Elkin Restrepo (1942 )
No conviene volver una y otra vez
No conviene volver una y otra vez sobre lo mismo
No conviene que te encierres en tu sordo, desgastado canto
Y, otra vez, derrotándote, hagas de ti tu propio enemigo.
No conviene que cargues el corazón con el peso de tus
Soledades y vacíos
Ni conviene que el dolor y la sombra te hechicen.
No conviene que tu pena sea más joven que tu esperanza
Ni conviene tampoco que tus palabras valgan más que tu silencio.
("no me quites paz")
Anita Eckberg
En Roma, eso ahora lo comprendes,
el verano se convierte rápidamente en olvido,
en hojas secas, en una sensación dolorosa.
Las aves ya no chillan o chillan de manera distinta
en las canoas de los viejos palacios,
y en las calles otra luz desmorona el oro de la vida.
Las cosas (tus cosas) parecen diluirse
en un sueño confuso.
y la desdicha llega a casa
y se instala como un viejo amante.
Sientes que esto es nuevo en ti,
un mensaje apenas recibido, una derrota.
En las afueras del Coliseo,
los escasos turistas rezagados se pasean,
y las terrazas de los cafés están vacías,
y las limosinas de las condesas
y los ricos norteamericanos
ya no abochornan el tráfico romano.
La ciudad también, como tú, ha perdido algo,
su juventud, su fuego, su íntimo regocijo,
y sobre la fachada de las edificaciones,
de los palacios restaurados,
la humedad, el tiempo que pasa y no vuelve,
ensaya un nuevo color,
cubre de moho y silencio el vasto material de los días.
Pero Roma es eterna,
y tu dolor, apenas una sensación nueva,
una primera derrota.
Tu dolor para el cual, ya lo sabes, no existe
bálsamo o sabiduría alguna que lo alivie.
("círculo de poesía")
No conviene volver una y otra vez sobre lo mismo
No conviene que te encierres en tu sordo, desgastado canto
Y, otra vez, derrotándote, hagas de ti tu propio enemigo.
No conviene que cargues el corazón con el peso de tus
Soledades y vacíos
Ni conviene que el dolor y la sombra te hechicen.
No conviene que tu pena sea más joven que tu esperanza
Ni conviene tampoco que tus palabras valgan más que tu silencio.
("no me quites paz")
Anita Eckberg
En Roma, eso ahora lo comprendes,
el verano se convierte rápidamente en olvido,
en hojas secas, en una sensación dolorosa.
Las aves ya no chillan o chillan de manera distinta
en las canoas de los viejos palacios,
y en las calles otra luz desmorona el oro de la vida.
Las cosas (tus cosas) parecen diluirse
en un sueño confuso.
y la desdicha llega a casa
y se instala como un viejo amante.
Sientes que esto es nuevo en ti,
un mensaje apenas recibido, una derrota.
En las afueras del Coliseo,
los escasos turistas rezagados se pasean,
y las terrazas de los cafés están vacías,
y las limosinas de las condesas
y los ricos norteamericanos
ya no abochornan el tráfico romano.
La ciudad también, como tú, ha perdido algo,
su juventud, su fuego, su íntimo regocijo,
y sobre la fachada de las edificaciones,
de los palacios restaurados,
la humedad, el tiempo que pasa y no vuelve,
ensaya un nuevo color,
cubre de moho y silencio el vasto material de los días.
Pero Roma es eterna,
y tu dolor, apenas una sensación nueva,
una primera derrota.
Tu dolor para el cual, ya lo sabes, no existe
bálsamo o sabiduría alguna que lo alivie.
("círculo de poesía")
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