Tarahumaras: exclusión permanente
Los tarahumaras, dejados a la mano de Dios, excluidos como lo afirma Amnistía Internacional, y a quienes solamente se les recuerda por su pobreza durante las festividades decembrinas en las que aflora el altruismo, tuvieron su semana de suerte: la ayuda que esperaron durante meses les llegó en cuestión de horas. Efectivamente, los encargados de allegarles bienestar jugaron carreras para entregar alimentos y otros menesteres, en buena parte donados por la sociedad que se solidariza en su desgracia.
Los indígenas de Chihuahua, al igual que los de otras entidades de la República pasan por las mismas penurias que se repiten año con año y en los últimos dos, agravadas por la sequía revelada como desastre nacional. Los apoyos de Procampo, que según la Federación se entregan oportunamente a los agricultores y según las instancias del Estado se detienen sobre el escritorio de algún burócrata con estómago satisfecho, no alcanzan a la región serrana.
La cuestión es que la hambruna y la pobreza desparramada sobre la sierra de Chihuahua, no es reciente, sus habitantes diseminados en pequeñas e inaccesibles comunidades, las han sufrido toda la vida. Organizaciones humanitarias, incluidas las estudiantiles de nivel superior, les alivianan los inviernos mandándoles comida y cobijas con las que sobrellevan la crudeza del frío.
Los tarahumaras están incorporados al patrimonio turístico del estado. Son visitados en la Semana Santa, cuando sus ceremoniales religiosos atraen a propios y extraños. Es mínimo lo que reciben a cambio de presumirlos mundialmente como imagen estatal significada en una modelo vestida a la usanza rarámuri con la impresionante magnitud de la Sierra como fondo. ¿Cómo harán para disfrazar el drama de su indigencia que ahora se conoce globalmente? ¿Van a presentarlos con el temple de su dignidad o agotados por la miseria?
E igual que como se ha delegado la mayor responsabilidad de combatir la violencia en la Federación, el Ejecutivo estatal lo hace ahora con la hambruna, sin importar que nuestros grupos étnicos, conocidos por su fortaleza para sobrevivir a las adversidades, están asentados en una vasta región de territorio chihuahuense y por tanto, los primeros responsables de lo que ahí sucede son los gobernadores, llámese César Duarte, José Reyes Baeza, Patricio Martínez o Francisco Barrio, por citar a los últimos que tienen y tuvieron en sus manos la oportunidad de hacer algo por ellos. Esto también es imposible de reconocer por el candidato tricolor Enrique Peña Nieto que lanzó su reclamo sobre la falta de lluvia al presidente Felipe Calderón, en un oportunismo político carente de sensibilidad y de solidaridad con quienes nada tienen.
La situación actual se dice es consecuencia de la falta de lluvia aunque basta mirar al pasado para darse cuenta del rezago que el tiempo arrastra. Los tarahumaras son agricultores que dependen de la lluvia cíclica para producir alimentos. Carecen de valor político, factor importante para determinar el atraso en que se encuentran. La ayuda que ahora se les hace llegar permitirá unos días sin hambre, pero pasada la atención noticiosa, y relegados a segundo o tercer tema en las redes sociales, su situación seguirá empeorando.
Lo político y lo económico van siempre hermanados. El analista Luis Javier Valero en su aportación “Emergencia serrana” publicada en este medio el pasado miércoles, alude a la declaración de Martín Solís, dirigente de El Barzón-Chihuahua. Este personaje ha cotizado en 350 millones de pesos la salida de la emergencia, en tanto el gobernador Duarte la fija en mil millones. Si estas cifras millonarias fueran concedidas y se repartieran directamente entre los afectados alcanzaría para mucho, pero entregada a líderes o funcionarios, como lo escribe Sergio Sarmiento, muy poco o nada resolverá. Los tarahumaras no ven en su futuro políticas oficiales que les ayuden de manera permanente a salir de la pobreza.
Chihuahua cuenta entre sus municipios a algunos de los más pobres del país, Batopilas es uno entre tantos diseminados en la serranía, lo cual no es desconocido por el Ejecutivo estatal. Medir la semana de suerte de los tarahumaras no debe hacerse en función de las dádivas alimenticias que están recibiendo. Las acciones que hace bastantes años debieron haberse realizado, no pueden posponerse y merecen prioridad en el Plan Estatal de Desarrollo. De persistir el agobio por la sequía, dentro de poco nuestros rarámuris antes de extinguirse volverán a ser noticia mundial. La cuestión como lo dijo el presidente Calderón, es de largo plazo.
