miércoles, 5 de abril de 2017

Gemma Gorga (1968 )


Escondite



No sé cuánto tiempo llevo escondida
en el ojo ciego de la escalera. Se han cubierto
las horas de una telilla irisada y triste
como el plato de cocido que me esperaba
en la mesa. La abuela ha dejado de llamarme
y todos comienzan a cenar sin mí.
Algunas noches, las cucharas se detienen
un instante en el aire, como si hubieran
perdido un recuerdo que les fuera necesario,
pero enseguida recobran el movimiento
y solícitas esparcen
calidez y olvido
a partes iguales.

Como un cetáceo cansado de vivir
también la escalera cerrará un día
su inmenso ojo azulado
y ya no estaré a tiempo
de entrar en el comedor
riendo
y gritando
que no era más que un juego.



Poética del fragmento



Al volver del mercado
hay que limpiar los boquerones,
o sea arrancarles la cabeza y las tripas,
retirar los hilillos todavía pegajosos
de vida, la espina central
que se desprende con un leve murmullo
de cremallera nueva, después lavarlos,
purificarlos bajo el agua del grifo
(también la muerte requiere su bautismo),
asegurarse de que no queda ningún ojo
emboscado en la ceguera húmeda de los dedos,
finalmente sumergirlos en vinagre,
esperar que la carne se emblanquezca
curtiéndose en ácido, hacia adentro.
Hace ya horas que yacen bajo la luz
planetaria de la pimienta y el aceite.
Y el olor que no quiere irse,
como si escondiera pequeñas bolsas
de memoria fósil entre los pliegues
que forman aire y materia.
Segura de que nadie me ve
me huelo el dorso de las manos
-queda siempre un vestigio
de mar en el vientre de los peces-
y sé que son las tuyas.



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