Uriel Martínez (1950 )
El amado
VIII
señor, por qué no fui
estúpido como aquel
que desea el nuevo día;
por qué no fui imbécil
como ese que va
por la orilla del miedo;
por qué no tuve el don
de rasguear una música
que aplaque animales;
por qué me mantuve
en la sombra de la sombra,
en los quicios del silencio;
señor, por último, déjame
golpear la aldaba por vez
última; pero no respondas
a mi llamada necia.
VIII
señor, por qué no fui
estúpido como aquel
que desea el nuevo día;
por qué no fui imbécil
como ese que va
por la orilla del miedo;
por qué no tuve el don
de rasguear una música
que aplaque animales;
por qué me mantuve
en la sombra de la sombra,
en los quicios del silencio;
señor, por último, déjame
golpear la aldaba por vez
última; pero no respondas
a mi llamada necia.
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