(Editorial de Adela S. González, Diario de Juárez.)
Los indígenas de Chihuahua, al igual que los de otras entidades de la República pasan por las mismas penurias que se repiten año con año y en los últimos dos, agravadas por la sequía revelada como desastre nacional. Los apoyos de Procampo, que según la Federación se entregan oportunamente a los agricultores y según las instancias del Estado se detienen sobre el escritorio de algún burócrata con estómago satisfecho, no alcanzan a la región serrana.
La cuestión es que la hambruna y la pobreza desparramada sobre la sierra de Chihuahua, no es reciente, sus habitantes diseminados en pequeñas e inaccesibles comunidades, las han sufrido toda la vida. Organizaciones humanitarias, incluidas las estudiantiles de nivel superior, les alivianan los inviernos mandándoles comida y cobijas con las que sobrellevan la crudeza del frío.
Los tarahumaras están incorporados al patrimonio turístico del estado. Son visitados en la Semana Santa, cuando sus ceremoniales religiosos atraen a propios y extraños. Es mínimo lo que reciben a cambio de presumirlos mundialmente como imagen estatal significada en una modelo vestida a la usanza rarámuri con la impresionante magnitud de la Sierra como fondo. ¿Cómo harán para disfrazar el drama de su indigencia que ahora se conoce globalmente? ¿Van a presentarlos con el temple de su dignidad o agotados por la miseria?
E igual que como se ha delegado la mayor responsabilidad de combatir la violencia en la Federación, el Ejecutivo estatal lo hace ahora con la hambruna, sin importar que nuestros grupos étnicos, conocidos por su fortaleza para sobrevivir a las adversidades, están asentados en una vasta región de territorio chihuahuense y por tanto, los primeros responsables de lo que ahí sucede son los gobernadores, llámese César Duarte, José Reyes Baeza, Patricio Martínez o Francisco Barrio, por citar a los últimos que tienen y tuvieron en sus manos la oportunidad de hacer algo por ellos. Esto también es imposible de reconocer por el candidato tricolor Enrique Peña Nieto que lanzó su reclamo sobre la falta de lluvia al presidente Felipe Calderón, en un oportunismo político carente de sensibilidad y de solidaridad con quienes nada tienen.
La situación actual se dice es consecuencia de la falta de lluvia aunque basta mirar al pasado para darse cuenta del rezago que el tiempo arrastra. Los tarahumaras son agricultores que dependen de la lluvia cíclica para producir alimentos. Carecen de valor político, factor importante para determinar el atraso en que se encuentran. La ayuda que ahora se les hace llegar permitirá unos días sin hambre, pero pasada la atención noticiosa, y relegados a segundo o tercer tema en las redes sociales, su situación seguirá empeorando.
Lo político y lo económico van siempre hermanados. El analista Luis Javier Valero en su aportación “Emergencia serrana” publicada en este medio el pasado miércoles, alude a la declaración de Martín Solís, dirigente de El Barzón-Chihuahua. Este personaje ha cotizado en 350 millones de pesos la salida de la emergencia, en tanto el gobernador Duarte la fija en mil millones. Si estas cifras millonarias fueran concedidas y se repartieran directamente entre los afectados alcanzaría para mucho, pero entregada a líderes o funcionarios, como lo escribe Sergio Sarmiento, muy poco o nada resolverá. Los tarahumaras no ven en su futuro políticas oficiales que les ayuden de manera permanente a salir de la pobreza.
Chihuahua cuenta entre sus municipios a algunos de los más pobres del país, Batopilas es uno entre tantos diseminados en la serranía, lo cual no es desconocido por el Ejecutivo estatal. Medir la semana de suerte de los tarahumaras no debe hacerse en función de las dádivas alimenticias que están recibiendo. Las acciones que hace bastantes años debieron haberse realizado, no pueden posponerse y merecen prioridad en el Plan Estatal de Desarrollo. De persistir el agobio por la sequía, dentro de poco nuestros rarámuris antes de extinguirse volverán a ser noticia mundial. La cuestión como lo dijo el presidente Calderón, es de largo plazo.
(Editorial de Adela S. González, Diario de Juárez.)
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