Uriel Martínez (1950 )
foto eriko stark
El otro apando
1.No es la primera vez que me veo obligado al encierro. Fue en 1986 cuando enfermé de Hepatitis B en Torreón que fui reducido a permanecer en casa por varias semanas. Mi cuerpo teñía las sábanas de un pigmento amarillo, propio de la enfermedad; se me asignaron platos, vasos y cubiertos de uso exclusivo para vedar el contagio a los de casa. Se me prohibió la ingesta de alcohol, en aquel entonces mi Talón de Aquiles, el sexo y la promiscuidad. Recuerdo que ya para salir de la convalecencia fui al cine del pueblo a ver "Thelma y Louise", cuya proyección deficiente se saltó el desenlace, cuando las amigas vuelan al precipicio en su coche. Una movie road, para mí, memorable.
2. Casi 35 años después me veo obligado al confinamiento mientras en Guayaquil la enorme cantidad de insepultos me han hecho recordar las descripciones de cronistas medievales que fueron testigos de pestes y epidemias. He recordado películas de Ingmar Bergman y Tarkoviski. El fenómeno de resonancia mundial me ha llevado al sueño de imágenes de Brueguel el viejo, del escritor José Revueltas, del cine de Polanski y Gavaldón, a los relatos de Rulfo.
3. Este encierro orillado por las redes sociales y las autoridades sanitarias de medio mundo me ha confinado en un apando -como en la novela de Revueltas y su personaje El Carajo-, me veo como los hombres solitarios que nos heredó el cartonista Manuel Ahumada, caminando en un Universo sin fin en las ilustraciones de M.C. Escher,; me veo en las escaleras que no llevan a ningún lado en algunos relatos de F. Kafka. No he llorado ninguna pérdida cercana ni me he condolido de mi encierro, de mi celda multiplicada y reducida en las madrugadas solas. Ya tengo callo.
(tomado de 'cuadernos de humo')

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