LA DESPEDIDA

Lívidos, callados como un río
con maletas en dirección al mar;
ciegamente como un destino inexorable
que todos desconocen;
se despidieron de un abrazo.

De uno en uno se fueron
con pasos firmes sobre las duelas,
llevaban las certezas de otras
miradas sobre la nuca, la espalda,
los talones.

Sabían que la noche los alcanzaría
en el trayecto a su destino,
que llegarían fatigados y la piel
tensa porque los viajes inevitables
desgastan, agotan, abruman.

Llevan en la mirada el cansancio
propio del viajero que desconoce
el pueblo, el puerto, la ruta
temeraria de las aves, el aeropuerto
de llegada o salida.

Aun así, con aplomo, cuando nadie
los oye elaboran un llanto minucioso
y callado, como un secreto revelado
en el último instante.

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