EL BIG BANG CHILENO
El reconocimiento a Bolaño y su obra fue tardío, pero amplio. Antes de morir, a los 50 años, alcanzó a vislumbrarlo gracias a Los detectives salvajes. La publicación póstuma de 2666 y sus múltiples traducciones lo convirtieron en un referente literario mundial, luego de que, en vida, el autor pasara décadas escribiendo sin publicar, sin becas y sin premios.
Resumió su trayectoria en un poema. Un poema breve: sólo 14 versos le bastaron a Roberto Bolaño para escribir Mi carrera literaria en 1990. Confesión disfrazada de inventario, en ella la tristeza baila con la ironía: "Rechazos de Anagrama, Grijalbo, Planeta, con toda seguridad/ también de Alfaguara, Mondadori. Un no de Muchnik,/ Seix Barral, Destino... Todas las editoriales... todos los/ lectores/ Todos los gerentes de ventas...".
Bolaño tenía entonces 37 años. Llevaba dos décadas escribiendo, pero seguía inédito. Seis años después, publicó Estrella distante y La literatura nazi en América. Y paladeó las primeras críticas favorables. Con esas reseñas, en noviembre de 1996 postuló a la beca Guggenheim. "Mis trabajos, múltiples y variados, han estado siempre fuera del ámbito académico e incluso en los márgenes de aquellos que proporcionan una mínima estabilidad. Por descontado, nunca he gozado de una beca ni nada parecido", escribió en la postulación. El título de su proyecto ya es un icono: Los detectives salvajes.
No recibió la beca, pero Los detectives salvajes estalló sobre la narrativa latinoamericana como un nuevo big bang. Ganadora del Premio Herralde y del Rómulo Gallegos, fue un libro inesperado: una explosión de literatura, riesgo y vitalidad. Apoyado en su enorme talento y armado de humor y una actitud revoltosa y guerrillera, Bolaño se convirtió en el último gladiador latinoamericano.
Hoy Bolaño es un autor indispensable y Los detectives, un clásico contemporáneo y global. Traducido al francés, alemán e italiano, fue elegido como uno de los mejores libros de 2007 en EEUU y este año apareció la traducción al chino mandarín. En la cárcel de Huntville, Texas, le fue negado al reo número 1385412 por ser potencialmente "perjudicial para la rehabilitación de los reclusos". Y en Chile, es uno de los libros más pedidos de las bibliotecas públicas.
Muerto en 2003, Bolaño alcanzó a vislumbrar su reconocimiento. Su casa, en el pueblito costero de Blanes, se había convertido en lugar de peregrinación para escritores y aspirantes a escritores. Había sido portada de los suplementos literarios de Le Monde y Liberation y semanas antes de su muerte, en un congreso en Sevilla, recibió la admiración de una generación de narradores, de Rodrigo Fresán a Jorge Volpi.
Su muerte y ese monstruo oscuro que tituló 2666 hicieron el resto. Desmesurada y portensosa, apocalíptica, poética y perturbadora, 2666 es la Moby Dick del siglo XXI. Pedro Páramo filmado por David Lynch: su obra póstuma generó una radiación irresistible. Bogotá 39, ese encuentro de escritores sub 40 realizado en Colombia, lo constató. Jorge Volpi dio testimonio de ello: a la pregunta de qué unía a ese grupo heterogéneo de autores, de México a Chile, la respuesta era una sola: "Bolaño".
La publicación de 2666 en EEUU fue la consagración definitiva. "Si en los 90 fue la canonización norteamericana del alemán WG Sebald", anotó la revista N+1, "en esta primera década del nuevo siglo, es el turno del novelista y poeta Roberto Bolaño". De Ignacio Echevarría a Roberto Calasso y de James Wood a Oprah Winfrey, Bolaño era objeto de una admiración transversal. La novela recibió el National Books Critics Award y apareció en la lista de bestsellers. Sí, el raro caso de un autor literario, de culto, convertido en éxito pop. Un fenómeno que no se veía desde Cien años de soledad.
¿Influyó su leyenda personal? Desde luego. ¿Hubo algo de moda? También. Pero lo que queda sobre todo es la calidad literaria: Los detectives salvajes y 2666 son dos obras maestras -irregulares, imperfectas- en cualquier idioma.
El 19 de junio de 2003 hablé por última vez con Bolaño. Estaba a la espera del trasplante de hígado. "Tengo el tipo de sangre que tienen los que han escrito Los detectives salvajes", me dijo. Sabía que lo que hacía era excepcional. Y acaso por ello, tampoco se creía el éxito. "Yo no soy ídolo de nada. Al contrario, escribir produce inseguridad de cojones, cada frase es un precipicio... sentirse cualquier otra cosa es una soberana tontería". Ya era el autor latinoamericano más gravitante, pero aún latía en él el piel roja que en 1990 escribió: "Bajo el puente, mientras llueve, una oportunidad de oro/para verme a mí mismo:/como una culebra en el Polo Norte, pero escribiendo./Escribiendo poesía en el país de los imbéciles./ Escribiendo con mi hijo en las rodillas./Escribiendo hasta que cae la noche/con un estruendo de los mil demonios./Los demonios que han de llevarme al infierno,/pero escribiendo".
