CARLOS PELLICER, EL TORRENCIAL
“Junio me dio la voz”, dice el poeta Carlos Pellicer en un melancólico libro de poemas donde su tono de voz se vuelve íntimo, cercano a la placidez del verso que surge de aguas profundas y la fe religiosa unida al poema, del mismo modo que el incienso se difumina entre el rezo de la misa o la duda asoma en el seminarista inquieto. Pellicer, poeta andariego, tabasqueño y tropicalista por definición, era un escritor cuya voz tenían un registro más torrencial. Era un creador en el sentido más genésico de la palabra a cuya enunciación verbal surgían mundos vivos, cercanos a la selva, al río entre guijarros, al ave del paraíso aleteando entre lianas y las serpientes a la vera de las escalinatas de un templo maya, cobijadas por enredaderas. Todos sus libros esparcen ese relámpago salido de las corrientes bravas del Usumacinta. Los poemas corren con el cuchillo de la luz entre los dientes. Hay tambores resonantes, hay volcanes tajados por el hacha de la divinidad y un aleteo de tucanes se ...