Mahmoud Darwish (1941/1998 )
Aldeanos sin malicia
fragmento
Yo no conocía todavía las costumbres
de mi madre ni a su familia
cuando los camiones vinieron del mar
pero conocía el olor del tabaco en torno
al manto de mi abuelo
y el perfume entero del café, desde que nací,
como nacen aquí los animales domésticos:
de un solo empujón.
Nosotros también gritamos cuando descendemos
al borde de la tierra,
pero no depositamos nuestras voces
en jarras antiguas. No colgamos la cabra en el muro,
no pretendemos el reino del polvo
y nuestros sueños no se asoman
a las viñas de los otros
ni rompen las reglas.
Mi nombre no tenía todavía su pluma
para que yo saltara más lejos que la tarde.
El calor de abril era como los rabeles
de nuestros visitantes de paso,
nos hacían volar como palomas.
Tengo mi primera campana.
El encanto de una mujer me inclina
a oler la leche en sus rodillas
y a huir de la picadura de los manjares.
Nosotros también tenemos un secreto cuando
el sol cae de los álamos; nos arrebata
un deseo de llorar por alguien que ha muerto en vano.
Está muerto.
Nos arrastra un deseo de ver babilonia o
una mezquita de damasco, y una lágrima del zureo
de las palomas en el camino eterno del dolor nos llora.
(fuente: "Antología", edición Alcaldía de Caracas, Fondo Editorial Fundarte y embajada de Palestina, Caracas, Venezuela, 2014, sin crédito al traductor.)
fragmento
Yo no conocía todavía las costumbres
de mi madre ni a su familia
cuando los camiones vinieron del mar
pero conocía el olor del tabaco en torno
al manto de mi abuelo
y el perfume entero del café, desde que nací,
como nacen aquí los animales domésticos:
de un solo empujón.
Nosotros también gritamos cuando descendemos
al borde de la tierra,
pero no depositamos nuestras voces
en jarras antiguas. No colgamos la cabra en el muro,
no pretendemos el reino del polvo
y nuestros sueños no se asoman
a las viñas de los otros
ni rompen las reglas.
Mi nombre no tenía todavía su pluma
para que yo saltara más lejos que la tarde.
El calor de abril era como los rabeles
de nuestros visitantes de paso,
nos hacían volar como palomas.
Tengo mi primera campana.
El encanto de una mujer me inclina
a oler la leche en sus rodillas
y a huir de la picadura de los manjares.
Nosotros también tenemos un secreto cuando
el sol cae de los álamos; nos arrebata
un deseo de llorar por alguien que ha muerto en vano.
Está muerto.
Nos arrastra un deseo de ver babilonia o
una mezquita de damasco, y una lágrima del zureo
de las palomas en el camino eterno del dolor nos llora.
(fuente: "Antología", edición Alcaldía de Caracas, Fondo Editorial Fundarte y embajada de Palestina, Caracas, Venezuela, 2014, sin crédito al traductor.)
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