jueves, 17 de diciembre de 2015

Mark Strand (1934/2014 )

Muriendo



Nada pudo detenerte.
Ni tu mejor día. Ni el reposo. Ni el movimiento del mar.
Tú continuaste muriendo.
Ni los árboles que abrigaron tus pasos,
ni los árboles que te ensombrecieron.
Ni el doctor que te advirtió,
el canoso y joven doctor que te salvó una vez.
Tú continuaste muriendo.
Nada pudo detenerte. Ni tu hijo. Ni tu hija
que te alimentó y te hizo un niño nuevamente.
Ni tu hijo, que creyó que vivirías para siempre.
Ni el viento que agitó tus solapas.
Ni la quietud que se ofreció a tu movimiento.
Ni tus zapatos que se hicieron cada vez más pesados.
Ni tus ojos que rehusaron mirar hacia adelante.
Nada pudo detenerte.
Te sentaste en tu cuarto y miraste fijamente la ciudad
y continuaste muriendo.
Ibas a trabajar y dejabas que el frío entrara en tus ropas.
Que la sangre chorreara en tus medias.
Que tu rostro se volviera blanco.
Que la voz se te quebrara.
Te apoyabas en el bastón.
Pero nada pudo detenerte.
Ni los amigos a quienes aconsejaste.
Ni tu hijo. Ni tu hija, que cuidó tu crecer a lo pequeño.
Ni la fatiga que vivió en tu aliento.
Ni tus pulmones, que se llenarían de agua.
Ni tus mangas que cargaron el dolor de tus brazos.
Nada pudo detenerte.
Tú continuaste muriendo.
Cuando jugabas con los niños continuabas muriendo.
Cuando te sentabas a comer.
Cuando despertabas por las noches, bañado en lágrimas,
  el cuerpo llorando.
Tú continuaste muriendo.
Nada pudo detenerte.
Ni el pasado.
Ni el furturo con su promesa de buen tiempo.
Ni la visión de tu ventana, abierta al cementerio.
Ni la ciudad. La terrible ciudad con sus edificios
  de madera.
Ni la derrota. Ni el éxito.
Nada hiciste sino seguir muriendo,
Apoyabas el reloj en el oído.
Te sentías resbalar.
Te echabas en la cama.
Cruzabas los brazos sobre el pecho y soñabas
  el mundo sin ti,
en el espacio bajo los árboles,
en el espacio en tu dormitorio,
en los espacios vacíos de ti
y tú continuaste muriendo.
Nada pudo detenerte.
Ni tu respiración. Ni tu vida.
Ni la vida que esperabas.
Ni la vida que tuviste.

Nada pudo detenerte.


("marcelo leites", trad. de eduardo chirinos)

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