CARLOS PELLICER, EL TORRENCIAL
“Junio me dio la voz”, dice el poeta Carlos Pellicer en un melancólico libro de poemas donde su tono de voz se vuelve íntimo, cercano a la placidez del verso que surge de aguas profundas y la fe religiosa unida al poema, del mismo modo que el incienso se difumina entre el rezo de la misa o la duda asoma en el seminarista inquieto.
Pellicer, poeta andariego, tabasqueño y tropicalista por definición, era un escritor cuya voz tenían un registro más torrencial. Era un creador en el sentido más genésico de la palabra a cuya enunciación verbal surgían mundos vivos, cercanos a la selva, al río entre guijarros, al ave del paraíso aleteando entre lianas y las serpientes a la vera de las escalinatas de un templo maya, cobijadas por enredaderas.
Todos sus libros esparcen ese relámpago salido de las corrientes bravas del Usumacinta. Los poemas corren con el cuchillo de la luz entre los dientes. Hay tambores resonantes, hay volcanes tajados por el hacha de la divinidad y un aleteo de tucanes se aleja al mudar la siguiente página.
Algunos repetimos versos suyos que con clásicos, como cuando se habla de un pueblo en donde no ocurren
cosas de mayor trascendencia que las rosas. O cuando nos cuenta que ha olvidado su nombre en medio de la belleza y que ante eso ya no hay salvación. Todo sería posible, menos llamarme Carlos, nos confiesa.
“Era mi corazón piedra de río”, revela otro de mis favoritos.
Cuando leí Hora de junio yo era muy joven y me decepcionó no encontrar las pirotecnias monzonales que Octavio Paz y otros críticos habían anunciado en medio de jaculatorias y alabanzas. Sin embargo, en esas reposadas palabras que fueron dedicadas a su madre, Hora de junio ofrendaba sonetos donde el mensaje de
un escritor vivo se decanta: en vez del fuego de un incendio forestal, el verso era la tibieza de una lámpara de lectura, quizás un poco historiada por el vuelo de alguna luciérnaga o el eco de los grillos.
Suelo releer este pequeño libro de poemas en este mes y también, aprovechando que me he trepado a la nube de Pellicer, me paseo un poco por su poesía, sintiéndome, como él mismo dice, que también me he puesto todo lo iguana que se puede.
Aunque Octavio Paz ha eclipsado a muchos poetas del siglo XX, Pellicer emerge poco a poco de manera misteriosa. Hay en Sonora un encuentro de escritores que se llama precisamente Hora de Junio. Su sobrina, la actriz Pilar Pellicer, ha montado espectáculos teatrales con ese nombre y gran éxito.
Mi amigo Mario Bojórquez, quien laboró en el Centro Cultural Tijuana, editó en el centenario de Pellicer un libro de lujo con el nombre de Era mi corazón piedra de río. Lo hicieron casi de lujo porque, cuando buscaron al albacea para preguntarle si aceptaba ceder los derechos, respondió que “No les cobro nada porque Tijuana para mi significa el fin del mundo y la invitación nos halaga. Lo que nos vayan a dar, mejor inviértalo en hacer un libro bonito”.
La obra de Pellicer, anuncio, está disponible en Internet. Incluso es posible escuchar grabaciones de su voz. Los invito a compartirla. Pero no hay nada como llevarla en un libro de la mano. Yo ahora, como es mi costumbre, me sumerjo en el agua bautismal de la poesía de don Carlos Pellicer. Y repito y parafraseó con él mi confesión de que “Junio me dio la voz, la silenciosa música de callar un sentimiento, la voz de la limpia rosa, única rosa del momento”.
“Y junio se lleva ahora como el viento, la esperanza más dulce y espaciosa, que no la tomó el amor, si no que la llevó el viento y el alma inútilmente fue gozosa”.
Llévame Junio -pide Pellicer-, a ese momento de diamante que tú en un año has vuelto perla triste. Haz que la nube sea el buen instante, desconocidos, juntos, y luego álzame hasta la nube que ya existe.
