martes, 5 de marzo de 2013

Borrachitos de buró

Mi abuela Coca sólo tomaba champagne . Mesurada en cada gesto el alcohol no la conmovía salvo en copas destinadas al brindis y las burbujas. La fórmula parece haberle rendido: murió más que centenaria y en sus 80, aún bailaba, trepada a tacos altos por las calles de Río de Janeiro, siguiendo el carnaval. La recordé hoy al leer en The Atlantic sobre un sofisticado estudio centrado en la fiesta hogareña.
Por qué brinda la gente cuando festeja, qué la lleva a escoger el alcohol como lenguaje celebratorio y cómo se elige la botella que se lleva a una casa son algunos de los interrogantes que fundan un estudio de “antropología corporativa” conducido por ReD Associates para Absolut, líder mundial en vodka, interesada en desentrañar cómo se trama en los EE.UU. el consumo doméstico de alcohol premium en encuentros sociales. Queríamos saber qué hay detrás de esas elecciones, resumen los investigadores, académicos y cientistas sociales que observaron dieciocho fiestas de Austin, Texas, a Nueva York. ¿Se bebe por estatus, amistad, diversión? El análisis verificó un ritual: quien llega con una botella inmediatamente cuenta dónde la probó y se suceden anécdotas que la asocian con la experiencia de quien la comparte. Luego, se la ubica sobre la mesa junto a otras, sin importar su costo o pedigrí.
Lo que define, concluyen los expertos, “son las narraciones que acompañan los tragos”. El cuento que nos permite contarnos en esa copa y no en otra. Por eso quien promocione sólo la calidad o pureza del alcohol pierde el negocio de la bebida en casa.
Historia de la vida privada en la Argentina , obra colectiva dirigida por Fernando Devoto y Marta Madero (Taurus), aporta una mirada local sobre la textura cultural de otros circuitos: el bar, el café, el club. A comienzos del siglo XX, invitar un vino diluye distancias sociales y es una “excusa” legítima para dialogar con extraños, pero implica una provocación al convidar a alguien con quien se mantiene un conflicto. Beber es aprender a que el enojo no te arruine un cóctel.


(Cuando se implantó en la ciudad de México el operativo "alcoholímetro", para detectar conductores con exceso de bebidas en la sangre, muchos pusieron el grito en el cielo: que era una medida puritana, equivocada para los gustos sociales, la parranda, etcétera. Te conmovió la confesión de un amigo a los micrófonos del entrevistador: él aprobaba la medida pues tenía un hermano que había perdido un brazo luego de una velada; refirió también los amigos muertos en accidentes vehiculares por exceso. Nota de Raquel Garzón, "Cuéntame un trago", en el sitio "revista ñ", Clarín.)

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