sábado, 26 de marzo de 2016

C. K. Williams (1936/2015 )

Hielo


Esa cosa tan sorprendente que ocurre cuando clavas un punzón en un
                           bloque de hielo:
el modo en que su segmentada perfección se agrieta en relucientes fa-
                           llas, fracturas, facetas;
deltas argentíferos, deslumbrantes, que en un instante fugaz, imposible
                           de captar, complican el cosmos de sus entrañas.
Irradian entonces con espinas y púas lengüetas agresivas de luz rutilante,          
                           un tesoro de luz acumulada,
cuando lo clavas otra vez se parte en segmentos casi iguales, ambas
                            caras granulosas, consumidas, insípidas.

Una fábrica de hielo era un lugar bajo y oscuro, de madera sin pintar,
siempre húmedo y siniestro con el hielo derritiéndose.
Había aserrín y un casi dulce, incitante olor a aserrín, el cual, debido
                             al frío, parecía perforar el cerebro.
Avanzabas por el porche de techo bajo, alguien se te aparecía
con unas grandes tenazas y con los movimientos precisos, sosegados
                            del domador, sacaba un bloque de hielo de la hilera.

Coge de nuevo el punzón, dale con fuerza, cuando el bloque se parta
                            dale de nuevo, una vez más;
mira cómo se deshace en fragmentos más pequeños, fisuras cristalinas.
Si no rompe con la punción, intenta una metáfora, como el mar helado
                            interior de Kafka:
toma en tus brazos ese pastel de hielo, inventa un símil para su pesada
                            inactividad,
cuenta cómo te asusta al mojarte fríamente el pecho con tanta rapidez
                            que terminas tirándolo.

Imagina cómo incluso si se despedazara y comenzara a licuarse
aún cabría la esperanza de que si reúnes con rapidez esas resbaladizas,
                           perversamente caprichosas astillas,
logres que se congele de nuevo, restituirías su masa, perdida algo
                           de su preciosa brillantez,
justo ese tenue brillo del agua estancada en el piso áspero y  granuloso,
justo el breve sorbo, dulce, cálido como la sangre, que se evapora en

                            la lengua.


("periodico de poesía", trad. jaime priede)

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