CALAVERITAS QUEER

José María Covarrubias



Conocí a José María Covarrubias en el Frente Homosexual de Acción Revolucionaria, tiempo antes de que se echara a andar la semana de la diversidad sexual en el Museo del Chopo. Recuerdo que su inclinación culinaria lo llevaba a preparar en casa -vívia en la Nápoles, cerca del hotel de México y de Insurgentes- la sopa de cebolla, que alguna vez le vi prepararla. En ese entonces vivía con su pareja, con la que duró mucho tiempo.

Era de Nayarit. Me contó que en una ocasión que fue a ver a su madre, la acompañó al mercado; en el trayecto, alguien lo vio de lejos y le gritó: "¡Chema, Fulano de Tal quiere contigo!" Y a José María se le contrajo lo que se le tenía que contraer. Madre e hijo siguieron su camino como si ninguno hubiese escuchado.

Pasó el tiempo.Yo ya no vivía en la misma ciudad. Supe por alguien que Jorge, su pareja de años, lo había dejado por otro amor; y aunque ya había pasado tiempo de la separación, Chema no acababa de reponerse. Y pasó más tiempo y supe por la prensa que aquel amigo que una vez me invitó a leer poemas en la semana del museo, se había internado solo en un hotel, donde se aplicó una inyección de aire para salir de esta vida. Hoy, día de Todos Santos fue inevitable recordarlo y traerlo  en la cabeza todo el día.

Posteriormente, alguien en Dogville me preguntó cómo era Covarrubias. "Era tartamudo, como tú", respondí.


Darío Galicia


Darío y yo nos hicimos amigos en el "aeropuerto" de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM en la década de 1970, cuando asistíamos al taller de poesía de Óscar Oliva y se cocinaba la idea de fundar la revista "Tercera Imagen", como respuesta a la aparición de "Zarazo", donde confluían algunos de los participantes del taller del poeta -también chiapaneco-, Juan Bañuelos. Uno y otra revistas tuvieron una existencia efímera.

El poeta Galicia era alto y espigado, cogía el cigarro como actriz de Hollywood y portaba una bufanda que le daba un aire enfermizo. En ese entonces se hallaba en ciernes el grupo de los Infrarrealistas y ya había abierto el bar gay El Penthouse, en la colonia Roma. Ahí, en ese sitio nuevo, una noche y al calor de la ginebra, el autor de "Historias cinematográficas", sufrió un aneurisma cerebral. Desapareció del mapa una buena temporada.
Más adelante, ya habíamos abandonado la escuela y talleres de creación varios de nosotros: unos habían emigrado fuera del país y otros ya teníamos un salario de oficina. A Darío le dio por visitarme en la avenida Amsterdam, donde un día me confesó que ya había recuperado la capacidad de eyaculación. Me tomó por su confidente: me contaba sus aventuras de juventud aquí y allá.

Después de 1985 y los movimientos telúricos que estremecieron a la ciudad en cuestión de segundos, yo ya vivía en el norte. Allá me enteré que mi amigo había perdido la razón, que iba por las calles con sus pertenencias que cabían en bolsas reciclables (como nuestras vidas). Ya era un vagabundo urbano y acaso feliz. En casa no lo había sido: sus padres lo encerraban para que desistiera de sus preferencias sexuales y, seguramente, no entendían por qué Darío les hablaba de sus traducciones y lecturas de Virginia Woolf. Hasta que llegó un día en que nadie supo decirme nada de su errancia, había desaparecido de una ciudad ajena. Este 2 de Noviembre, día de los Fieles Difuntos, llegó puntual a mi memoria.



Enrique Guzmán

1. Antes de conocernos el pintor y yo, oí hablar de él con un grupo hermético autodenominado "Las Batichicas", que vivían en una especie de comuna en la colonia Cuauhtémoc, cerca de Chapultepec. Pero antes de oír lo que se decía, había visto un acrílico de medianas dimensiones en un espacio de la ciudad de Aguascalientes, obra que, sin yo saberlo, había quedado plasmado para siempre en uno de mis chips, el de artes visuales. Con este backround, creo, estuve preparado para hacernos amigos. Era un hombre pálido,de edad indefinida, de baja estatura, de pelo negro y, si cabe la comparación, me parecía un franciscano con ciertos tics en la cara.

