domingo, 6 de agosto de 2017

Uriel Martínez (1950 )




Villa Olvido

1
A principios de año descubrí una bodega de libros usados en Villa Olvido, distante de mi pueblo unas cuantas horas. Ahí, en un rincón, me esperaban dos libros que llegaban a mis manos sin buscarlos: una edición sureña de Villaurrutia y otra de Montejo. Ambos ya fallecidos. No quise demorarme en otra búsqueda al azar. Pagué y salí casi de prisa. En la primera esquina me detuve a revisarlos. "Nostalgia de la muerte" se había impreso cuando yo era niño; "Alfabeto del mundo" mientras cursaba la Universidad. Xavier Villaurrutia había estampado su firma de puño y letra a la mecenas Antonieta Rivas Mercado y Eugenio Montejo, el segundo poeta, a Octavio  Paz. Los cuatro ya muertos.

2
Regresé al mes a la misma Villa. El dependiente me había dicho en la primera ocasión, mientras hacía la nota de venta, que justo en un mes, recibirían otra remesa de libros de la capital, que el negocio se especializaba en libros rubricados por sus autores a otros autores; que me convenía el regreso. Fue tan discreto que no me preguntó si yo tendría vocación por la escritura, o sólo la lectura. En medio de cada ejemplar adquirido me incluyó sendos separadores con el nombre de la bodega y el horario.

3
La siguiente visita fue un sábado a mediodía. Era un día nublado, me hospedé en la casa de forasteros y viajantes de ventas de costumbre, con una valija de lona al hombro y un paraguas. Encontré cerrada la bodega. Antes de que comenzara la lluvia entré al café más cercano, desde donde se dominaba el negocio por el cual había regresado pronto. Pasado el mediodía vi que alguien levantaba la cortina de acero de la bodega. Dos hombres de edad indefinida empezaron a bajar cajas de cartón, supuse, llenas de libro.  Encendí el último tabaco para hacer tiempo y no mostrarme inoportuno o impaciente. El día se veía cargado de nubes oscuras. Había ya pagado mi consumo cuando empezó una lluvia tenue, casi inofensiva, que me daba la bienvenida a Villa Olvido.

4
Fue después de esta segunda visita, mientras el empleado me facturaba la compra de "La campaña de Vasconcelos", con unas cuantas palabras de la autora a su protector, más dos cuadernos de poesía de Carlos Pellicer y Salvador Novo, que por vez primera me percataba de que la bodega de libros viejos carecía de equipo contra incendio y, por ende, supuse, sin un seguro contra siniestros, robo o cualquier percance imprevisto como derrumbes o movimientos telúricos. Aunque los extintores pudiesen estar colocados fuera de la vista de mirones eventuales como yo, en otra sección del inmueble, es fácil suponer que no eran sometidos a revisión periódica ni al cambio de espuma, halogenados o agua simple.

5
Ramón, el empleado que me atendía y de unos cuarenta años, me ofreció café y un cigarro. Él estimaba que en una semana terminaría de desempacar las cajas de novedades, donde suponía vendrían la obra reunida de los poetas Luis Cernuda, Jaime Gil de Biedma, Constantino Cavafis y Alejandra Pizarnik, más otros autores del sur del continente y uno que otro mexicano como Jaime Reyes, Concha Urquiza y Salvador Díaz Mirón. Me avisaba por si alguno pudiese interesarme. "Voy a ver si tengo la obra reunida de Reyes y Urquiza, que una vez presté. A veces olvido si me los devuelven." Aquí en confianza -me dijo en seguida y en un tono de voz de cómplices-: creo que en alguna remesa me enviarán las últimas cartas de Jaime Reyes a su mujer, una actriz ya fallecida; y las de Urquiza a su confesor. No le respondí nada al hábil Ramón, sólo le extendí una sonrisa. Pero esta revelación me decidió a volver pronto.

6
La vida no se nos da con la generosidad esperada, ni deseada ni, mucho menos, como uno imaginó. Simplemente se nos viene encima, nos apabulla o nos amedrenta. Aunque no creo en los signos zodiacales, entiendo que haya temperamentos rudos, reposados y reflexivos, por ejemplo. La mañana de mi tercera visita a Villa Olvido, era viernes 13, madrugué, me bebí una pastilla prescrita para hipertensos y salí de la pensión a comprar el diario. Fue inevitable ver una de las notas de primera plana: incendio y derrumbe de bodega, decía el encabezado. El boletín resumía el hecho, las lluvias de temporada, la finca antigua y con nulo mantenimiento, la disputa por una propiedad del dueño quien murió intestado. Se desconocía si entre los escombros de libros, vigas apolilladas, libreros, cajas y mesas se encontraría el cuerpo del dependiente Ramón N que hacía las veces de velador del negocio. Sentí el alma en un hilo al imaginar que ahí, también, pudo ser mi tumba.

7
Pasó el tiempo sin que yo regresara a Villa Olvido. Ni siquiera cuando conseguí de oportunidad una enciclopedia de Bellas Artes, donde aparecían las fichas, fotos y firmas de aquellos autores adquiridos en el pueblo trágico. Me quedé de una pieza al ver, al compararlas, que eran distintas las rúbricas de la edición "oficial" y las estampadas en los ejemplares que me vendió el librero Ramón y, por ende, apócrifas las dedicatorias. En cuanto pude, me deshice de las ediciones para alejar la sensación de mi estupidez.



                                                                                                                                                                                     Dogville, julio 2017
[Inédito]

1 comentario:

Uriel Martínez dijo...

Me escribe un amigo de más allá del Atlántico.

"Duro y nostálgico club de los apócrifos...

Saludos y abrazos,
B."