(¿Cómo disociar a la amante de los hermanos Kennedy de la muchacha que murió sola y con una sobredosis, cómo a la chica criada en un orfanatorio de la estrella de "Una Eva y dos Adanes" y a aquella que escribía poemas acaso en la oscuridad más remota del mundo? Algo parecido pero con otros atributos le sucedió a Roberto Bolaño, que se cansó de tocar puertas antes del momento oportuno para su lanzamiento al firmamento literario latinoamericano, al momento en que alguien escogerá su nombre para un festival de poesía, de relato breve y de novela corta. Llegará ese día. La nota se tomó del blog Muro de Cultura, autor, Andrés Gómez Bravo, 28 dic. 2009)
Resumió su trayectoria en un poema. Un poema breve: sólo 14 versos le bastaron a Roberto Bolaño para escribir Mi carrera literaria en 1990. Confesión disfrazada de inventario, en ella la tristeza baila con la ironía: "Rechazos de Anagrama, Grijalbo, Planeta, con toda seguridad/ también de Alfaguara, Mondadori. Un no de Muchnik,/ Seix Barral, Destino... Todas las editoriales... todos los/ lectores/ Todos los gerentes de ventas...".
Bolaño tenía entonces 37 años. Llevaba dos décadas escribiendo, pero seguía inédito. Seis años después, publicó Estrella distante y La literatura nazi en América. Y paladeó las primeras críticas favorables. Con esas reseñas, en noviembre de 1996 postuló a la beca Guggenheim. "Mis trabajos, múltiples y variados, han estado siempre fuera del ámbito académico e incluso en los márgenes de aquellos que proporcionan una mínima estabilidad. Por descontado, nunca he gozado de una beca ni nada parecido", escribió en la postulación. El título de su proyecto ya es un icono: Los detectives salvajes.
No recibió la beca, pero Los detectives salvajes estalló sobre la narrativa latinoamericana como un nuevo big bang. Ganadora del Premio Herralde y del Rómulo Gallegos, fue un libro inesperado: una explosión de literatura, riesgo y vitalidad. Apoyado en su enorme talento y armado de humor y una actitud revoltosa y guerrillera, Bolaño se convirtió en el último gladiador latinoamericano.
Hoy Bolaño es un autor indispensable y Los detectives, un clásico contemporáneo y global. Traducido al francés, alemán e italiano, fue elegido como uno de los mejores libros de 2007 en EEUU y este año apareció la traducción al chino mandarín. En la cárcel de Huntville, Texas, le fue negado al reo número 1385412 por ser potencialmente "perjudicial para la rehabilitación de los reclusos". Y en Chile, es uno de los libros más pedidos de las bibliotecas públicas.
Muerto en 2003, Bolaño alcanzó a vislumbrar su reconocimiento. Su casa, en el pueblito costero de Blanes, se había convertido en lugar de peregrinación para escritores y aspirantes a escritores. Había sido portada de los suplementos literarios de Le Monde y Liberation y semanas antes de su muerte, en un congreso en Sevilla, recibió la admiración de una generación de narradores, de Rodrigo Fresán a Jorge Volpi.
Su muerte y ese monstruo oscuro que tituló 2666 hicieron el resto. Desmesurada y portensosa, apocalíptica, poética y perturbadora, 2666 es la Moby Dick del siglo XXI. Pedro Páramo filmado por David Lynch: su obra póstuma generó una radiación irresistible. Bogotá 39, ese encuentro de escritores sub 40 realizado en Colombia, lo constató. Jorge Volpi dio testimonio de ello: a la pregunta de qué unía a ese grupo heterogéneo de autores, de México a Chile, la respuesta era una sola: "Bolaño".
La publicación de 2666 en EEUU fue la consagración definitiva. "Si en los 90 fue la canonización norteamericana del alemán WG Sebald", anotó la revista N+1, "en esta primera década del nuevo siglo, es el turno del novelista y poeta Roberto Bolaño". De Ignacio Echevarría a Roberto Calasso y de James Wood a Oprah Winfrey, Bolaño era objeto de una admiración transversal. La novela recibió el National Books Critics Award y apareció en la lista de bestsellers. Sí, el raro caso de un autor literario, de culto, convertido en éxito pop. Un fenómeno que no se veía desde Cien años de soledad.
¿Influyó su leyenda personal? Desde luego. ¿Hubo algo de moda? También. Pero lo que queda sobre todo es la calidad literaria: Los detectives salvajes y 2666 son dos obras maestras -irregulares, imperfectas- en cualquier idioma.
El 19 de junio de 2003 hablé por última vez con Bolaño. Estaba a la espera del trasplante de hígado. "Tengo el tipo de sangre que tienen los que han escrito Los detectives salvajes", me dijo. Sabía que lo que hacía era excepcional. Y acaso por ello, tampoco se creía el éxito. "Yo no soy ídolo de nada. Al contrario, escribir produce inseguridad de cojones, cada frase es un precipicio... sentirse cualquier otra cosa es una soberana tontería". Ya era el autor latinoamericano más gravitante, pero aún latía en él el piel roja que en 1990 escribió: "Bajo el puente, mientras llueve, una oportunidad de oro/para verme a mí mismo:/como una culebra en el Polo Norte, pero escribiendo./Escribiendo poesía en el país de los imbéciles./ Escribiendo con mi hijo en las rodillas./Escribiendo hasta que cae la noche/con un estruendo de los mil demonios./Los demonios que han de llevarme al infierno,/pero escribiendo".
(¿Cómo disociar a la amante de los hermanos Kennedy de la muchacha que murió sola y con una sobredosis, cómo a la chica criada en un orfanatorio de la estrella de "Una Eva y dos Adanes" y a aquella que escribía poemas acaso en la oscuridad más remota del mundo? Algo parecido pero con otros atributos le sucedió a Roberto Bolaño, que se cansó de tocar puertas antes del momento oportuno para su lanzamiento al firmamento literario latinoamericano, al momento en que alguien escogerá su nombre para un festival de poesía, de relato breve y de novela corta. Llegará ese día. La nota se tomó del blog Muro de Cultura, autor, Andrés Gómez Bravo, 28 dic. 2009)
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