2. En ese entonces mi trabajo era de medio tiempo en la revista semanal "Mañana" que, según supe en esa década de los años 70 del siglo pasado, vivió su esplendor en años muy anteriores, donde colaboraron Salvador Novo, Carlos Fuentes y, creo, Renato Leduc. De esos tiempos dorados,sólo restaban rescoldos: cada semana, religiosamente, el escritor Rubén Salazar Mallén entregaba una colaboración escrita en una Remington plasmada en hojas Revolución; el autor ecuatoriano radicado en México, Miguel Donoso Pareja escribía reseñas cinematográficas. Ignoro el monto pagado a los colaboradores externos pero era evidente la extensión: cuartilla y media o menos. Mi tarea a desempeñar entre las nueve de la mañana y las 15 horas consistía en ordenar la hemeroteca, la fototeca y la biblioteca. Durante una temporada me visitó ahí Enrique Guzmán.

3. Recuerdo que en una ocasión llegó con una obra en un folder. Me preguntó qué nombre le pondría yo pues él no encontraba uno apropiado. "La antesala del paraíso", le dije: era un diablito de barro ahorcado del brazo de una planta verde que brotaba de una maceta. Sonrió cuando oyó mi propuesta. En agradecimiento me besó la mejilla. Sentí su gesto espontáneo como el de un niño cuando acaba de recibir un regalo. Sólo en una ocasión estuve en la buhardilla que en aquellos años ocupaba: debajo de una caja de madera cubierta con franela negra, tenía un aparato de música. Oculto. Pasó el tiempo, proseguí mis estudios y encontré otro trabajo que también se avino a mis horarios en la universidad.

4. Una mañana me despabilé en el trabajo con una negra noticia: la noche anterior, cuando se anunció un premio de artes plásticas en el Palacio de Bellas Artes, a donde había presentado obra Enrique Guzmán, quiso destruir la pieza ganadora de Beatriz Zamora. Era el año de 1978.

5. Si los caminos de uno son tortuosos, los desenlaces a veces son cómicos. Casi de un día para otro me mudé de aquella ciudad para trasladarme al norte. Evidentemente no me despedí de muchos amigos pues, me percaté a tiempo, todavía seguiría con los adioses y los hasta pronto o hasta la vista. Hasta que vi la infausta noticia: mi amigo pintor de rostro afilado se había colgado no sé si de una nube, una estrella, una viga o un mezquite.

6. Quisieron los hados que más adelante,me enterara que un farsante de un país vecino, Alberto Virgen, había experimentado el uso de drogas con el psicoanálisis; y uno de sus "pacientes" había sido EG. Posteriormente el charlatán fue deportado del país.


Manuel Herrera Castañeda


1. Manuel y yo asistimos juntos a la universidad, donde tomábamos materias comunes, teníamos amigos en común y nos contábamos episodios vividos por separado. Mientras él escribía teatro, yo tomaba el lápiz y pergeñaba versos que un día aparecieron reunidos. Él era de Querétaro y yo exiliado de todas partes; él vivía en los alrededores del Parque Hundido y yo por el rumbo del Parque México; él trabajaba en el Conacyt y yo de free lancer. Él un día conoció a Caín en Insurgentes y Aguascalientes y se lo llevó a vivir con él. El nombre de su amigo era un foco rojo para todos pero su luminosidad nos dejó ciegos.

2. Antes de mudarme de ciudad, Caín ya se había desvanecido del currículum de mi amigo. Manuel regresó a su pueblo, donde llegué a visitarlo; aunque me ofreció darme trabajo, pudo más el llamado de la sangre. Del norte yo le escribía y del centro él me respondía. Me escribía de su vida y su estado de salud con metáforas que yo no adivinaba. Una vez llegué a su departamento con una muñeca de cartón encontrada en Dolores Hidalgo (Guanajuato), era un juguete con brazos y piernas unidos al torso con alambre, de mejillas sonrojadas. Ese regalo nos unió más. La colocó en su estudio sobre una silla de tule.

