera que le terminen el corte de pelo, le lustren el calzado o hace antesala con el médico. Usualmente ni el médico ni la peluquera tienen noción del tiempo de los demás; y se atienen, también, a que mientras te atienden tomas algún diario o revistas al alcance para matar la espera; o sacas de algún lado el libro de bolsillo.
seis.
(*anexo) De pronto he recordado que en una ocasión llegamos los Infrarrealistas al departamento del crítico de arte Armando Torres Michúa, amigo cercanísimo de la poeta Elena Milán, a un convivio con tragos gratis y algún ambigú -término cursi muy socorrido en la prensa de sociales-; antes de que nos corrieran -era frecuente que los Infras fueran exhortados a abandonar algún recinto de cultura mientras el poeta Roberto Vallarino leía su producción, por ejemplo-, salimos del piso de Armando, mi invitado, Miguel y yo; con un cenicero expropiado; era de cristal cortado. En Insurgentes, en la ciudad de México, abordamos un colectivo o un taxi, no recuerdo. A la altura del Viaducto, casi recién habíamos abordado el colectivo en la colonia Del Valle, se nos emparejó otro vehículo con armas de fuego apuntadas en dirección a la cabeza. Miguel y yo nos agachamos alarmados, en los asientos traseros. Ahí olvidamos el cenicero de lujo. Los que perseguían al chofer de nuestro coche, de seguro policías "secretos" -así les llamaban a lo que no portaban uniforme-, lo habían confundido; aclarado el malentendido continuó su viaje. Pero nosotros descendimos y nos fuimos a pie. Ahí, en el piso de los asientos traseros, perdimos el "botín".
(continuará.)
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