martes, 21 de enero de 2014

El arte desvanece fronteras

Hace poco, la artista Patricia-Ruiz Bayón se reunió con tres migrantes en Matamoros, ciudad fronteriza estragada y los invitó a participar en una performance. La obra 70+2..., conmemoraba un acto de brutalidad que sigue traumatizando a la región: una masacre en 2010 donde murieron 72 migrantes en la vecina localidad de San Fernando que, según las autoridades mexicanas, fue perpetrada por los Zetas, una banda criminal.

Al igual que los migrantes asesinados, a los que hicieron bajar de autobuses y les dispararon, los voluntarios en la obra de Ruiz-Bayón realizaron un accidentado viaje hacia el norte rumbo a los Estados Unidos. El día de la performance, descalzos y vestidos de blanco, los dos hombres y una mujer pisaron tierra que Ruiz-Bayón había transportado desde un campo de trigo de San Fernando, evocando una fosa común pero también esperanza y renovación. Luego caminaron sobre un símbolo de infinito dibujado en el suelo, para significar el eterno camino de la migración.
Esta performance fue la primera en la serie Todos somos víctimas y culpables, un mensaje fuerte en una parte de México que se ve sacudida por choques entre las bandas rivales y la policía. La obra de Ruiz-Bayón forma parte de un movimiento artístico creciente en el Valle del Río Grande que analiza la política migratoria y el avance de la violencia desatada por las drogas en la región en los últimos cuatro años. Si bien las circunstancias y los públicos de los artistas varían, éstos se ven a sí mismos como parte de una comunidad transnacional que está dividida artificialmente.

La valla fronteriza de 5,5 metros de alto, siempre presente en la obra de los artistas, es un símbolo efectivo de la disonancia entre la interpretación local de una región unificada con fuertes lazos culturales y económicos, y las recetas policiales de Washington destinadas a controlar la zona y dividirla en partes discrecionales. Algunos artistas han utilizado la valla propiamente dicha como lugar de exposición. Después de que equipos de construcción levantaron una parte nueva a menos de una cuadra de la Galería 409, en Brownsville, Texas, su propietario, el artista Mark Clark, pidió a los artistas que acercaran sus trabajos al cerco y los colgaran de sus vigas metálicas.

Para los artistas mexicanos en Matamoros y Reynosa, donde los medios informativos locales han sido en gran medida silenciados, su obra artística, muchas veces apremiante y sombría, llena un vacío. Los artistas del lado estadounidense de la frontera tienden a abordar un enfoque más irónico. David Freeman de McAllen, Texas, diseña piñatas con forma de guardias fronterizos, probablemente a la espera de ser destrozados y convertidos meticulosamente en “trofeos” para líderes de bandas con ametralladoras pequeñas, hojas de marihuana y otros objetos bañados en pintura dorada. También incorporan objetos encontrados, como escaleras que los migrantes utilizaron para trepar por la valla de seguridad que ha tenido un costo multimillonario en dólares y ropa y documentos dejados junto al río.

El pintor con formación clásica Rigoberto Alonso González recurre a una estrategia diferente para atravesar lo que es, a sus ojos, la indiferencia de algunos estadounidenses ante la guerra por la droga en la región, pintando escenas barrocas de violencia. Sus pinturas muestran en algunos casos cabezas decapitadas; en otros, representaciones más amplias que describen a miembros de las bandas torturando a sus víctimas o familias que descubren los cadáveres de sus seres queridos muertos después de los tiroteos.

González, que nació en Reynosa y ahora vive al otro lado del río en Harlingen, Texas, abandonó el Valle de Río Grande para estudiar en la Academia de Arte de Nueva York en 2002. Cuando regresó, enseguida reconoció los paralelismos entre los relatos de las bandas y las pinturas históricas sobre violencia bíblica, como La decapitación de Juan el Bautista. “Si la descripción es demasiado cruda, la gente la rechaza”, dijo González. “Es necesario que primero la gente se sienta atraída y luego lentamente se dé cuenta de lo que está viendo”.
Artistas como González y Freeman tienen la libertad de hablar sobre política. Pero cruzando la frontera, el artista Tochiro Gallegos abandonó la fotografía callejera cuando la violencia invadió Reynosa, temeroso de que tomar una foto a alguien que no quisiera ser fotografiado le costara la vida. Ahora hace retratos de estudio que hablan metafóricamente de la violencia. Algunos modelos aparecen con cinturones de balas alrededor de la boca –“una manera de expresar todo lo que vemos, cómo tenemos que mantenernos callados”, dijo.
La obra de Ruiz-Bayón también se maneja con la metáfora. En 2010, el mismo año de la masacre en San Fernando, una ola de violencia de las bandas invadió Matamoros. Traumatizada, no pudo realizar ni una sola obra en todo un año, dijo Ruiz-Bayón. En 70+2..., buscó una catarsis. “Pensé que si los migrantes son valientes como para emprender este viaje largo, largo y peligroso, ¿por qué yo no?”
Ruiz-Bayón, que ha vivido en los Estados Unidos y en México, se negó a decir cuál era su lugar de nacimiento. “Para mí, la frontera es como un paréntesis que no es ni México ni los Estados Unidos”, dijo. “Es un lugar en sí”. Pese a ser comunes a lo largo de toda la frontera, estos sentimientos actúan como un contrapunto sorprendente a los debates sobre la reforma migratoria en el Congreso que dan por sentada la necesidad de una mayor seguridad en la frontera y cientos de kilómetros de un cercado rígido.
Para Flaherty, los artistas que intentan cambiar radicalmente la forma en que suele verse la frontera tratan de propiciar un diálogo internacional más amplio. “Cuestionan la manera de entender la frontera como puesto de control y límite o zona geopolítica y atraen nuestra atención sobre el hecho de que la frontera es maleable, es figurativa, es poética”, dijo.


(fuente "revista ñ", Clarín, trabajo de Laura Tillman, The New York Times.)

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