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Valerio Magrelli (1957 )

Pasado cierto tiempo, la leche Pasado cierto tiempo, la leche se pone mala, como si avanzara hacia el mal, hacia su maldad, se contrae, se cuaja, abandona su estado líquido y comienza a darse forma. La sustancia dura toma cuerpo, resucita en una carne nueva y compacta, extraída de la bestia. Es queso, metamorfosis del animal secreto, el fruto muerto de una planta viva, satisfecha criatura pálida y lunar. ("otra iglesia es imposible", versión jorge aulicino)

Frank Báez (1979 )

Llegó el fin del mundo a mi barrio 2 Han pasado casi diez años y los que se hicieron tatuajes entonces hoy se arrodillan en las iglesias a pedirle a Jesús que se los borre. En las esquinas los que anuncian el fin del mundo se quedan bobos al ver al loco que traza círculos en el barrio como si fuera un filósofo. ¿Estará explicándonos la teoría del eterno retorno con sus recorridos? ¿No les recuerda al Oscuro de Éfeso con su ropa rasgada y sus ojos perdidos? La astróloga explica que las pesadillas son trailers de las cosas que vendrán. Golpean a tu puerta y al abrir está la stripper que ahora es Testigo de Jehová. Acá todo ha perdido su magia. Aquellos resplandores que en las noches pensabas que eran ovnis, resultaron ser drones. ("llegó el fin del mundo a mi barrio", antología, ed. valparaíso, méxico, 2017)

Dulce María Loynaz (1902/1997 )

La mujer de humo Hombre que me besas, hay humo en tus labios. Hombre que me ciñes, viento hay en tus brazos. Cerraste el camino, yo seguí de largo; alzaste una torre, yo seguí cantando... Cavaste la tierra, yo pasé despacio... Levantaste un muro ¡Yo me fui volando!... Tu tienes la flecha: yo tengo el espacio; tu mano es de acero y mi pie es de raso... Mano que sujeta, pie que escapa blando... ¡Flecha que se tira!... (El espacio es ancho...) Soy lo que no queda ni vuelve. Soy algo que disuelto en todo no está en ningún lado... Me pierdo en lo oscuro, me pierdo en lo claro, en cada minuto que pasa... En tus manos. Humo que se crece, humo fino y largo, crecido y ya roto sobre un cielo pálido... Hombre que me besas, tu beso es en vano... Hombre que me cines: ¡Nada hay en tus brazos! ("los poetas")

Constantino Cavafis (1863/1933 )

Melancolía de Jasón, hijo de Cleandro                                                 poeta en Comange, 595 D.C. El envejecimiento de mi cuerpo y mi figura es herida de terrible puñal. Ya no resisto más. A ti recurro, Arte de la Poesía, que algo sabes de remedios, intentos de calmar el dolor mediante la Imaginación y el Verbo. Es herida de terrible puñal. Tráeme tus remedios, Arte de la Poesía, y haz —por un instante— que no sienta la herida. ("no me quites paz", s/c traductor)

Chantal Maillard (1951 )

Mejor no diga nada Mejor no diga nada. Sería inútil. Ya ha pasado. Fue una chispa, un instante. Aconteció. Yo acontecí en ese instante. Puede que usted también lo hiciera. Suele ocurrir con los poemas: terminan condensándose las formas en nuestros ojos como el vaho sobre un cristal helado; las formas, con su herida. Pues quien construye el texto elige el tono, el escenario, dispone perspectivas, inventa personajes, propone sus encuentros, les dicta los impulsos, pero la herida no, la herida nos precede, no inventamos la herida, venimos a ella y la reconocemos. ("no me quites paz")

Uriel Martínez (1950 )

La suerte Sólo una vez frente al cuaderno se anota un nombre, una materia escolar, un corazón latiente; sólo un instante la luz da de golpe en pelo, frente, párpados vivos; sólo un flash de golpe captura, aprehende, ilumina la mirada; porque el ojo, el oído, el perfil, el cuerpo se desangran, se despiden, se vacían como el barro que, perlado, suda, hierve, reposa, aplaca, enfría, envuelve; hace que olvidemos al muerto, su nombre, su aliento, su negra suerte. [Inédito]

Kim Addonizio (1954 )

Oscureciendo, luego clareando El cielo sigue mintiéndole a la granja, alineando sus pesadas nubes sobre la sombrilla de mesa azul para luego lanzarlas sobre el río. Y el día se siente desesperanzado hasta que observa unos árboles dejando caer delicadamente sus pétalos blancos sobre el pasto junto a la casa de pájaros posada en su poste de madera, atiborrada de polluelos parpadeantes como prendas en una maleta pequeñita. Al principio deambulaste solitariamente en el jardín y no ayudó en nada saber que Wordsworth se sintió igual, pero entonces Whitman te consoló un poco, y viste el pasto como cabello sin cortar, anhelante del producto que le da brillo. Ahora estás recostada en el sofá bajo el tragaluz, el cielo empieza a limpiarse, mezcla su coctel de tristeza y resplandor, un diluvio y luego una excavación y luego suficiente tiempo para un baile o un beso más antes de que empiece otra vez, oscureciendo, luego clareando. Escuchas el alto reloj de madera en la ...