Rodrigo Olay (1989 )
José
In memoriam J. B.
Fue solo algunos días, los primeros
del verano. Nos era todavía
difícil dormir bien. Muy de mañana
cuando el cielo es aún blanco,
estábamos vestidos, antes casi
de irse los mayores.
Nos quedábamos solos pronto, y pronto
cogíamos las bicis.
Recuerdo bien cómo al salir de casa
sentíamos el frío que no puede
vencer la ropa fina de principios de junio
y el aire nos hería poco a poco
al ir pedaleando
mientras la hierba húmeda
nos lamía las piernas.
Nos íbamos los tres por el sendero
rojizo, junto al río,
sin saber bien a dónde,
pero al llegar al cruce
la inercia nos llevaba
a la vieja cancela.
El primer día Pedro lloró un poco,
pero lo convencimos.
Dejábamos las bicis apoyadas
junto al muro musgoso, y, ayudándonos,
saltábamos la tapia.
Después, dentro, el camino
nos era familiar, y, al desandarlo solos,
volvía la presencia reciente de los días
pasados, de la mano,
rodeados de gente, pero rápido
llegábamos delante, y era allí
donde nos deteníamos.
Sentados en el suelo, silenciosos,
el tiempo iba trenzando nuestras respiraciones,
nos iba rodeando.
Queríamos tan solo
sentir su compañía, hacernos a la idea,
recordar sus palabras de las últimas veces.
En la piedra posábamos las manos
recorriendo las letras con los dedos,
sintiendo su relieve.
Al poco nos marchábamos,
y volvían las bicis y ya eran vacaciones
y de regreso a casa echábamos carreras.
Fue solo algunos días, los primeros
del verano. Queríamos decirle
más despacio,
sin miedo,
adiós,
abuelo,
gracias.
("portal de poesía")
In memoriam J. B.
Fue solo algunos días, los primeros
del verano. Nos era todavía
difícil dormir bien. Muy de mañana
cuando el cielo es aún blanco,
estábamos vestidos, antes casi
de irse los mayores.
Nos quedábamos solos pronto, y pronto
cogíamos las bicis.
Recuerdo bien cómo al salir de casa
sentíamos el frío que no puede
vencer la ropa fina de principios de junio
y el aire nos hería poco a poco
al ir pedaleando
mientras la hierba húmeda
nos lamía las piernas.
Nos íbamos los tres por el sendero
rojizo, junto al río,
sin saber bien a dónde,
pero al llegar al cruce
la inercia nos llevaba
a la vieja cancela.
El primer día Pedro lloró un poco,
pero lo convencimos.
Dejábamos las bicis apoyadas
junto al muro musgoso, y, ayudándonos,
saltábamos la tapia.
Después, dentro, el camino
nos era familiar, y, al desandarlo solos,
volvía la presencia reciente de los días
pasados, de la mano,
rodeados de gente, pero rápido
llegábamos delante, y era allí
donde nos deteníamos.
Sentados en el suelo, silenciosos,
el tiempo iba trenzando nuestras respiraciones,
nos iba rodeando.
Queríamos tan solo
sentir su compañía, hacernos a la idea,
recordar sus palabras de las últimas veces.
En la piedra posábamos las manos
recorriendo las letras con los dedos,
sintiendo su relieve.
Al poco nos marchábamos,
y volvían las bicis y ya eran vacaciones
y de regreso a casa echábamos carreras.
Fue solo algunos días, los primeros
del verano. Queríamos decirle
más despacio,
sin miedo,
adiós,
abuelo,
gracias.
("portal de poesía")
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