EL TSUNAMI DE MARÍA

Poco antes de las tres de la tarde, María salió de la estación del Metro de Asakusa con la idea de conocer los famosos templos de Tokio. Ya en la calle escuchó un estruendo, miró los cables enloquecidos, los coches que trepidaban y la incertidumbre en los rostros de la gente. Ni un grito, sólo exclamaciones. El movimiento era cada vez más fuerte y pensó que el piso se abriría en dos. Giró sobre su propio eje sin saber qué hacer hasta que se prensó al brazo de un japonés que, desconcertado, caminó con ella hasta el centro de la avenida, lejos de los edificios. Supo entonces, a sus 18 años, lo que era un terremoto.

Después de dos minutos eternos, ya quieta la tierra, caminó hacia el Sensó-Jí, la segunda pagoda más alta de Japón. Ahí la sorprendió un segundo estruendo y la visión del templo de cinco pisos que iba de un lado a otro como papel al viento. Se va a caer, pensó. Vio como todos alrededor sacaban sus móviles y miraban en pequeños monitores. A falta de un celular y del idioma, miró una pantalla que, desde un aparador, transmitía la noticia en japonés. Ella sólo entendía la palabra tsunami. Intentaba preguntarle a la gente, en inglés, qué pasaba, pero nadie le entendía. Se dio cuenta que en Tokio no hay cafés internet porque no los necesitan, todos llevan el ciberespacio en la bolsa. La fila para el teléfono público parecía interminable. Deambuló hasta que entró a un Club de Mangas y tuvo que tramitar una membresía para acceder a una computadora. Le sorprendió que hubiera gente leyendo cómics en esos momentos. Desde ahí envió un correo electrónico a su familia en México que, a las tres y media de la mañana, estaba pegada a CNN mirando la catástrofe. Mientras les escribía, volvió a temblar, pero no se los dijo.
María había salió de su casa hace nueve meses y los últimos seis trabajó en Romblón, una isla de Filipinas. En ese pequeño y bello trozo de tierra en el Pacífico asiático dio clases de inglés, de ballet y de artes plásticas a pequeños de primaria que la llamaban Mayang. Terminado el ciclo con la ONG, programó su regreso con un vuelo desde Tokio para conocer Japón. Llegó seis días antes del terremoto, visitó los alrededores y volvería México el sábado 12. Pero la naturaleza, implacable, tenía otra agenda.
Al salir del edificio de cuatro pisos de cómics, decidió volver a su hotel. Había escrito a su familia que le hablaran por teléfono a las 10 de la noche, hora local. En punto, sus padres llamaron al hotel a partir del horario acordado, pero transcurrieron seis horas más y múltiples “I´m sorry she´s not here”. Era de madrugada en Tokio y su hija no aparecía. Y es que, María, con la esperanza de tomar el Metro, que no funcionaba, se topó con estaciones convertidas en albergues y multitudes que acampaban en espera de que se reanudara el transporte para volver a casa. El tráfico paralizado hacia imposible la opción de un taxi.
La temperatura descendía y estaba anocheciendo cuando se dirigió a una oficina de turismo a pedir orientación. La única alternativa era tomar un autobús. La fila, kilométrica. Pero le no quedaba de otra. Tiritaba de frío. Cuando no podía más, a punto de llorar se metió a un café por una sopa de noodles calientita, pero al terminar se dio cuenta de que estaba perdiendo tiempo. Volvió a la fila ordenada del autobús. Los ciudadanos japoneses jamás perdieron el control, ni la amabilidad. Inolvidable una mujer que de pronto le puso encima una cobija y le cedió, además, un parche de calor. No había palabras para entenderse, pero sí gestos de humanidad como éste. Los camiones pasaban repletos y María sólo veía rostros aplastados contra los cristales. Intentó preguntarle a un chofer que se detuvo si podía llevarla, él hizo señas de no entender inglés. Dos horas después, un norteamericano la trepó al autobús y con un mapa le explicó que, al menos, el camión la acercaría. Estaba en el extremo norte de Tokio opuesto a su hotel en el sur.
