domingo, 5 de enero de 2014

EL DUEÑO ANHELADO


Uriel Martínez

Hace algún tiempo me vi precisado a desprenderme de una novela que nos recomendó ampliamente un profesor universitario, ''Las cabezas trocadas'', de Thomas Mann, que un día encontré a un precio accesible a mi economía de estudiante en la Editorial Sudamericana. luego que la noche de los militares cubriera esa franja del Cono Sur. Era uno de los libros que yo atesoraba ya concluida la Universidad; y desde antes de abandonarla. Cofres que había trasladado por Ferrocarriles Nacionales de México, antes de su privatización, y que la empresa paraestatal almacenó hasta que me enviaron un ultimátum para retirarlos antes de cobrarme cargos de bodega. De ese autor alemán, además del libro ''para iniciados''. como lo había caracterizado el maestro de literatura, me había llevado a la nueva ciudad "La montaña mágica". "Carlota en Weimar" y "El elegido". De la primera y extensa novela sobre el tuberculoso Hans Castorp sólo conocía el pasaje que, apasionado, nos leyó el profesor Sergio Fernández en la clase sobre ese género literario.

 Después de buscar ansiosamente un lugar donde vivir y de una renta accesible a mis ingresos de escritor a destajo -en calidad de reportero de cultura-,una conocida accedió a confiarme una casa de campo enclavada en un cuadrado de huerta arbolada de frutales (antiguamente habían sido viñedos). Ahí,en una semana, leí la desgarrada historia del hospital localizado en una montaña fría. De ahí,mi nuevo hogar, dejé que me abandonara la historia seductora de "Las cabezas trocadas", en que se narra la vida de los amigos Nanda (18 años) y Chridaman (25 años), que un día se verán separados y muertos por la voluntad de los dioses y revividos por ese poder supremo,aunque con las testas mudadas. Noveleta facilitada,en calidad de préstamos, al esposo de mi casera. Obra que de vez en cuando veía en el librero de la sala de ese matrimonio, ahora sí, amigos míos, cuando los visitaba por invitación expresa. Préstamo que yo no me atrevía a reclamar pues era bellísima la casa que me rentaron a un precio razonable.

Cuántas veces, años después, volví a encontrarme un ejemplar de la novela obsequiada-prestada-abandonada, casi ''involuntariamente", en otras manos y en otro librero. No lo sé. Pero cada vez que la veía disponible en alguna librería de la capital, la dejaba en el anaquel en exhibición, en espera de su dueño anhelado, que no era yo. Hasta hoy que la traje conmigo porque su autor, el Premio Nobel, me levantó la veda. Una veda, un ayuno de treinta años o más.


Al paso del tiempo uno se vuelve exigente con sus lecturas, para bien o para mal. Aunque la guía de lecturas obligatorias en la Universidad te llevan de la mano por cierto menú de autores -los comprendidos en el plan de estudios de la licenciatura seleccionada-, es claro que siempre habrá plumas y nombres alternativos en aquella materias llamadas ''Optativas". Es entonces que en la materia Introducción a las Letras Francesas, por ejemplo, uno se acerca a los clásicos -digamos Rabelais o Villon- o a otros cercanos a ti como Jean Cocteau, Raymond Radiguet o Violette Leduc. Muere en el individuo universitario el instinto u ''olfato'' del lector autodidacta, aunque no del todo. Para que eso no suceda están (o estaban) los suplementos literarios de revistas y periódicos impresos, para descubrirle al sediento plumas, escuelas y círculos de autores que llenaron una época, que fueron leídos en una etapa de esplendor. Me refiero a un estilo encerrado en una frase que en una ocasión le escuché al escritor José Revueltas: ''Leíamos a Henry Miller hechizados porque en cada página había un coito''. Imposible no hipnotizarse por autores de otros países e idiomas que llevaban un estilo de vida cosmopolita, ajeno y distante del autor que asumió la literatura como una postura radical de militancia política, como un credo irrenunciable; me refiero al autor de ''El luto humano'' (1950).

Es cierto que quizá uno pudiera ir por la vida ligero de equipaje, corresponsal de guerra, casi desnudo, como escribió el poeta. Pero también es inevitable caminar por esas calles de Dios como la ''Heroica de Buenos Aires'', drama de Osvaldo Dragún, que lleva en su carromato los enseres de ella y sus hijos como solo patrimonio. Quizá abrigar el coraje suficiente para no recoger de los basureros de librerías y supermercados esos desechos llamados en nuestro país Narcoliteratura: dejarlos ahí en botaderos y anaqueles que se pudran: o como pasto de las siguientes camadas de lectores y autores. Quizá al paso del tiempo alguno perdure. Acaso dentro de cien años alguien los recuerde, los procure, los recomiende. Pero quién sabe, en todo caso no lo atestiguaremos, por fortuna...

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