Márai y el suicidio

La muerte de mi padre

Cuando enterramos a mi padre, tuve la sensación de haber recibido un cargo que debía asumir, un ascenso, y me embargó una extraña sensación de libertad que a punto estuvo de asfixiarme, como si me hubiesen dicho: "Ahora ya puedes hacer lo que te apetezca. Puedes afiliarte al partido anarquista, puedes suicidarte, puedes hacer aboslutamente todo..." Desde luego, no había nada preciso en que emplear dicha "libertad". No existe más libertad que la del amor y la humildad. Sin embargo, tras la muerte de mi padre tuve que reconocer que en toda mi vida él había sido el único que me había tratado bien, que había sido bueno conmigo sin esperar nada a cambio, a su manera triste y civilizada -puesto que incluso para ser buenos hay que ser civilizados, porque si no la bondad resulta insoportable-, tuve que reconocer que yo no era capaz de amar a nadie más, que en mi interior había vanidad, heridas dolorosas y ganas de venganza en vez de amor y humildad. La razón y la comprensión pueden apaciguar las emociones; yo no creo en la "cura", ni siquiera en la paz interior. Sabía que nunca más sería capaz de establecer una relación humana incondicional con nadie, que debía entregarme totalmente a mi trabajo, a mi "modo de vivir", y trasladar allí todo lo que en mí y en mi mundo quedaba de humano.


(trozo tomado de Confesiones de un burgués, editorial Salamandra, Barcelona, octava edición, 2007. Traducción del húngaro de Judit Xantus Szarvas.)

Entradas populares de este blog

Gonzalo Rojas (1917/2011 )

Jorge Carrera Andrade (1902/1978 )

Raúl Gómez Jattin (1945/1997 )