sábado, 12 de agosto de 2017

Sam Shepard (1942/2017 )


Un relato



En este pueblo hay personas que tratan de desviar su propia muerte hacia otros. Dos mujeres con bata de enfermera. Un hombre con smoking azul. Sé quienes son aunque sólo los he visto de lejos. Siempre por la noche. Siempre amontonados, formando un grupo frenético en las esquinas, empujando uno hacia el otro una vieja silla de mimbre. Discutiendo en susurros. Tratando de esconder sus caras. Caminando furtivamente por el barrio con zapatillas deportivas. Sé quienes son, pero jamás revelaré sus delitos.
    El centro de su discusión es la silla de mimbre. Todo su terror emana de esta silla de mimbre. Una mañana, de repente apareció en la fachada de la casa de uno de ellos. Todos estuvieron de acuerdo en que era una señal de mal augurio. Señal inequívoca de su muerte inminente. Ahora creen que si dejan la silla delante de la casa de otro evitarán su propia muerte. Pero cada mañana la silla aparece delante de su casa.
    Esta noche la dejan delante de la mía. Les veo cuando la traen. No intento impedírselo. Tienen tanto miedo de que alguien les pille que son incapaz de sorprenderles. Veo cómo la tiran y luego salen corriendo. Les oigo correr varias manzanas a toda velocidad, como si temiesen que la silla pudiera perseguirles. Observo la silla. No se mueve. A pesar del frío viento, salgo y la arrojo hacia la calzada, pero el viento la empuja de nuevo hacia mi casa. Cojo la silla, la llevo hasta el centro de la calzada y la dejo tirada allí. Regreso a casa corriendo.
    Observo la silla desde mi ventana. Se ha quedado allí, en medio de la calle. Aunque los faros de los coches la iluminan, no se mueve. Me quedo dormido mirándola desde la ventana. Por la mañana vuelve a estar junto a mi porche.


23/Vii/1980
Homestead Valley, Ca.


("crónicas de motel", anagrama, 1982, trad. enrique murillo)

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