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Uriel Martínez (1950 )

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web La celda Como una línea de algún libro sagrado que guarda el silencio de una vida, así el misterio de la escritura. Como aquellos labios obstinados en no mostrar ni deseo ni voluntad propia, así la ciudad sin caudales ni cofres ni cuerpos. Como una canción de arrullo para una criatura inerte, así los cuerpos presos en la celda de su propio ayuno. Así como la mano tendida posada en línea paralela al plexo solar de su deseo solo, así la vida, el camino, el desenlace. (Inédito)

Wislawa Szymborska

Una nueva estrella Se ha descubierto una nueva estrella, lo cual no quiere decir que se vea más claro en el cielo, ni que ella nos faltase. La estrella es grande y lejana, tan lejana que es muy pequeña, más pequeña que otras, incluso más pequeña que ella misma. El asombro no tendría nada de sorprendente si es que tuviéramos tiempo para sorprendernos. La edad de la estrella, su masa, su lugar en el universo, bastan tal vez para una tesis doctoral y para un brindis. En los medios cercanos al cielo: el astrónomo, su mujer, los padres, los colegas, el ambiente es desenvuelto, no se exige ninguna formalidad, la conversación gira sobre las novedades del barrio y se picotean cacahuetes. La estrella es magnífica, pero eso no es razón para no beber a la salud de nuestras damas, incomparablemente más cercanas. La estrella es intrascendente. No tiene ningún efecto sobre el clima, la moda, los goles del partido, los reajustes del gabinete, los presupuestos y la p...

Teresa Calderón (1955 )

La muerte baja de repente De por vida                                          en la vida                                          probándose los cuerpos                              hasta calzarlos como un guante                      perfecto en cada uno de sus dedos                    Es Nadie                                            No existe                                    ...

Roberto Bolaño (1953/2003 )

Hoy lo volví a ver La historia comienza con la llegada del sexto enfermo, un tipo de más de sesenta, solo, de enormes patillas, con una radio portátil y una o dos novelas de aquellas que escribía Lafuente Estefanía. Los cinco que ya estábamos en la habitación éramos amigos, es decir, nos hacíamos bromas y conocíamos los síntomas verdaderos de la muerte, aunque ahora ya no estoy tan seguro. El sexto, mi padre, llegó silenciosamente y durante todo el tiempo que estuvo en nuestra habitación casi no habló con nadie. Sin embargo, una noche, cuando uno de los enfermos se moría (Rafael, el de la cama nº 4) fue él quien se levantó y llamó a las enfermeras. Nosotros estábamos paralizados de miedo. Y mi padre obligó a las enfermeras a venir y salvó al enfermo de la cama nº 4 y luego volvió a quedarse dormido sin darle ninguna importancia. Después, no sé por qué, lo cambiaron de habitación. A Rafael lo mandaron a morir a su casa y a otros dos los die...

Rosario Castellanos (1925/1974 )

Ajedrez Porque éramos amigos y a ratos, nos amábamos; quizá para añadir otro interés a los muchos que ya nos obligaban decidimos jugar juegos de inteligencia. Pusimos un tablero enfrente equitativo en piezas, en valores, en posibilidad de movimientos. Aprendimos las reglas, les juramos respeto y empezó la partida. Henos aquí hace un siglo, sentados, meditando encarnizadamente como dar el zarpazo último que aniquile de modo inapelable y, para siempre, al otro. ("trianarts")

Manolis Anagnostakis (1925/2005 )

Hablo... Hablo de los últimos toques de trompeta de los        soldados vencidos De los últimos harapos de nuestras ropas de fiesta De nuestros hijos que venden cigarrillos a los transeúntes Hablo de las flores que se han marchitado en las tumbas y       que la lluvia pudre De las casas que se quedan abiertas sin ventanas como        cráneos desdentados De las chicas que mendigan mostrando en sus pechos        las heridas Hablo de las madres descalzas que se arrastran por las         ruinas De las ciudades llameantes, de los cadáveres apilados en         las calles De los poetas proxenetas que tiemblan por las noches en         los umbrales Hablo de las noches eternas cuando la luz se reduce al      ...

Miguel Veyrat (1938 )

Los ojos de los muertos Ya nos lo decía Walt —querido mirlo, no mires a través de los ojos de los muertos. No aceptes cosas de segunda o de tercera mano. No te alimentes con los espectros de los libros. ¿Por qué permaneces en silencio durante toda la cena? Tu cadáver está ya inserto en la carne que cree estar viva, como si su presencia aquí no obedeciese a un azar tan inofensivo e inútil como el péndulo del cuerpo; no como el de Leonardo, en abanico, sino prosternado como un árbol caído, horizontal. No mires a través de Valdés Leal, sólo es la misma ideología provisional con que quemaste tu vida para enterrarte vivo en los muladares. Así —como los miles de párpados que caen y se pudren entre los helechos. ("trianarts")