jueves, 21 de marzo de 2013

Eugenio Montale (1896/1981 )

Carta a Malvolio

No se trató nunca de una huida mía, Malvolio,
ni siquiera de mi olfato que huele lo peor
a mil millas. Esta es una virtud
que tú posees y que no envidio
porque no le sacaría ventaja alguna.
                                                        No,
no era una huida,
sólo un respetable
guardar distancias.

No fue difícil al principio,
cuando las separaciones eran claras,
por un lado el horror y la decencia,
oh apenas una decencia minúscula,
por otra. No, no fue difícil,
bastaba esquivar, decolorarse,
hacerse invisible,
quizá serlo. Pero después.
Después, cuando las graderías se vaciaron
honor e indecencia unidos en un pacto
fundaron el permanente oxímoron
y no era cosa ya
de huidas y refugios. Era la hora
de la focomelia conceptual
y lo torcido era lo recto, sobre lo demás
irrisión y silencio.

Fue tu hora y no ha concluido.
Con qué agilidad entremezclabas
materialismo histórico y pobreza evangélica,
pornografía y redención, náusea por el olor
a trufa, el dinero que te llovía.
Tienes razón, Malvolio, la ciencia del corazón
aún no ha nacido, cada uno la inventa a su manera.

Pero déjate de huidas ahora que se puede apenas
buscar en su negativo la esperanza.
Deja que mi inmóvil huida pueda decir
quizá a otro o a mí mismo que la partida empieza,
que la partida se cierra para el que rechaza
distancias y como tú, Malvolio, se apresura,
porque sabes que mañana será imposible incluso
para tu astucia.


(texto tomado de la web, traducción de Ida Vitale.)

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