LA NOTA ROJA QUE HABITAMOS

Cada mañana, al verte reflejado en el espejo del baño, alguien corresponde a tu saludo. Ese mundo aparentemente simétrico y que corrobora tu identidad, es otro mundo, el mismo pero diferente, tu ojo derecho es el izquierdo, igual tu mano, tu oreja. Igual los libros de los libreros, igual las cortinas pendientes de los cortineros, lo mismo tus cejas y las canas del bigote. Junto al mundo que habitamos existe otro mundo paralelo. Hasta cierto punto es posible penetrar en él y regresar después sano y salvo, escribió Haruki Murakami. 

En otro contexto, también lo expresó así el poeta Efraín Bartolomé, cuando narra en su crónica*: ´´Antenoche volvimos a casa levitando, en la felicidad más plena, tras la amorosa y conmovedora recepción del público ante nuestro libro presentado en Bellas Artes.´´ Pero bastaron 24 horas -de noche a noche- para que emergiese la amenaza, la invasión, para que él y su mujer se arrodillasen ante la irrupción del puñado de desconocidos encapuchados, con las siglas de la PFP en la espalda, con las armas de asalto frente a ellos, a la altura de sus ombligos -de Efraín y Guadalupe-, de sus labios cuando de rodillas en el baño, antes de derrumbarse, preguntaban por qué, cómo, quién.

El domingo pasado fuí a un pueblo distante 60 kilómetros. Había acordado con dos amigos que nos veríamos en la casa de los suegros de él, a las once de la mañana, para charlar sobre la violencia que asuela a Zacatecas. Llegué con media hora de retraso, aunque mis amigos todavía no llegaban, me dijo un joven que me vio llegar. Como llevaba un periódico bajo el brazo y un morral negro con una libreta, una agenda, un libro y el celular, me senté en una de dos bancas simétricas de cemento que presiden la entrada. Apenas empezaba a hojear el diario, salió un señor a preguntarme a quién buscaba. Le informé el acuerdo previo con mis amigos de vernos a las once. Era evidente la desconfianza. En otro momento, en otra época me habrían ofrecido la entrada, un vaso de agua, el uso del sanitario, acaso un refresco o acaso un café. Pero no ahora y en ausencia de mis amigos. No en balde la ONU ha clasificado a Zacatecas, en cuanto a violencia, próxima a Chihuahua, Tamaulipas, Nuevo León y Durango. El mundo paralelo al que se refiere el autor japonés, quizá, es el especular del cuadro de azogue, la luna del espejo; o acaso haga referencia a los sueños, teñidos a veces de pesadilla, como la vivida por el poeta y su mujer.

¿La posición que tomamos al dormir refleja una desprotección, una amenaza, un despojo pasado o futuro? El edificio donde vives, con seis departamentos, dos por piso, se mantiene cerrado con llave desde que allanaron la casa de una vecina para saquearla. Nos hemos acostumbrado a una violencia latente, a una amenaza presentida, observada, intuída, olfateada. En la crónica de Efraín Bartolomé se refleja ese estar en guardia siempre: ´´Quité la tranca que protege la puerta de nuestra recámara y me asomé al pasillo: hacia el comedor veía luces...´´ Una noche lluviosa y oscura -los arbotantes de la calle se habían apagado-, escuchaste, en la privada de al lado del edificio, un camión pesado que salía en reversa, alguien daba indicaciones como cuando pasa el camión repartidor de agua Ciel o el de la Coca-Cola. Te asomaste por la ventana: era un tráiler lleno de militares y dos jeeps descubiertos con más. Andan buscando droga, pensaste. En la víspera viste que tres elementos militares, vestidos de civil, se estacionaban a la entrada de la misma privada, que en realidad es un callejón pues tiene una sola entrada-salida. Después te dijo una vecina que era un recorrido de rutina.

La crónica ¿De verdad estamos tan solos? describe esa amenaza presente en la novelística de Murakami y en la prosa del chileno Roberto Bolaño. Después que la pareja del poeta y su mujer se refugia en el baño, último reducto de una casa violada, invadida, hollada por desconocidos, al tiempo que ella marca el número de emergencia, él toma un silbato colgado de una pared y lo utiliza, acaso para llamar la atención de los vecinos o engañar a los invasores. Pero el llamado de auxilio no es atendido -como en el 066 de cualquier parte de México-, aunque es la Policía Federal Preventiva (PFP) la que allana la casa de la pareja de 60 y 54 años, ambos profesionistas. El enemigo se agiganta antes de destrozar la puerta de entrada, el poeta, en la desesperación, empuja una caja -con herramienta o libros, no lo dice- para retrasar el acorralamiento. ´´Abran la puerta, hijos de la chingada...!´´, gritaban mientras empujaban y metían sus rifles negros hacia el interior. 

En la crónica hay un suspense progresivo: ´´Oigo ruidos en toda la casa. Están vaciando cajones, abriendo puertas, pisando fuerte sobre la duela de madera. Oigo ruidos afuera, en el cuarto de huéspedes, en la torre, en el estudio de abajo.´´ En cada hogar de este país puede, en ese momento, estar ocurriendo algo semejante, con variantes: una granada de fragmentación que estalla, puertas rociadas silenciosamente con gasolina antes de prenderle fuego, un terremoto antes del amanecer, un exmilitar entrenado por kaibiles que degüella a una familia completa, una chica que salió del trabajo a las diez de la noche y que extravió el camino de regreso a casa. Todos somos sujetos de protagonizar una nota roja perdida en interiores.

La tensión cada vez más densa es trazada con mano firme: los uniformados y con pasamontaña destrozan la tranca de la entrada principal (primera violación), luego la puerta de la recámara (segunda), luego la puerta de la sala, ¨la chapa en el suelo y fragmentos de duela en el piso¨(tercera). La pareja invadida comienza el recuento de daños después de escuchar que se han retirado -´´se oyen motores que se prenden y carros que arrancan´´-: se llevaron una cámara fotográfica con que pensaba ella tomar instantáneas del desorden y los destrozos (el miedo y la rabia no pueden tomarse), desapareció la memoria de la computadora y un reloj Omega Speedmaster Professional. Otras dos llamadas infructuosas a Emergencias de la policía.

Luego del recuento del reguero de daños registrados en un tramo de la madrugada, Efraín y Guadalupe preguntan al joven que ha llegado qué se le ofrece: viene a ver a una amiga que vive a la vuelta, cuya casa fue también allanada -es Patricia Magaña, bióloga e investigadora universitaria, que vive con su hija-, simultáneamente con la de sus padres, que viven solos. Ambos domicilios saqueados y sus habitantes vejados.´´ Pudieron habernos matado´´, le dice la mujer al poeta, quien imagina los cuerpos ensangrentados en el baño que utilizaron como último reducto.´´ ¿Quién ordena estos operativos?´´, pregunta el poeta y preguntamos los lectores: ¿Felipe Calderón, Genaro García Luna, Marisela Morales, la Marina, el Ejército, el cardenal Juan Sandoval Íñiguez. Todos ellos? La invasión sucedió la primera semana de agosto en la delegación Tlalpan del sur de la ciudad de México.





http://www.jornada.unam.mx/ultimas/2011/08/11/1515333-201cbfde-verad-estamos-tan-solos-201d-se-pregunta-el-poeta-efrain-bartolome

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