Sándor Márai (1900/1989 )
La solidaridad de los cuervos
Por aquel entonces había desaparecido ya todo lo que había sido una exageración de nuevos ricos, y en su lugar podía verse la realidad pura y dura: la pobreza. Yo no creo en la solidaridad entre proletarios -aunque según los etólogos existe una especie de solidaridad mutua incluso entre los cuervos- ; yo creo en la solidaridad de la pobreza. En esa época, cuando la tormenta había derrumbado por completo el elegante decorado y la sociedad se había quitado el disfraz y la máscara, emergía a la superficie la solidaridad de la pobreza. Hungría, un "Canaán de leche y miel", daba leche y miel a muy pocos; a los intelectuales trabajadores sólo les había estado dando un trozo de pan como caridad. Y los pobres de clase media -una clase media humanista que leía libros, que iba al teatro, que sobrepasaba sus posibilidades económicas a la hora de educar a sus hijos y que salvaguardaba la tradición de las relaciones sociales sin llamar la atención, una clase media a cuyos representantes muchos confundían, de manera irónica y superficial, con pequeños terratenientes venidos a menos y con nuevos ricos palurdos- no decían palabra y no se quejaban ni hacia fuera ni hacia dentro. No se lamentaban, no reclamaban nada. Como si la capa culta de la Nación -la de los intelectuales- hubiese comprendido que discutir no tenía sentido alguno, que no se podía discutir con el destino. El destino estaba cerca y era previsible. ¿De qué destino se trataba? De la soledad.
(pasaje tomado de ¡Tierra, tierra!, Publicaciones y ediciones Salamandra, Barcelona, 2006, cuarta edición. Traducción del húngaro Judit Xantus Szarvas.)
Por aquel entonces había desaparecido ya todo lo que había sido una exageración de nuevos ricos, y en su lugar podía verse la realidad pura y dura: la pobreza. Yo no creo en la solidaridad entre proletarios -aunque según los etólogos existe una especie de solidaridad mutua incluso entre los cuervos- ; yo creo en la solidaridad de la pobreza. En esa época, cuando la tormenta había derrumbado por completo el elegante decorado y la sociedad se había quitado el disfraz y la máscara, emergía a la superficie la solidaridad de la pobreza. Hungría, un "Canaán de leche y miel", daba leche y miel a muy pocos; a los intelectuales trabajadores sólo les había estado dando un trozo de pan como caridad. Y los pobres de clase media -una clase media humanista que leía libros, que iba al teatro, que sobrepasaba sus posibilidades económicas a la hora de educar a sus hijos y que salvaguardaba la tradición de las relaciones sociales sin llamar la atención, una clase media a cuyos representantes muchos confundían, de manera irónica y superficial, con pequeños terratenientes venidos a menos y con nuevos ricos palurdos- no decían palabra y no se quejaban ni hacia fuera ni hacia dentro. No se lamentaban, no reclamaban nada. Como si la capa culta de la Nación -la de los intelectuales- hubiese comprendido que discutir no tenía sentido alguno, que no se podía discutir con el destino. El destino estaba cerca y era previsible. ¿De qué destino se trataba? De la soledad.
(pasaje tomado de ¡Tierra, tierra!, Publicaciones y ediciones Salamandra, Barcelona, 2006, cuarta edición. Traducción del húngaro Judit Xantus Szarvas.)
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