Carlos Fuentes de figurín
Tiendo a pensar que para la gente de mi generación, es decir, lectores que hoy en día andan por los 40 años, Carlos Fuentes no fue un escritor demasiado relevante ni especialmente cercano. De hecho, entre los palos gruesos del boom latinoamericano, Fuentes fue el que menos nos interesó, y me disculparán el plural aquellos contemporáneos que no estén de acuerdo, pero es difícil sostener que Cortázar, Vargas Llosa, Donoso o García Márquez recibieron menos atención de nuestra parte que Carlos Fuentes.
Por sobre su literatura -que a mí jamás me conmovió especialmente, y así me desprendo ya de este incómodo plural-, es la figura de Carlos Fuentes la que me parece digna de atención; son sus ademanes de intelectual entronizado los que me resultan llamativos, su indeclinable cercanía con el poder, la convicción de hierro que demostró al autoerigirse, con mucho éxito y poco acierto, en la voz que le explicó al Primer Mundo, a Europa y a Estados Unidos, cómo nos comportábamos millones y millones de latinoamericanos.
Dueño de uno de los bigotes mejor cuidados en la historia mexicana, Fuentes gozó de fama, premios y altísimas consideraciones, varias de estas últimas otorgadas, cómo no, por entidades europeas y estadounidenses. Es muy probable que hasta el momento de morir, Carlos Fuentes efectivamente fuese, según aseguran los cables de prensa, el escritor más famoso de México. Pero su nombre, si es que uno fija la mirada sobre los vastísimos pastizales que ocupa la literatura mexicana del siglo XX, no debería figurar en la primera línea de excelencia que conformará la posteridad.
Diplomáticos y escritores distinguidos del siglo XX mexicano fueron, no hay que olvidarlo, tipos de la talla de Alfonso Reyes y Sergio Pitol, quien está vivo y es, para mayor coincidencia, contemporáneo casi exacto de Fuentes. A Carlos Fuentes le reconocemos -y termino en plural, pues imagino que en esto coincidiremos todos- el arrojo de haber interpretado ante el mundo un rol que hoy en día resulta un tanto exótico y tal vez añejo, el de atildado intelectual latinoamericano.
(Acaso Fuentes se esmeró demasiado en proyectar una figura cosmopolita, ajena al patrón del intelectual mexicano bohemio -como lo fueron Julio Ruelas, Ramón López Velarde y Carlos Monsiváis, por ejemplo-, lumpen y adictos a las drogas propias de su tiempo; no se diga ajena también a la bola de mexicanos acusados de poco masculinos como los señalamientos que enderezaron José Mancisidor y otros de formación militar contra los Contemporáneos, señalados con desprecio como Los Anales por sus inclinaciones homoeróticas. Hasta donde se sabe, Carlos Fuentes jamás pisó la cárcel de Lecumberri, mucho menos el penal de las Islas Marías, a donde fueron a dar con sus huesos escritores que estuvieron del lado de la disidencia antes y después de 1968. La nota de Juan Manuel Vial, "CF: el atildado intelectual" se tomó del diario chileno La Tercera en línea.)
Por sobre su literatura -que a mí jamás me conmovió especialmente, y así me desprendo ya de este incómodo plural-, es la figura de Carlos Fuentes la que me parece digna de atención; son sus ademanes de intelectual entronizado los que me resultan llamativos, su indeclinable cercanía con el poder, la convicción de hierro que demostró al autoerigirse, con mucho éxito y poco acierto, en la voz que le explicó al Primer Mundo, a Europa y a Estados Unidos, cómo nos comportábamos millones y millones de latinoamericanos.
Dueño de uno de los bigotes mejor cuidados en la historia mexicana, Fuentes gozó de fama, premios y altísimas consideraciones, varias de estas últimas otorgadas, cómo no, por entidades europeas y estadounidenses. Es muy probable que hasta el momento de morir, Carlos Fuentes efectivamente fuese, según aseguran los cables de prensa, el escritor más famoso de México. Pero su nombre, si es que uno fija la mirada sobre los vastísimos pastizales que ocupa la literatura mexicana del siglo XX, no debería figurar en la primera línea de excelencia que conformará la posteridad.
Diplomáticos y escritores distinguidos del siglo XX mexicano fueron, no hay que olvidarlo, tipos de la talla de Alfonso Reyes y Sergio Pitol, quien está vivo y es, para mayor coincidencia, contemporáneo casi exacto de Fuentes. A Carlos Fuentes le reconocemos -y termino en plural, pues imagino que en esto coincidiremos todos- el arrojo de haber interpretado ante el mundo un rol que hoy en día resulta un tanto exótico y tal vez añejo, el de atildado intelectual latinoamericano.
(Acaso Fuentes se esmeró demasiado en proyectar una figura cosmopolita, ajena al patrón del intelectual mexicano bohemio -como lo fueron Julio Ruelas, Ramón López Velarde y Carlos Monsiváis, por ejemplo-, lumpen y adictos a las drogas propias de su tiempo; no se diga ajena también a la bola de mexicanos acusados de poco masculinos como los señalamientos que enderezaron José Mancisidor y otros de formación militar contra los Contemporáneos, señalados con desprecio como Los Anales por sus inclinaciones homoeróticas. Hasta donde se sabe, Carlos Fuentes jamás pisó la cárcel de Lecumberri, mucho menos el penal de las Islas Marías, a donde fueron a dar con sus huesos escritores que estuvieron del lado de la disidencia antes y después de 1968. La nota de Juan Manuel Vial, "CF: el atildado intelectual" se tomó del diario chileno La Tercera en línea.)