RÉQUIEM POR EL TERESA
Mientras estudiabas la carrera de letras españolas en la ciudad de México, trabajaste en la revista Mañana, que ya había vivido su época "dorada" cuando Salvador Novo escribió en sus páginas, aunque te tocó recibir los manuscritos del novelista Rubén Salazar Mallén, que conservaba una columna en ese hebdomadario y, ahí, donde era la sección de fototeca y hemeroteca, conversaste varias veces con el pintor Enrique Guzmán, que vivía cerca de la Zona Rosa, en la década de 1970.
En ese entonces cubrías en tu trabajo un horario de nueve a 14 horas, lo que te permitía el traslado a Ciudad Universitaria en transporte urbano por la avenida Insurgentes -recorrido que se cubría en unos 45 minutos-, donde tomabas clases de las 16 a las 21 hrs. con maestros como Sergio Fernández, Mauricio González de la Garza, Graciela Cándano y Teresa Waissman, entre otros. Nunca te interesó entrar al taller de Juan José Arreola porque siempre estaba atiborrado.
Tampoco con Margo Glantz porque ella daba clases en la mañana.
Recuerdas claramente la primera casa de huéspedes donde viviste, cerca del metro Juanacatlán, antes de emigrar a otra en la colonia Roma. Ahí el encargado te familiarizó con las rutas del metro y los transbordos para evitar las grandes aglomeraciones en horas de gran demanda. Recuerdas a algunos del resto de habitantes en esa casa: los estudiantes de Sonora y Tamaulipas y la noche que pernoctaron ahí dos de los poetas Infrarrealistas, los hermanos Cuauhtémoc y Ramón Méndez, originarios de Morelia, invitados por ti.
Fue hasta que mudaste de residencia de San Miguel Chapultepec a la calle Colima, en la Roma, que fuiste por primera vez a los cines Gloria y Teresa. Recuerdas que en el primero veías frecuentemente a un hombre con el porte y la presencia de William Faulkner, que siempre traía metida una mano en la bolsa del pantalón. Cuando alguien te dijo que el bolsillo estaba roto, te dio miedo acercarte a él por temor a comprobar que tampoco usaba boxer... En este cine viste películas de Elia Kazán y una que te impresionó mucho: Expresso de media noche.
En el cine Teresa, un domingo, exhibían El gatopardo, con Claudia Cardinale pero no le pusiste atención porque la sala estaba a reventar y hacía un calor de los mil demonios. En el intermedio te gustaba detenerte a observar las musas de la poesía, Erato, del teatro, la danza y las máscaras de la escena griega, la que ríe y la que llora. En ese entonces se podía fumar durante la función, en el vestíbulo y en los baños, en todas partes.
Te resultó admirable que después de los terremotos de 1985, ambas salas continuaran abiertas y en buen estado, se habían salvado de los sucesivos movimientos telúricos pese a la cercanía del Teresa con el restaurante La Copa de Leche, que desapareció en un parpadeo; y la proximidad del Gloria con el Centro Médico, donde quedó sepultado Javier Cara, gran amigo de Juan Villoro y a los que conociste en el taller de literatura en el décimo piso de Rectoría, en CU.
Ya pasaron 25 años de los terremotos de ese entonces. Ya murieron tus vecinos y amigos Julio Castillo y Rogelio Luévano, ambos directores de teatro; Gabriel Careaga, sociólogo y profesor; Malka Rabell, crítica de teatro en el periódico El Día; ni tampoco viven ya los dramaturgos Óscar Liera, Víctor H. Rascón Banda, Jesús González Dávila, Hugo Argûelles, guionista de películas de Francisco del Villar. Ya no viven en los alrededores de Amsterdam otros grandes amigos: Ricardo G. Ocampo, Guadalupe Pereyra ni el poeta Infrarrealista Mario Santiago Papasquiaro (que no sé si esté en la gloria o en otra parte del más allá.)
Hasta ayer sábado me enteré que está en demolición el cine Teresa y fue inevitable recordar que no dejaba de visitarlo cada vez que voy a aquella ciudad encantada en semana santa o durante las vacaciones largas de agosto. En una ocasión te conté que en el hotel donde me hospedo encontré en el cuello de una camisa blanca una chinche que no quise matar porque quizá la había traído del cine, al que fui la noche anterior, pues acaso era sangre de mi sangre.
En ese entonces cubrías en tu trabajo un horario de nueve a 14 horas, lo que te permitía el traslado a Ciudad Universitaria en transporte urbano por la avenida Insurgentes -recorrido que se cubría en unos 45 minutos-, donde tomabas clases de las 16 a las 21 hrs. con maestros como Sergio Fernández, Mauricio González de la Garza, Graciela Cándano y Teresa Waissman, entre otros. Nunca te interesó entrar al taller de Juan José Arreola porque siempre estaba atiborrado.
Tampoco con Margo Glantz porque ella daba clases en la mañana.
