21 años sin Óscar Liera

Hace algunos años, cuando fui al cine con mi esposa e hijos a ver Hombres de Negro nunca imaginé que me iba a encontrar con una escena memorable. Tommy Lee Jones y Willie Smith van a la caza de un alienígena en su auto a toda velocidad, dentro de un viaducto.

Frente a ellos hay un embotellamiento, pero a Lee Jones esto no parece importarle y mete el pie hasta el fondo del acelerador, a pesar de las advertencias de un nervioso Smith, que ya ve, replegado en su asiento, cómo se estampan contra el carrerío. Tras accionar un botón, el auto empieza a desplazarse por el techo del viaducto, dejando abajo el bloqueo. Smith no se ha puesto el cinturón y hace desfiguros dentro del auto por el cambio de posición. Lee Jones activa el estéreo y se deja escuchar un rock con la inconfundible voz de Elvis. Viene un breve diálogo en el que Smith menciona que Elvis ya murió. Lee Jones, sin voltear a verlo, le aclara.
—No ha muerto, solo se fue a su planeta.
La precisión me sacudió en mi asiento. Barry Sonnenfeld, director de la cinta, hacía la propuesta de que a la tierra llegaban seres de otras galaxias para modificar la historia. Así, con el golpe caliente y la asociación con Elvis, no dudé en pensar que uno de ellos había sido mi tía Anita, en ese entonces recién fallecida, fan del Rey Criollo. Quien la conoció entenderá que esto no era un disparate.
Luego me puse a pensar que esos seres se mueren muy temprano, pero no porque tengan corta edad al hacerlo, sino porque son como la alegría, los buenos ratos, la tranquilidad, los buenos libros: siempre nos dejan la sensación de que duran muy poco. Que les quedaban muchos prodigios por hacer. Que fueron una pompa de jabón de la que aún perdura el perfume.
Hace años, tantos que este 2011 se cumplieron 28, conocí a un alienígena con marcado acento sinaloense que exudaba rebeldía e inconformidad, términos que van junto con pegado, pero en su caso el agravio del pleonasmo sale sobrando: era rebelde e inconforme. Indómito, para mayores pelos. En su registro terrenal aparecía el nombre de Jesús Óscar Cabanillas Flores, pero realizó su misión como Óscar Liera.
Aquella tarde en que nos reunimos en La Copa de Leche, con el sol de mediodía iluminando el amarillo y amargo mar de Owen, traía La piña y la manzana para ofrecerlo a cambio de ¿Quién habita el Ángela Peralta? Eran nuestros primeros libros e intercambiamos dedicatorias con la certeza de sabernos ovejas descarriadas que se reencuentran tras mucho tiempo perdidas, aunque fuera la primera vez que nos veíamos. Como cuando conocí a Maricarmen Canales, exdirectora de la FIL de Guadalajara, que, sin presentaciones mediante, supimos de inmediato quién era cada quien. Bueno, ella fracción de segundos antes que yo, de modo que si buscan un extraterrestre volteen para otro lado.
Tenía 37 años y el más mínimo respeto por la gente en el poder político. Teníamos la cojera en el mismo sitio, de modo que la tarde se fue desgranando en críticas a la burocracia que antepone criterios mafiosos, pestilentes y misteriosos a la hora de apoyar un proyecto cultural. Pero en ningún momento, ni cuando hacíamos referencias a los peores atentados contra la razón, como cuando un grupo de fanáticos religiosos golpeó a los actores de su Cúcara y Mácara, se dio en la charla un dejo de amargura, de resentimiento. Más bien lo que campeaba era la ironía y el sarcasmo: “Nadie se hace culto por decreto”, sentenciábamos al chocar nuestras cervezas, muertos de risa.
Óscar venía con la firme determinación de edificar un movimiento teatral de importancia en el Noroeste de México y nadie, lo que se dice nadie, podría detenerlo en su empeño. Bastaba ver la determinación en sus ojos para saber que eso era cierto.