Cuando descendió en Shibuya, aún a kilómetros de su destino, caminó, pero corrió el último tramo para darle calor a su entumido cuerpo. Llegó al hotel cerca de las 2 de la mañana y después de 10 horas de periplo, se tumbo en su cama a dormir.
La familia en México miraba por CNN los efectos devastadores del tsunami a 240 kilómetros de Tokio golpeando Sendai. La fuerza del mar, los barcos, casas, escombros y coches que flotaban por las calles arrasados por el agua que alcanzaría hasta cinco kilómetros llevándose carreteras y poblados enteros. Los expertos explicaban la magnitud de un terremoto de 9 grados en escala de Ritcher, el más fuerte en 140 años. Un llamado de alerta a todos los países con costas en el Pacífico. Amenazas de fuga radiactiva. Llamaron a la aerolínea para enterarse de que el aeropuerto de Narita estaba cerrado y se habían cancelado todos los vuelos. Hablaron a la Secretaría de Relaciones Exteriores y escribieron a la embajada de México en Japón, que respondió inmediatamente. Por la tarde del viernes recibieron una llamada de Aeroméxico para informarles que, de abrirse Narita, María viajaría en el vuelo 057 del próximo lunes.
A María la despertó, a las 6 de la mañana, la llamada de la embajada que buscaba a todos los mexicanos en Japón y que le ofrecía ayuda. Ella ya había conseguido un buen descuento para quedarse dos noches extras en el hotel y así lo hizo. Intentaba informarse en la tv de su cuarto, pero la señal de CNN fallaba y en los otros canales no entendía más que las imágenes, sobre todo del tsunami. La conexión de internet no funcionaba, pero logró telefonear a México para tranquilizar a su familia. Ese día lo dedicó a caminar de nuevo.
El domingo acudió a la embajada. Se percató del estrés del personal que no dormía localizando mexicanos y contestando teléfonos. Ahí supo de las fugas radiactivas en la planta nuclear en Fukushima, al noreste de Tokio, y del temor a un accidente similar en la planta de Tokai, a 120 kilómetros de la capital. Decidió no distraer a nadie y salió a caminar hasta que se cansó y entró a un cine.
El lunes se levantó temprano para irse con tiempo al aeropuerto y tomar el vuelo de regreso a las 3.30 pm. Al salir de la regadera la sorprendió otro temblor, el tercero que sentía desde el sexto piso de su cuarto en el hotel. Miró su maleta moverse al ritmo de las órdenes de la Tierra. Se apresuró, tomo el Metro y cuando llegó a la estación de tren que la llevaría a Narita supo que no había servicio. Se alarmó. Llamó a la embajada y le advirtieron: “Toma un taxi, corre, es muy importante que te subas a ese avión”. No fue fácil conseguirlo. Finalmente llegó hasta su asiento 32J en la última fila del aeronave. Imposible mover el respaldo, por lo que así, en posición de escuadra, durmió todo el trayecto hasta la Ciudad de México.
Miro a María. Sigue dormida, ahora en su cama. Y siento gratitud por todos los que ayudaron a que regresara, la cancillería, la embajada, Aeroméxico… Pienso en los 600 mil desplazados, los que temen la radiactividad en su cuerpo, los 100 mil niños sin casa, los 10 mil desaparecidos que podrían estar muertos y en la humanidad entera que mira y espera, luego de un terremoto, un tsunami y ahora la emergencia por las fugas radiactivas que han puesto el dilema de la energía nuclear en el centro del debate mundial. La nuestra es sólo una pequeña historia en medio de una tragedia en la que Japón merece toda la ayuda posible.

Y mientras miro dormir a mi hija, me pregunto qué sueña.


(Crónica de Adriana Malvido, reproducida de Milenio.)

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