EL LLANTO DE MEDEA
a.
Cuando escuché el llanto desgarrado de la madre de Frank fue inevitable recordar el inicio de Medea: la nodriza se lamenta de la suerte de los hijos de Jasón, que han sido presa de la furia de una mujer abandonada.
b.
Hasta antes de presenciar el dolor desgarrado de esta madre, hace pocas horas, yo daba por supuesto que sólo a las criaturas berrinchudas les daba por gritar como una forma de aspavientos para conmover al padre, la madre, la abuela o equis. Pero ahí estaba la madre de Frank hecha trizas por el deceso de su hijo de 52 años, muerto de un infarto de madrugada, las hermanas todas de negro como he visto a las hijas de Bernarda Alba, subyugadas por la matrona que las ha sometido por años, meses y días.
c.
Siento que el dolor invade poco a poco y de forma inexorable el recinto donde velan al muerto. Es una sensación de sofoco, como estar a merced de un estanque denso que pronto me impedirá la respiración. Antes que esto suceda, salgo al aire libre donde permanecen enhiestas las coronas de flores, previo a su traslado, al otro día, al camposanto donde reposarán los restos del finado.
d.
No sé en qué momento, pero me percato que en los últimos años he venido al mismo velatorio tres veces. La primera cuando asesinaron a M., afuera de su casa y cuando regresaba del trabajo. Alguien me informó que el asesino profesional lo esperaba en la esquina: primero le disparó a las rodillas para impedirle la huída y luego al resto del cuerpo. La segunda ocasión que estuve aquí fue el año pasado, llegué cuando sacaban el féretro de S., que fue secuestrado, también de noche, y llevado al rumbo de la zona de tolerancia, donde le rociaron gasolina y le prendieron fuego. El hombre de 82 años tuvo una agonía dilatada de más de un mes.
e.
La misa se programó para este jueves pasado el mediodía. Mientras espero a dos personas que llegaron a dar el pésame a los deudos de F., que me acercarán a casa, se ha desatado un viento de otoño que invita a regresar al hogar donde el café, el tabaco y el tequila esperan pacientes mi retorno, pues tuve el descuido de salir de casa sin suéter. En estos pensamientos estoy cuando veo que llega A., de unos 32 años, apoyada en un bastón, me ve, se acerca. Por el corte de pelo y el semblante desdibujado intuyo que está en tratamiento médico. Me dice que no fue aneurisma cerebral lo que la mantiene en rehabilitación sino otra cosa, no sé si peor. Me dice que la golpeó una yegua... En eso veo que las dos mujeres que espero ya vienen: mientras una saluda a A., me retiro con una señal en el aire de "ahí nos vemos"...
Cuando escuché el llanto desgarrado de la madre de Frank fue inevitable recordar el inicio de Medea: la nodriza se lamenta de la suerte de los hijos de Jasón, que han sido presa de la furia de una mujer abandonada.
b.
Hasta antes de presenciar el dolor desgarrado de esta madre, hace pocas horas, yo daba por supuesto que sólo a las criaturas berrinchudas les daba por gritar como una forma de aspavientos para conmover al padre, la madre, la abuela o equis. Pero ahí estaba la madre de Frank hecha trizas por el deceso de su hijo de 52 años, muerto de un infarto de madrugada, las hermanas todas de negro como he visto a las hijas de Bernarda Alba, subyugadas por la matrona que las ha sometido por años, meses y días.
c.
Siento que el dolor invade poco a poco y de forma inexorable el recinto donde velan al muerto. Es una sensación de sofoco, como estar a merced de un estanque denso que pronto me impedirá la respiración. Antes que esto suceda, salgo al aire libre donde permanecen enhiestas las coronas de flores, previo a su traslado, al otro día, al camposanto donde reposarán los restos del finado.
d.
No sé en qué momento, pero me percato que en los últimos años he venido al mismo velatorio tres veces. La primera cuando asesinaron a M., afuera de su casa y cuando regresaba del trabajo. Alguien me informó que el asesino profesional lo esperaba en la esquina: primero le disparó a las rodillas para impedirle la huída y luego al resto del cuerpo. La segunda ocasión que estuve aquí fue el año pasado, llegué cuando sacaban el féretro de S., que fue secuestrado, también de noche, y llevado al rumbo de la zona de tolerancia, donde le rociaron gasolina y le prendieron fuego. El hombre de 82 años tuvo una agonía dilatada de más de un mes.
e.
La misa se programó para este jueves pasado el mediodía. Mientras espero a dos personas que llegaron a dar el pésame a los deudos de F., que me acercarán a casa, se ha desatado un viento de otoño que invita a regresar al hogar donde el café, el tabaco y el tequila esperan pacientes mi retorno, pues tuve el descuido de salir de casa sin suéter. En estos pensamientos estoy cuando veo que llega A., de unos 32 años, apoyada en un bastón, me ve, se acerca. Por el corte de pelo y el semblante desdibujado intuyo que está en tratamiento médico. Me dice que no fue aneurisma cerebral lo que la mantiene en rehabilitación sino otra cosa, no sé si peor. Me dice que la golpeó una yegua... En eso veo que las dos mujeres que espero ya vienen: mientras una saluda a A., me retiro con una señal en el aire de "ahí nos vemos"...
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