Su libro llegó a mi casa para redimensionar un ejercicio que con cierta frecuencia realizábamos Marisela y yo. Consistía en que tomábamos un texto dramático, llámese de Ionesco, Pinter, Woody Allen, Tenesse Williams y nos rotábamos el libro para hacer nuestras personificaciones. Con las farsas de La Piña y la Manzana hubo momentos en que la risa paralizaba el ejercicio. En cuanto se enteró de esto, Óscar no resistió la tentación de participar en ese ejercicio y ya no fuimos dos sino tres los que seguíamos a detalle el curso de la obra. Eran noches espléndidas que terminaban con Liera pidiéndome mi Olivetti 45 para escribir, a una velocidad extraordinaria, apuntes breves que nosotros nunca vimos. Doblaba la hoja en cuatro y la metía en el bolsillo de la camisa.
El dispendio afectivo con el que nos privilegió nunca tuvo vendas en los ojos. Influido por su trabajo, en una ocasión me dio por reintentar escribir una obra de teatro (la primera acabó por mi propia mano en un tambo de basura, esto le consta a Francisco Chiquete). Al atrevimiento de hacerla sumé el de pedirle su opinión. La tomó. Empezó haciendo nerviosas anotaciones en las primeras páginas y ya después abandonó el lápiz. Mi yo interno me dijo “la hiciste”.
—Pepe —me dijo al terminar su lectura— en el teatro uno debe de romper.
—Si, claro, te entiendo, uno debe ser innovador, olvidar viejas fórmulas, romperlas.
—No me has entendido, cuando hablo de romper me refiero a esto y a esto y a esto —y así hasta que mi obra quedó reducida a confeti. Entendí y seguí su consejo de clavarme en la narrativa.
Marisela, que le hacía un márlin en escabeche que él mismo pedía por teléfono un día antes de venir a Mazatlán, se entusiasmó con la idea de integrarse al taller de teatro que iba a ofrecer Óscar aquí en Mazatlán. Resultado de esa experiencia fue Los negros pájaros del adiós. Le pareció estupendo que ella participara. Pero, era el año de 1985 y se había hundido el Transbordador Díaz Ordaz. Fuimos a ver a nuestro Titanic doméstico. Por esa tontería mitotera llegamos no más de diez minutos tarde al ensayo. Pudieron ser menos, pero lo dejo en diez. Marisela tocó el portón de El Cuadrito de la UAS. Me contó que Óscar le abrió y como si fuera una perfecta desconocida, le preguntó qué se le ofrecía. Descubrió algo extraño en su mirada, pero se atrevió a decir “vengo al ensayo”.
—Ya empezó —le dijo y cerró la puerta sin mayor explicación.
Por la noche, en casa, se carcajearía de esto con nosotros, más fue enfático, solemne y determinante al decirle que jamás se volviera a parar en los ensayos, que esas eran faltas de respeto que no perdonaba y así fue. Como consuelo no solicitado, acabamos incluidos en el texto de Los negros pájaros del adiós como Pepe y Marisela, los marqueses de Olas Altas.
Me falta espacio para hablar de lo que nos hizo sentir con sus obras, que con frecuencia releo para recordar aquellas noches en que nos reuníamos a representarlas en el añorado departamento de la calle Constitución.
Jesús Óscar Cabanillas Flores llegó a este mundo el 24 de diciembre de 1946 y hace veintidós años, el 5 de enero de 1990, Óscar Liera se fue. Como dijera Lee Jones en Hombres de Negro: se fue a su planeta.


(Una vez me contó Óscar su gusto por buscar aventuras en los baños de vapor o saunas. En una de esas búsquedas se le hizo tarde para asistir a una cita, como había alguien de su interés en el lugar, le resultó fàcil escribir su nombre y número de teléfono en el espejo cubierto de vapor, donde el desconocido se rasuraba y coqueteaba con el dramaturgo. Nota de José Luis Franco tomada de Riodoce on line.)

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