PIE DE CRÍA

Cuando nace, el pie no sabe que es pie. Parece ave o cometa. Revolotea sobre el pecho de mamá. Se eleva en los brazos de papá. Aletea en los cambios de pañal. Es limpio, diáfano. Plano como una tabla, pero flexible como el vuelo de un águila.

En los primeros años, le aparece un arco. En su planta hay una montaña rusa, un tobogán de piel. Es el perfil del mismo pecho de mamá avisándole que es pie, que no es ave ni cometa.
Cuando empieza a caminar, se resigna a ser pie. Ya está condenado a ocultarse dentro del zapato. A vivir como un preso hacinado, abochornado entre pedazos de tela, esos a los que llamamos medias. Pero las medias no son buenas ni en los pies.
Con el tiempo, el pie conoce el mundo. Enfrenta el barro, el polvo y la lluvia. Siente el hueco en el asfalto. La piedra en el zapato. El pasto. El estiércol de perro. La baldosa fría. Las botellas rotas. Las alfombras. El cemento. Las cuestas. Los escalones. Los altares. La arena roja. Entonces, inexorablemente, sabe que su lugar es la tierra.
La mujer lo maltrata. Lo encarama en tacos altos, tacos de aguja que desgastan su talón. Lo somete a la tensión del equilibrio. Camina, baila y trabaja empinada. Se vale de su fuerza para parecer una garza alta, para verse mejor y conquistar.
El hombre lo atosiga. Lo hace correr y sudar noventa minutos en la cancha para conseguir un gol. Lo desafía ante una pelota que a la vez, es su amiga. Lo lesiona. Le produce callos por la presión de otro pie. Le crea hematomas, lo ampolla y lo hiere debajo de las uñas por el punteo del balón.
En invierno, descuidado, sin atención, no encuentra otro refugio que los botines aterciopelados, esos que le dan calor; en cambio, en verano refulge en sandalias, presumiendo el cuidado de su desnudez.
La sociedad lo prostituye. Lo convierte en fetiche por medio de la moda. Lo vuelve erótico. Le chupa los dedos, lo masajea, le pinta las uñas de rojo. Le pone sandalias coquetas y anillos podales. Le saca una foto, lo hace portada de Cosmopolitan y lo vende.
Sin otro remedio, sigue soportando el peso del cuerpo. Resiste situaciones que exigen pies de plomo: filas de bancos, conciertos por la paz, caminatas de solidaridad, expediciones al África, y marchas pacíficas o revolucionarias.

A pesar de todo, sigue en pie.


(Tardé mucho tiempo en dedicarle atención a mis pies. Nací con los pies planos, creo que es por herencia familiar y, por lo mismo, tengo salidos los metatarsos. En Torreón encontré a un médico que me los atendía, salía del consultorio con parches en cada uña y en cada callo extirpado. Fue necesario que asistiera una buena temporada con una maestra que impartía clases de gimnasia reductiva para comenzar a darle atención a mis extremidades inferiores. No me gustaba que una compañera del trabajo me dijese que tenía pies de "hamburguesa", cuando caminaba mucho, me fatigaba -por sobrepeso- y por la ausencia de arco. El médico de Torreón me ofreció un par de plantillas metálicas, que al paso del tiempo se quebraron. No fue sino hasta hace unos tres años que, en un viaje a la ciudad de México, fuí a un negocio especializado, me hicieron las plantillas que requería conforme a un molde que me sacaron de cada planta. Así, con la ayuda de una podóloga, conseguí que ya no me "retoñasen" las callosidades de las plantas a base de disciplina en el uso de las famosas plantillas. Y aunque aún tardo en "domar" un par de zapatos nuevos, esto es, amoldarlos a mis extremidades, camino más y me canso menos. Que el Señor guarde muchos años a mi podóloga. Nota tomada de El Espectador, colombiano, blog 'magazín', autora: Isabella Portilla.)

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