(Es posible la lectura del verso de Carlos Pellicer desanexándolo de su homoerotismo intrínseco, tan medular como su sensualidad contenida en trópico, por qué me diste las manos llenas de colores, o en Que se cierre esa puerta que no nos deja estar a solas con nuestros besos. La nota del novelista Juan José Rodríguez demuestra que el análisis de la poesía pelliceriana es posible sin las herramientas del erotismo homosexual, pero algo falta... Texto tomado de El Universal.=
Pellicer, poeta andariego, tabasqueño y tropicalista por definición, era un escritor cuya voz tenían un registro más torrencial. Era un creador en el sentido más genésico de la palabra a cuya enunciación verbal surgían mundos vivos, cercanos a la selva, al río entre guijarros, al ave del paraíso aleteando entre lianas y las serpientes a la vera de las escalinatas de un templo maya, cobijadas por enredaderas.
Todos sus libros esparcen ese relámpago salido de las corrientes bravas del Usumacinta. Los poemas corren con el cuchillo de la luz entre los dientes. Hay tambores resonantes, hay volcanes tajados por el hacha de la divinidad y un aleteo de tucanes se aleja al mudar la siguiente página.
Algunos repetimos versos suyos que con clásicos, como cuando se habla de un pueblo en donde no ocurren
cosas de mayor trascendencia que las rosas. O cuando nos cuenta que ha olvidado su nombre en medio de la belleza y que ante eso ya no hay salvación. Todo sería posible, menos llamarme Carlos, nos confiesa.
“Era mi corazón piedra de río”, revela otro de mis favoritos.
Cuando leí Hora de junio yo era muy joven y me decepcionó no encontrar las pirotecnias monzonales que Octavio Paz y otros críticos habían anunciado en medio de jaculatorias y alabanzas. Sin embargo, en esas reposadas palabras que fueron dedicadas a su madre, Hora de junio ofrendaba sonetos donde el mensaje de
un escritor vivo se decanta: en vez del fuego de un incendio forestal, el verso era la tibieza de una lámpara de lectura, quizás un poco historiada por el vuelo de alguna luciérnaga o el eco de los grillos.
Suelo releer este pequeño libro de poemas en este mes y también, aprovechando que me he trepado a la nube de Pellicer, me paseo un poco por su poesía, sintiéndome, como él mismo dice, que también me he puesto todo lo iguana que se puede.
Aunque Octavio Paz ha eclipsado a muchos poetas del siglo XX, Pellicer emerge poco a poco de manera misteriosa. Hay en Sonora un encuentro de escritores que se llama precisamente Hora de Junio. Su sobrina, la actriz Pilar Pellicer, ha montado espectáculos teatrales con ese nombre y gran éxito.
Mi amigo Mario Bojórquez, quien laboró en el Centro Cultural Tijuana, editó en el centenario de Pellicer un libro de lujo con el nombre de Era mi corazón piedra de río. Lo hicieron casi de lujo porque, cuando buscaron al albacea para preguntarle si aceptaba ceder los derechos, respondió que “No les cobro nada porque Tijuana para mi significa el fin del mundo y la invitación nos halaga. Lo que nos vayan a dar, mejor inviértalo en hacer un libro bonito”.
La obra de Pellicer, anuncio, está disponible en Internet. Incluso es posible escuchar grabaciones de su voz. Los invito a compartirla. Pero no hay nada como llevarla en un libro de la mano. Yo ahora, como es mi costumbre, me sumerjo en el agua bautismal de la poesía de don Carlos Pellicer. Y repito y parafraseó con él mi confesión de que “Junio me dio la voz, la silenciosa música de callar un sentimiento, la voz de la limpia rosa, única rosa del momento”.
“Y junio se lleva ahora como el viento, la esperanza más dulce y espaciosa, que no la tomó el amor, si no que la llevó el viento y el alma inútilmente fue gozosa”.
Llévame Junio -pide Pellicer-, a ese momento de diamante que tú en un año has vuelto perla triste. Haz que la nube sea el buen instante, desconocidos, juntos, y luego álzame hasta la nube que ya existe.
(Es posible la lectura del verso de Carlos Pellicer desanexándolo de su homoerotismo intrínseco, tan medular como su sensualidad contenida en trópico, por qué me diste las manos llenas de colores, o en Que se cierre esa puerta que no nos deja estar a solas con nuestros besos. La nota del novelista Juan José Rodríguez demuestra que el análisis de la poesía pelliceriana es posible sin las herramientas del erotismo homosexual, pero algo falta... Texto tomado de El Universal.=
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