jueves, 8 de junio de 2017

Raymond Carver (1939/1988 )


Carta



Cariño, por favor, mandame el block
de notas que dejé en la mesita.
Si no está, mirá debajo.
O debajo de la cama. Está por ahí.
Si no es un block, son unas líneas
garabateadas en trozos de papel.
Pero seguro que están.
Tiene que ver con lo que nos contó una vez
nuestra amiga la doctora Ruth
sobre aquella anciana de ochenta y pico de años,
«sucia y endurecida por la mugre»
—fueron sus palabras—,
tan poco preocupada por sí misma
que la ropa se le había pegado al cuerpo
y tuvieron que arrancársela
en la sala de urgencias.
«Estoy tan avergonzada. Lo siento»,
decía sin parar.
¡El olor de la ropa irritó los ojos
de Ruth! Las uñas de la anciana
habían crecido tanto que se curvaban
hacia los dedos. Le costaba respirar,
sus ojos sólo expresaban miedo.
Pero, así y todo, fue capaz
de contarle a Ruth su historia.
Había debutado en la Madison Avenue,
pero su padre la repudió cuando bailó
en el París del Folies Bergère.
Ruth y los que estaban de guardia
en urgencias creyeron que deliraba,
pero les dijo cómo se llamaba su hijo
al que no trataba, que era gay
y regentaba un bar gay en la ciudad.
Y él lo confirmó todo. Todo
lo que había dicho la anciana era verdad.
Luego sufrió un ataque al corazón
y se murió en los brazos de Ruth.
Pero quisiera ver qué más anoté
de lo que nos contó.
Quiero ver si es posible recrear
esa época de hace sesenta años
en la que aquella joven desembarcaba
en Le Havre, hermosa, decidida,
dispuesta a triunfar en el escenario
del Folies Bergérie, capaz de tirar
la cabeza hacia atrás y de saltar a la vez,
llevar plumas y medias de malla,
y bailar y bailar, los brazos enlazados
con los de las otras jóvenes, levantando
las piernas en el Folies Bergere.
Puede que sea un block de tapas azules,
el que me regalaste a la vuelta de Brasil.
Puedo ver mi letra junto al nombre
del caballo ganador en el hipódromo
que había junto al hotel: Lord Byron.
Pero me importa esa mujer,
no la suciedad, eso no me importa,
ni siquiera cuando pesaba casi 150 kilos.
A la memoria no le importa dónde habita
y se burla del cuerpo.
«Una vez aprendí
algo sobre la identidad»,
dijo Ruth,
recordando sus años de
prácticas, «todos nosotros,
jóvenes estudiantes de medicina,
boquiabiertos ante las manos de
un cadáver. Ahí es donde la humanidad
pervive más tiempo —en las manos».
Las manos de esa mujer.
Anoté algo en ese momento,
como si la estuviera viendo
con las manos pegadas
a las esbeltas caderas,
las mismas manos
que Ruth tuvo entre las suyas y
no puede olvidar.


("marcelo leites", trad. jaime priede)

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