NERUDA CON LOS MINEROS
Alrededor de una fogata en el desierto, la voz de Rosina Conde alebresta la nostalgia. Canta: “Summertime,/ and the livin’ is easy/ fish are jumpin’/ and the cotton is high”, y al cartujo se le escurren las lágrimas. Tan lejos de él han quedado los días mundanos, las incursiones en lo prohibido, lo recordará más tarde en los brazos de una samaritana para quien ningún óbolo será suficiente. Se separa de sus amigos y la vieja canción de Gershwin se vuelve un murmullo poblado de recuerdos. Camina entre huizaches y pitayas, el cielo es claro y el horizonte ilimitado. Los pensamientos lo llevan a un pequeño bar de la calle Madero en la Ciudad de México —Le Rendez Vous— donde en los setenta comenzó su historia con el jazz y el blues, con esa música sin tiempo ni recato. Ya no la escucha, su vida de santo le impide claudicar ante la lujuria de una big band o una caricia vocal de Sarah Vaughan, pero quedan las remembranzas. Cansado, se tiende en la arena y observa las estrellas. Quisiera permanecer ahí 40 días y 40 noches, indiferente a las tentaciones del diablo, pero su agenda se lo impide. Se duerme y sueña con una historia fantástica contada por Alfonso Torúa Cienfuegos en su libro Poetas, bandidos y yaquis, publicado por la Universidad de Sonora. En noviembre de 1952 —dice Torúa— a través de la radiodifusora local de Cananea, el minero Avelino Moreno invitó a la población a su casa, donde Pablo Neruda daría una conferencia sobre comunismo. El Imparcial, en su crónica del suceso, señaló al poeta como “un famoso extremista de izquierda chileno” y acusó a su anfitrión de “ambicioso” y “extranjerizante”. Don Avelino era un hombre comprometido con las reivindicaciones obreras, había estudiado en una escuela de cuadros comunistas latinoamericanos en Praga y era editor del combativo periódico El Norte de Cananea. Más allá de la nota referida, no hay más información sobre la visita de Neruda al histórico mineral sonorense. Él no la menciona en sus libros autobiográficos y la prensa de la Ciudad de México no la consigna. Tal vez —especula Alfonso Torúa— todo fue parte de un ardid para desacreditar a don Avelino en esa época de la Guerra Fría. En su sueño, el humilde monje mira a Neruda la tarde del nueve de noviembre de 1952, rodeado de mineros atentos a sus palabras. De vez en cuando, interrumpe su discurso y bebe un poco de vino para continuar con mayor vehemencia. Al anochecer, deja a un lado la ideología y la política, bebe más vino y deja caer sobre los oyentes el bálsamo de su poesía amorosa, de versos como éstos. “Bella,/ no te caben los ojos en la cara,/ no te caben los ojos en la tierra./ Hay países, hay ríos/ en tus ojos,/ mi patria está en tus ojos,/ yo camino por ellos,/ ellos dan luz al mundo/ por donde yo camino,/ bella”. El monje despierta, todo está oscuro y en silencio. Por andar soñando se le fue el camión de regreso a la ciudad…
(Alguna vez supiste que en tiempos de persecuciones políticas y asesinatos, tiempos que no han pasado, Jáquez el soldador y herrero oriundo y muerto en ciudad Lerdo, Durango, había alojado y ocultado en su casa al luchador social Heberto Castillo,no sé si perseguido por Gustavo Díaz Ordaz o Luis Echeverría Álvarez, era el tiempo de hienas, tiempos que aún siguen latentes. La nota 'neruda en cananea' de José Luis Martínez se tomó del diario Milenio.)
(Alguna vez supiste que en tiempos de persecuciones políticas y asesinatos, tiempos que no han pasado, Jáquez el soldador y herrero oriundo y muerto en ciudad Lerdo, Durango, había alojado y ocultado en su casa al luchador social Heberto Castillo,no sé si perseguido por Gustavo Díaz Ordaz o Luis Echeverría Álvarez, era el tiempo de hienas, tiempos que aún siguen latentes. La nota 'neruda en cananea' de José Luis Martínez se tomó del diario Milenio.)
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