Verónica G. Arredondo (1984 )
Las evas de velarde no andaban de mala copa
al contrario, ajustaban talla 36 ó 34
bajos larguísimos encajes, a veces, al aire
Ni putas ni infantas
Canonizadas, alabadas, malqueridas, reprimidas, endiosadas –más no a la deidad correcta– malcogidas, jamás
Ramón puedo tener a la que le viniera en gana, o mejor dicho, a La que decidiera apuntarle en el ojo y morder la bala
Colegialas ilustres, de parentesco inventado (?), coquetas y espigadas, de la infancia amigas susurraban su nombre, de cuchicheo en cuchicheo
La falda bajada hasta el huesito es un mito urbano, la altura deseada es:
bajo el maxilar de las caderas, exponiendo en su totalidad las caladas medias, pendiendo de un fino liguero
Es mentira que las Evas prendieran el fogón sin meterse a bañar
(sin excepción en domingo)
Cosificadas, multiplicadas, patriarcadas, endemoniadas y exorcizadas, beatificadas, lubricadas, empoderadas y mul-ti-or-gásmicas
De la jarciería desaparecía la soga para marcar en la piel enrojecida el nombre
“Ramoncito” era un chico malo, promiscuo y persignado, tenía por insomnio la culpa
Tras hincar el tacón en su espalda, las jerezanas conocían la exacta medida
para hacerlo jadear
Se sabe que tuvo a más de alguna(s), pero ellas lo dejaban siempre pidiendo ¡más!
Espero que los Berumen, la familia, no den con estas líneas y quiéranme ajusticiar
De los manzanos Jerez se preparan los licores derramados el sábado de gloria
en tan excelso bacanal
Dicen que alguien escuchó una vez, de labios de una jerezana proferir:
“Podremos compartir de una misma copa: whisky, ginebra, brandy o mezcal,
mas no morderemos la misma manzana
Trátame suavemente, y no seré hoy tu domadora”.
[Inédito]
al contrario, ajustaban talla 36 ó 34
bajos larguísimos encajes, a veces, al aire
Ni putas ni infantas
Canonizadas, alabadas, malqueridas, reprimidas, endiosadas –más no a la deidad correcta– malcogidas, jamás
Ramón puedo tener a la que le viniera en gana, o mejor dicho, a La que decidiera apuntarle en el ojo y morder la bala
Colegialas ilustres, de parentesco inventado (?), coquetas y espigadas, de la infancia amigas susurraban su nombre, de cuchicheo en cuchicheo
La falda bajada hasta el huesito es un mito urbano, la altura deseada es:
bajo el maxilar de las caderas, exponiendo en su totalidad las caladas medias, pendiendo de un fino liguero
Es mentira que las Evas prendieran el fogón sin meterse a bañar
(sin excepción en domingo)
Cosificadas, multiplicadas, patriarcadas, endemoniadas y exorcizadas, beatificadas, lubricadas, empoderadas y mul-ti-or-gásmicas
De la jarciería desaparecía la soga para marcar en la piel enrojecida el nombre
“Ramoncito” era un chico malo, promiscuo y persignado, tenía por insomnio la culpa
Tras hincar el tacón en su espalda, las jerezanas conocían la exacta medida
para hacerlo jadear
Se sabe que tuvo a más de alguna(s), pero ellas lo dejaban siempre pidiendo ¡más!
Espero que los Berumen, la familia, no den con estas líneas y quiéranme ajusticiar
De los manzanos Jerez se preparan los licores derramados el sábado de gloria
en tan excelso bacanal
Dicen que alguien escuchó una vez, de labios de una jerezana proferir:
“Podremos compartir de una misma copa: whisky, ginebra, brandy o mezcal,
mas no morderemos la misma manzana
Trátame suavemente, y no seré hoy tu domadora”.
[Inédito]
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