lunes, 14 de abril de 2014

Alfonso Pexegueiro (1948 )

La mujer de Seraogna


Cruje el mástil de la noche, en el tiempo,
y en la ribera del silencio duerme afanosa
la mujer de Seraogna. Espiga de luz,
mujer de tiza, se introduce desnuda
en la tierra que trabaja, abiertos sus senos y su sexo.
Huele a zarza y se confunde con el grano
la mujer de Seraogna. Saben a vaca sus dedos
y a leche sus labios que el sol mata en el centro de la era.
Sabe a tiempo, a vida, a río y a sueño
la mujer que no sabe de cuentas,
que se pierde en la plaza regateando dos pesetas o el peso.
Sabe a sol, a uva, a resina huelen
sus pechos cuando anhelante y cansada me ofrece su cuerpo.
Salvaje, hiératica, mujer de hierbaluisa,
de hinojo y de fresa. Qué bien me sabes
cuando te beso confundido con tu carne, en el suelo, en el lecho.
Te humedecen los sabios y los reyes al mojar
en su saliva tu esperanza -¡cobardes!-.
Y sólo el hombre que te bebe conoce tu tristeza.
Sólo él sabe el color de tus piernas
y el olor a tierra que de ellas se desprende, mujer
de saudade
que con zuecos y sin luna pretendes cruzar la noche.




(fuente: "la mirada del lobo" , versión: Andrés Vara.)

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