Los estridentistas emergen (1923)
Vista por el lado serio, Irradiador (tres números:
septiembre, octubre y noviembre de 1923) es al mismo tiempo una revista de
vanguardia y un proyector internacional de nueva estética que presume, si
hacemos caso a pertinente cintillo, que “quitará el sueño a los reaccionarios y
afirmará las inquietudes de la hora presente”. El elemento de la chacota y el
sarcasmo, calcado en mucho del “Manifiesto vertical” del ultraísta Guillermo de
Torre, está en la “Irradiación inaugural” y en el caligrama que se presume escribió
Diego Rivera con el que se engalana el primer número. Mientras que el caligrama
informa que la estridentina resulta ser el “específico infalible contra la
pesadez cerebral infecciosa y la miopía espiritual aguda”, y agrega que el
Irradiador estridencial habría que utilizarlo para combatir ni más ni menos que
a “la momiasnocracia nacional”; el editorial lleva la provocación al extremo:
declara imbéciles a los lectores de la revista: “Voronoff reclama glándulas de
mono y el estridentismo ha inventado la eternidad. Pero Ud. no entiende una
palabra.”
Tontería y enfermedad van juntas y hasta se confunden: “El
Ideal supremo para Ud. es alumbrarse con velas de estearina. Ud. es un
enfermo.”
La medicina: el doctor Inverosímil, no es sino la máscara
con la que avanza sobre el tinglado del México post-revolucionario esa
sorprendente dupla formada por Manuel Maples Arce y Fermín Revueltas. La poesía
y las artes plásticas, juntas por fin, para dejar claro que la vanguardia
tendrá que ser aglomerante, o no será. Poetas, escultores, músicos, pintores,
fotógrafos, grabadores se juntan para dar juntos un alarido de guerra contra el
conservadurismo. Las cosas ya nunca volverán a ser lo que fueron.
El “rescate” de Irradiador, posible gracias a los herederos
del poeta estridentista y médico militar Salvador Gallardo (1893-1981), permite
comprobar la consolidación del estridentismo como vanguardia multi-artística
que no hace una sola concesión al stablishment cultural del momento. Las
portadas son de Diego Rivera, Fermín Revueltas y el fotógrafo Edward Weston. Al
lado de varios grabados de Jean Charlot, uno de Leopoldo Méndez, la
reproducción fotográfica de una escultura de Guillermo Ruiz y una caricatura de
Tablada a cargo de Hugo Tilghman, la revista despliega una cornucopia con
poemas de Germán List Arzubide, Salvador Gallardo, Luis F. Mena, Humberto Rivas
(ultraísta español), Jorge Luis Borges, Gaston Dinner (directamente importado
de Suiza), José Juan Tablada (exiliado en Nueva York) y el diplomático Kyn
Taniya; a lo que habría que añadir novedosos poemas visuales y pentagramáticos
del Abate González de Mendoza (bajo el seudónimo de Gonzalo Deza Méndez) y de
Polo-As (pseudónimo de Pedro Echeverría).
Los ensayos son multicolores. Destaca para mi gusto “El
estridentismo y la teoría abstraccionista”, enjundiosa declaración de guerra a
cargo de Arqueles Vela en su papel ya no sólo de divulgador sino de teórico del
estridentismo. Pero igual habría que destacar la monografía de Ricardo Gómez
Robelo acerca de las pirámides pre-hispánicas (con toques de pitagorismo) y el
ensayo acerca de la sinestesia del psiquiatra y poeta francés Emile Malespine,
director de la revista de vanguardia Manomètre.
Extraña conjunción de astros. 1923 parece ser un año crucial
en la vida cultural y política de México. Es el año en que inician sus
transmisiones las primeras estaciones de radio que hay en el país. Maples Arce
resulta señalado para leer en la emisión inaugural lo que Rubén Gallo (en su
libro Mexican Modernity. The Avant-Garde and the Technological Revolution.
Cambridge, The mit Press, 2005) llama un “poema radiofónico” titulado “tsh”
(Telegrafía Sin Hilos). Con ello pasa a la historia por ser el primer texto
literario que adquiere este privilegio. Por cierto, una de las estaciones ha
sido creada por la compañía de cigarros El Buen Tono, que coincidentemente se
anuncia en la cuarta de forros de Irradiador en lo que bien podrían ser los
anuncios más audaces desde el punto de vista plástico que se han hecho entre
nosotros, al menos uno de ellos debido al ingenio cubista-futurista de Fermín
Revueltas. El otro hecho notable son los Tratados de Bucareli y el consecuente
reconocimiento del gobierno del general Obregón por parte de Estados Unidos.
Ese reconocimiento indica la consolidación histórica del nuevo régimen
revolucionario.El otro acontecimiento cultural, que hasta ahora nos era desconocido debido a que no se localizaban los ejemplares de la revista, lo constituye sin duda la publicación de Irradiador, que es, a pesar de su muy efímera existencia, la revista más radical y más desafiante, al menos en el plano artístico, que se publicó en el siglo XX mexicano. Mi amigo el académico Maarten van Delden me decía que el diseño de la revista le recordaba Blast (Estallido) que publicaron en Inglaterra los vorticistas, publicación por cierto igualmente efímera, con sólo dos números entre 1914 y 1915.
El signo de Irradiador es el estallido, la onda expansiva de un movimiento que cambió para siempre el rostro de la cultura en México. Se supone, incluso, que esta onda expansiva llegó a Guatemala, donde David Vela (hermano de Arqueles) y Miguel Ángel Asturias publicarían su propia revista de avanzada. Así lo anuncia el núm. 1 de Irradiador: “Etc. Revista de vanguardia. Directores: David Vela y Miguel Ángel Asturias. No deje Ud. de leerla si desea conocer el movimiento estridentista en Centro América. Red. y ad: 7ª. Av. Norte 59. Guatemala, C.A.” Quizás exagerando la nota, basándose en este anuncio, Stephan Baciu ha escrito que tendríamos que leer El señor presidente como una novela estridentista.
También se anuncia en Irradiador la primera estación de radio: “T.S.H. Estación transmisora de El Universal Ilustrado y La Casa del Radio. Martes y viernes conciertos. Artistas mundiales. Los mejores programas. Av. Juárez 62. México. D.F.”
(ensayo del crítico Evodio Escalante, tomado del sitio "la jornada semanal".)
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