lunes, 9 de enero de 2017

Frank Stanford (1948/1978 )

La luz que ven los muertos


Son muchos los que vuelven
después de que alisó el doc­tor la sábana
en torno de su cuerpo
y dejó el cuarto para hacer su llamada.
Han muerto pero viven.
Se les conoce como los muer­tos que vivieron a través de sus muertes,
y en mi familia
se les tiene por sabios y honestos.
Flotan fuera de sus cuerpos
y se pren­den del techo como una palomilla,
sigu­iendo los afanes de todos los demás en torno suyo.
Las voces e imá­genes de los vivos
se van desdibujando.
Un bramido los traga
bajo las ruedas de una tiniebla sin dolor.
En la distancia
hay alguien
pare­cido a un guar­davía que agita una linterna.
La luz aumenta, crece una flor blanca.
Se vuelve muy intensa, como música.
Ven los ros­tros de gente a la que amaron,
los que en ver­dad murieron y hablan dulcemente.
Ven en un sem­bradío a su padre, sentado.
Ter­minó la cosecha, y su silla de mim­bre quedó lista.
Lleva una toalla alrede­dor del cuello
que huele a tónico de ron.
Luego ven a la madre
de pie, a espal­das suyas, con un par de tijeras.
Sopla el viento.
Ella le corta el pelo a él.
Los muer­tos han con­tado his­to­rias como éstas
a los vivos.



("el poeta ocasional", tr. hernán bravo varela)

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