3. Cuando Manuel murió nadie me avisó por teléfono pese a que ese día me comuniqué a su oficina (sin yo saber nada). Para entonces ya había subido a escena "Ofidia la inconforme" y, gracias a las gestiones de su amigo el dramaturgo Emilio Carballido, en un país sudamericano montaron "Canción del año viejo". De Manuel mi amigo, conservo un libro de cuentos que no hallo en la H de Highsmith, Hemingway, Huerta y Herbert. Ya aparecerá, sé que a veces los muertos juegan conmigo.


4. Mucho tiempo después, supe que su propia familia había quemado las cartas que le escribí, las fotos comprometedoras, la muñeca que tanto le encantó, sus manuscritos inéditos. Menos los recuerdos que conservo de él y la sospecha de que Caín le heredó el virus del aids.


Arturo Ramírez Juárez



1. Cuando jóvenes Arturo y yo éramos vastos en las salas de cine, eran los tiempo de Truffaut, Pasolini, Visconti y "El lugar sin límites". Eran salas a oscuras, eran de oscuridad profusa; cuando podíamos apoyar la cabeza en el hombro de Cabiria, Gelsomina o Tadzio. Arturo y yo coincidíamos en una o dos aulas de Filosofía y Letras (UNAM), en uno o dos festivales de cine, en una o dos librerías, con uno o dos teóricos de arte, con una o dos maestras de literatura del Siglo de Oro y del amanecer del siglo XX. Hasta que un día él expuso la serie de acrílicos "La física insaciable" -para mí un homenaje a su pareja-. Le dije que su amigo era uno de los adolescentes de Pasolini contratados para "La trilogía de la vida". Sólo se sonrió.

2. Una tarde, en la esquina de Insurgentes y Baja California, nos merendamos cada uno una concha de chocolate y coco y un refresco. Me cai que parecíamos pelones de hospicio a la hora del recreo. Cuando Arturo ya había regresado de Brasil, quiso regalarme una tinta china de 90X90 centímetros, obra que representa a cinco seres anónimos anclados en una sala de vapor, donde priva un deseo de sexo a un tiempo morboso y fortuito. "No me lo regales, le dije, véndelo y salimos a cenar juntos". Ramírez Juárez se empeñó en obsequiármelo, pese a que ya tenía la oferta de compra del escritor Carlos Monsiváis. Por eso lo conservo hasta hoy día. Por lo mismo guardo en casa un ejemplar de su poemario "Puertas ocultas". Cuando me fuí de la ciudad en febrero de 1986, mi amigo no vivió mucho tiempo, ni sé si volvió infectado de Sudamérica, a donde había ido para disfrutar de una beca. Lo único que sé  es que quiso que sus cenizas se arrojaran al mar de Veracruz.

3. Tiempo después del fallecimiento, un amigo me contó que el humor de Arturo Ramírez Juárez lo adivinó -no se conocieron- en el momento que el comisionado para echar las cenizas al agua, tragó residuos del pintor ya que el aire veracruzano, en ese momento solemne, cambió de dirección.

http://los-lavaderos.blogspot.mx/2010/09/arturo-ramirez-juarez-1949-1988.html

Comentarios

Uriel Martínez ha dicho que…
Voz anónima expresó:
Querido Uriel:
No deja de sorprenderme tu capacidad de descripción, tus amigos, las épocas y las circunstancias vienen a mí de una manera clara, precisa y elocuente.
Un abrazo
Uriel Martínez ha dicho que…
Otra más, dijo:
No conocía a Manuel Herrera Castañeda y a Enrique Guzmán. Me regalaste más vistas a la Pepa, Darío Galicia y Arturo Ramírez Juárez. Tus calaveras son retratos para una memoria que quiere ser historia. Gracias, Uriel.

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