Recuerdas claramente la primera casa de huéspedes donde viviste, cerca del metro Juanacatlán, antes de emigrar a otra en la colonia Roma. Ahí el encargado te familiarizó con las rutas del metro y los transbordos para evitar las grandes aglomeraciones en horas de gran demanda. Recuerdas a algunos del resto de habitantes en esa casa: los estudiantes de Sonora y Tamaulipas y la noche que pernoctaron ahí dos de los poetas Infrarrealistas, los hermanos Cuauhtémoc y Ramón Méndez, originarios de Morelia, invitados por ti.
Fue hasta que mudaste de residencia de San Miguel Chapultepec a la calle Colima, en la Roma, que fuiste por primera vez a los cines Gloria y Teresa. Recuerdas que en el primero veías frecuentemente a un hombre con el porte y la presencia de William Faulkner, que siempre traía metida una mano en la bolsa del pantalón. Cuando alguien te dijo que el bolsillo estaba roto, te dio miedo acercarte a él por temor a comprobar que tampoco usaba boxer... En este cine viste películas de Elia Kazán y una que te impresionó mucho: Expresso de media noche.
En el cine Teresa, un domingo, exhibían El gatopardo, con Claudia Cardinale pero no le pusiste atención porque la sala estaba a reventar y hacía un calor de los mil demonios. En el intermedio te gustaba detenerte a observar las musas de la poesía, Erato, del teatro, la danza y las máscaras de la escena griega, la que ríe y la que llora. En ese entonces se podía fumar durante la función, en el vestíbulo y en los baños, en todas partes.
Te resultó admirable que después de los terremotos de 1985, ambas salas continuaran abiertas y en buen estado, se habían salvado de los sucesivos movimientos telúricos pese a la cercanía del Teresa con el restaurante La Copa de Leche, que desapareció en un parpadeo; y la proximidad del Gloria con el Centro Médico, donde quedó sepultado Javier Cara, gran amigo de Juan Villoro y a los que conociste en el taller de literatura en el décimo piso de Rectoría, en CU.
Ya pasaron 25 años de los terremotos de ese entonces. Ya murieron tus vecinos y amigos Julio Castillo y Rogelio Luévano, ambos directores de teatro; Gabriel Careaga, sociólogo y profesor; Malka Rabell, crítica de teatro en el periódico El Día; ni tampoco viven ya los dramaturgos Óscar Liera, Víctor H. Rascón Banda, Jesús González Dávila, Hugo Argûelles, guionista de películas de Francisco del Villar. Ya no viven en los alrededores de Amsterdam otros grandes amigos: Ricardo G. Ocampo, Guadalupe Pereyra ni el poeta Infrarrealista Mario Santiago Papasquiaro (que no sé si esté en la gloria o en otra parte del más allá.)
Hasta ayer sábado me enteré que está en demolición el cine Teresa y fue inevitable recordar que no dejaba de visitarlo cada vez que voy a aquella ciudad encantada en semana santa o durante las vacaciones largas de agosto. En una ocasión te conté que en el hotel donde me hospedo encontré en el cuello de una camisa blanca una chinche que no quise matar porque quizá la había traído del cine, al que fui la noche anterior, pues acaso era sangre de mi sangre.
Comentarios
Es triste que sea demolido este cine de estilo Art Deco.
El Jaibo se asoma, de hecho se impone, a la conciencia nacional desde San Juan de Letrán. Es la presencia del Mal que aparece en la inmediaciones de ese cine.
Alguna vez, hace más de hace ocho años, unos amigos me invitaban a entrar a un cine muy venido a menos, convertido en cine porno, un cine de ligue. PAra ese entonces, ya era el fantasma de un cine en el que se aprovechaba la oscuridad para el contacto. Un cine pantalla que recorría el último trecho de su vida en declive, en el pantano, y que exhibía películas pornográficas heterosexistas mientras que lo que en realidad buscaban los "espectadores" eran encuentros homosexuales. No sería remoto suponer que el sexo oral se practicaba con la fantasía de que era una mujer quien ofrecía su cavidad. La frase a cuyo amparo se hace es: "si tiene hoyo es salvavidas." Una forma de no asumir la gaydad, de no asumir la homosexualidad. Las prácticas sexuales han de ser trasgresoras, pero en lo oscurito. Esto permite ser supremachista a la luz del día; despreciar la condición homosexual pero beneficiarse de la existencia de putitos a los que les gusta. Después se puede acallar la conciencia con "Es que andaba muy caliente." Quizá es por lo que me negué a entrar al cine Teresa. Iba además con conocidos de clase media, que acentúan en cada gesto, en cada respiro, su arraigada pertenencia a ciertas familias porfirianas; un grupúsculo que alimenta la fantasía de ser de la gente que cuenta en este país.
El cine Teresa les permitía pasar una tarde divertida; es decir les prometía numerosos contactos sexuales sin tener compromiso alguno con seres que desprecian, traspasado el umbral del cine.
El común denominador que une a unos y otros, es utilizar al otro. Los machos utilizan a los putitos para que se las mamen; las señoras porfiristas satisfacen su sexualidad de clóset: versallescamente las reinas juegan a que son esclavas de sus albañiles y fontaneros: ¡Uy qué atrevidas!
Quizá no sea pertinente haber abordado este asunto en una evocación que es tan buena. Gracias por abrir el tema desde lo biográfico.