Uriel Martínez (1950 )
Paraísos
Nada fue cierto: ni las galletas
betunadas que comías con café
de niño.
Tampoco las semillas que arrojabas
a las brasas y a la chimenea
para que estallaran.
Ni era verdad que acostado
esperabas despierto la llegada
de presentes.
Siempre te ganaba el sueño,
el té de hojas de naranjo,
el atole enfriado lento,
la cáscara de mandarina humeante.
Abrías conchas de trigo,
obturabas con cuchillo caparazones
de tortuga, envoltura de calamares:
pero no hallabas perlas.
Las gotas de ámbar
vistas a contraluz no contenían
joyas embalsamadas.
Entonces, sólo entonces, dejaste
de sembrar monedas de oro
en las macetas de zaguán.
Nada fue cierto: ni las galletas
betunadas que comías con café
de niño.
Tampoco las semillas que arrojabas
a las brasas y a la chimenea
para que estallaran.
Ni era verdad que acostado
esperabas despierto la llegada
de presentes.
Siempre te ganaba el sueño,
el té de hojas de naranjo,
el atole enfriado lento,
la cáscara de mandarina humeante.
Abrías conchas de trigo,
obturabas con cuchillo caparazones
de tortuga, envoltura de calamares:
pero no hallabas perlas.
Las gotas de ámbar
vistas a contraluz no contenían
joyas embalsamadas.
Entonces, sólo entonces, dejaste
de sembrar monedas de oro
en las macetas de zaguán.
Comentarios
Verdaderamente hermoso URIEL. Felicidades.