Sheridan y la Rosa de Oro
uno.
Antes de morir, mi amigo Severino, autor de unos doce títulos de cuentos y novelas, fue jurado de un concurso de ciencia-ficción que convocó el Conaculta-INBA. Según me contó, él y los demás integrantes del jurado se repartieron las obras que llegaron a concurso con seudónimo, de esta manera, cada miembro seleccionaría su candidata a ser premiada y se ahorrarían lecturas inútiles, medida también que a los tres integrantes del concurso les permitiría separar el grano de la cizaña y, además, les llevaría a un ahorro considerable de tiempo. Cuando cada uno de ellos tenía una obra candidata o precandidata, de nuevo se rotaban las lecturas hasta llegar a escoger aquella que sería galardonada.
dos.
Es cierto lo que no dice Guillermo Sheridan en su nota "Titipuchal de premios", El Universal on line, 6 de marzo 2012, ni los premiados son leídos por el grueso de lectores en este país de no lectores; hay incluso aquellos oyentes que asisten a la presentación de un libro -las más de las veces acarreados, como sucede en Zacatecas- pero que carecen del sentido de la comprensión. Un ejemplo: a fines de febrero me invitaron a la presentación del libro "Pájaro carpintero", novela de Florencio Carlos. Llegué en el momento en que leía un pasaje donde un ranchero va de un pueblo a una comunidad el jueves santo a recoger una piara de cerdos para el sacrificio. Se sienta a descansar y le pica una víbora venenosa en el talón. Saca una navaja, se abre una herida en el lugar -luego de quitarse el huarache, supongo- para extaerse el veneno con la boca antes de que le haga efecto. Pero nadie en su juicio puede concebir que un ranchero panzón alcance a chuparse el veneno de serpiente de un talón, pues tendría que desmontarse la panza. Claro, el público asistente no se percató de la "anomalía" narrativa del narrador ranchero: eran puros niños de primaria, quizá de segundo y tercer grados, sin entrenamiento en la lectura.
tres.
Cuando le concedieron el premio Villaurrutia de literatura a un poblano que escribió la historia de un boxeador fracasado, los primeros en montar en cólera fueron los empleados, en aquel entonces, de Random House Mondadori porque declinaron, en su momento, publicar la novela. Ya pasaron algunos años y el autor de la obra distinguida con el "prestigiado" galardón sigue navegando en la oscuridad de la narrativa mexicana, con la salvedad de que sigue siendo amigo de Elena Poniatowska, cuya opinión fue decisiva para que ganara su amigo. Alguna vez se caracterizó a México como el Club de los Elogios Mutuos. Creo que así sigue, basta recordar a la llamada generación del Crack...
cuatro.
No es falso lo que señala Sheridan en su nota: hay demasiados premios literarios en el país, aunque los lectores cada día sean menos, incluídos los integrantes del jurado. Pero tampoco es nuevo: de eso trata la pieza dramática de Carlos Olmos, "La rosa de oro". Pero también es mentira cuando el pelón Guillermo dice que en Zacatecas no hay librerías, el autor de estos apuntes lleva más de cuatro años de regentear la librería La Azotea, aunque a ella, en ese lapso, no hayan llegado poetas laureados en su momento y que son parte del parnaso de la literatura local, publican revistas desde hace medio siglo y regentearon, en su momento, decenas de talleres literarios aquí, allá y acullá. Digo. ¡¡Bleerp!! (eructo).
Se transcribe la liga a la nota de G.S.
http://www.eluniversalmas.com.mx/editoriales/2012/03/57389.php
Antes de morir, mi amigo Severino, autor de unos doce títulos de cuentos y novelas, fue jurado de un concurso de ciencia-ficción que convocó el Conaculta-INBA. Según me contó, él y los demás integrantes del jurado se repartieron las obras que llegaron a concurso con seudónimo, de esta manera, cada miembro seleccionaría su candidata a ser premiada y se ahorrarían lecturas inútiles, medida también que a los tres integrantes del concurso les permitiría separar el grano de la cizaña y, además, les llevaría a un ahorro considerable de tiempo. Cuando cada uno de ellos tenía una obra candidata o precandidata, de nuevo se rotaban las lecturas hasta llegar a escoger aquella que sería galardonada.
dos.
Es cierto lo que no dice Guillermo Sheridan en su nota "Titipuchal de premios", El Universal on line, 6 de marzo 2012, ni los premiados son leídos por el grueso de lectores en este país de no lectores; hay incluso aquellos oyentes que asisten a la presentación de un libro -las más de las veces acarreados, como sucede en Zacatecas- pero que carecen del sentido de la comprensión. Un ejemplo: a fines de febrero me invitaron a la presentación del libro "Pájaro carpintero", novela de Florencio Carlos. Llegué en el momento en que leía un pasaje donde un ranchero va de un pueblo a una comunidad el jueves santo a recoger una piara de cerdos para el sacrificio. Se sienta a descansar y le pica una víbora venenosa en el talón. Saca una navaja, se abre una herida en el lugar -luego de quitarse el huarache, supongo- para extaerse el veneno con la boca antes de que le haga efecto. Pero nadie en su juicio puede concebir que un ranchero panzón alcance a chuparse el veneno de serpiente de un talón, pues tendría que desmontarse la panza. Claro, el público asistente no se percató de la "anomalía" narrativa del narrador ranchero: eran puros niños de primaria, quizá de segundo y tercer grados, sin entrenamiento en la lectura.
tres.
Cuando le concedieron el premio Villaurrutia de literatura a un poblano que escribió la historia de un boxeador fracasado, los primeros en montar en cólera fueron los empleados, en aquel entonces, de Random House Mondadori porque declinaron, en su momento, publicar la novela. Ya pasaron algunos años y el autor de la obra distinguida con el "prestigiado" galardón sigue navegando en la oscuridad de la narrativa mexicana, con la salvedad de que sigue siendo amigo de Elena Poniatowska, cuya opinión fue decisiva para que ganara su amigo. Alguna vez se caracterizó a México como el Club de los Elogios Mutuos. Creo que así sigue, basta recordar a la llamada generación del Crack...
cuatro.
No es falso lo que señala Sheridan en su nota: hay demasiados premios literarios en el país, aunque los lectores cada día sean menos, incluídos los integrantes del jurado. Pero tampoco es nuevo: de eso trata la pieza dramática de Carlos Olmos, "La rosa de oro". Pero también es mentira cuando el pelón Guillermo dice que en Zacatecas no hay librerías, el autor de estos apuntes lleva más de cuatro años de regentear la librería La Azotea, aunque a ella, en ese lapso, no hayan llegado poetas laureados en su momento y que son parte del parnaso de la literatura local, publican revistas desde hace medio siglo y regentearon, en su momento, decenas de talleres literarios aquí, allá y acullá. Digo. ¡¡Bleerp!! (eructo).
Se transcribe la liga a la nota de G.S.
http://www.eluniversalmas.com.mx/editoriales/2012/03/57389.php