ELIZABETH TAYLOR (1932- 2011)

En su autobiografía no siempre fidedigna -al fin y al cabo, no era perfecto- el edulcorado cantante y pésimo actor Eddie Fisher, su marido previo a Richard Burton, cuenta una anécdota preciosa. Es una anécdota de despedida que define muy bien a la encantadora de serpientes y mujer de rompe y rasga que fue Elizabeth Taylor. "La vi por última vez a finales de los 70. En el restaurante Sardi's. Miré más allá de mi mesa y allí estaba ella, sentada cerca. Nos sonreímos mutuamente, cálidamente, creo, y ciertamente sin rencor. Por entonces ambos habíamos pasado por mucho. Envié una botella de Dom Pérignon a su mesa. Levantó su copa y formuló las palabras Mazel tov. Aquello éramos nosotros, dos viejos judíos que se reunían". El único viejo judío era Fisher: Taylor se había convertido años antes, cuando se casó con Mike Todd, que la dejó viudita.

En 1994, durante la ceremonia de los Oscar, tuve a Elizabeth Taylor a dos metros. Ella, colosal en su pequeña estatura. Acababa de recibir el premio humanitario Jean Hersholt, por su trabajo contra el sida -su amistad con Rock Hudson la inició en ello- y, en el pequeño escenario, lo aferraba como quien empuña un lanzallamas. Lo primero que te noqueaba era su mirada violeta -los mejores ojos del cine de Hollywood han sido británicos: Vivien Leigh, Jean Simmons, Elizabeth- y, lo segundo, su férreo carácter. Un periodista se atrevió a preguntarle por un marido o así y ella le fulminó con su silencio. Era alguien.
Para empezar, fue buena actriz desde sus interpretaciones juveniles, lo continuó siendo a pesar de que no siempre tuvo a su alcance buenas películas que colmaran tanto su sed de Four Roses como de diamantes. Pero Un lugar en el sol, El árbol de la vida, Gigante y ¿Quién teme a Virginia Woolf?, cuatro grandes melodramas, siguen ahí. Con ella y su energía. Por no hablar de aquella hembra enfurecida -tenía en la cama a Paul Newman y éste pensaba en su compañero de universidad, hay que entenderla- de La gata sobre el tejado de zinc. Fue buena actriz, digo, pero era tan guapa que no podíamos verlo.
También fue buena madre, pero tuvo tantos maridos que no supimos ni nos dejó verlo. Maridos: el actor británico Michael Wilding (dos hijos); Nick Hilton (hijo de Conrad, fundador del imperio hotelero, tío abuelo de Paris: un memo; ningún hijo); Mike Todd, que la dejó viuda al estrellarse su avión mientras promocionaba su producción La vuelta al mundo en 80 días, en accidente de avión privado, que son más fardones pero más peligrosos que las líneas regulares (una hija, preciosa, Liza); Eddie Fisher (dos adulterios: uno porque él estaba casado con la arpía deliciosa Debbie Reynolds cuando se liaron; dos porque le puso los cuernos con Richard Burton; ningún hijo); Richard Burton (dos matrimonios y una hija adoptiva, enferma de polio, Maria); y un político y un albañil, el primero un chorizo y el segundo una víctima de los excesos, como ella, a quien conoció fregando suelos en la clínica de rehabilitación Betty Ford.
Sobrevivió a todo: a la fama, a la belleza, al alcohol, a las pastillas, a los buenos enemigos y a los malos amigos, a las pasiones, y a sí misma.

Four Roses ahora mismo, jabata Elizabeth.


(Me quedo con la actriz de "¿Quién teme a Virginia Woolf"? no sólo por el trabajo actoral de ella sino también  por el desempeño de Sandy Dennis. Si tuviese la filmografía completa de Liz Taylor en casa, quizá volviese a revisar "La noche de la iguana" y en particular el guión original de Tennessee Williams. (Me corrijieron: la protagonista es Ava Gardner y elguión se basó en un argumento de TW). Mi memoria es injusta: al ver los fotogramas de algunas cintas, recordé su trabajo en "Reflejos en un ojo dorado", de John Huston, donde interpreta a la esposa del Capitán Penderton, a su vez enamorado de un soldado raso. Historia corrosiva del sur de Estados Unidos. Tengo en mente un comentario cruel sobre ella: que por lo menos una vez al año, ella misma anunciaba su ingreso a una clínica de desintoxicación, su ingreso voluntario. Por lo menos nunca perdió la elegancia y la valentía para reconocer la necesidad de ayuda de terceros. Nota de Maruja Torres tomada de El País.)

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