domingo, 10 de febrero de 2013

Vestidas posfranquismo: Barcelona

No recuerdo bien si fue en el año 1978 o el siguiente, vivía en ese entonces en Barcelona, cuando la ciudad todavía no estaba de moda y la mayoría de los exiliados escogían Madrid para quedarse. Las ramblas de nombres poéticos cortaban la ciudad en dos; al lado izquierdo según bajabas al mar era la gótica turística y el derecho era la oscura y húmeda que hasta la policía vacilaba recorrer, habitada por gente brava de puerto.
El dictador yacía bajo una pesada losa desde hacía tres años. Sus cuarenta años de dolores al pueblo español no se olvidaban, agonizó dictando sentencias de muerte, pero sonaban a una pesadilla lejana ya. Los herederos disputaban la herencia y cedían pedacitos de libertades para que nada cambiase en lo fundamental. Se terminó la censura y comenzaron a llegar películas y libros largamente prohibidos, algunos partidos políticos salieron a la luz, la bandera catalana volvió a flamear con orgullo en manos de viejos y nuevos nacionalistas.
La sociedad entera bullía en cambios autorizados o no y las libertades se tomaban, aunque la represión siempre aparecía cuando se cuestionaban las verdades inamovibles de la dictadura, poniendo límites al torbellino.
El Carnaval, fiesta pagana por esencia, llamado al alcohol, comida y libertad sexual, comenzó a aparecer tímidamente en los pueblos periféricos de Barcelona, como había sido en los años ’30. Un amigo catalán me dijo casi en secreto que esa noche de comienzo de la cuaresma aparecerían en Sitges unas mariposas efímeras, en el frío de la medianoche, caminando por ciertas calles, especialmente la apodada “del pecado” por la abundancia de bares y tabernas.
Terminadas las aburridas comparsas de piratas y jeques, acostados los niños y recogidos en su hogar los matrimonios, comenzaba el verdadero Carnaval. La penumbra de la calle inducía a mayor confusión la ambigüedad del ropaje y maquillaje. La dura luz del flash frontal, que empleaba como un reportero de los años ’50, revelaba la doble máscara de quienes posaban desafiantes para mi cámara.
No era simplemente disfrazarse de mujer, era asumir la identidad de una mujer en particular; la madre o una lejana estrella de cine, un vestuario soñado durante todo el año para ser lucido y provocar envidias en esas pocas horas. La luz del amanecer producía el fin de las efímeras, terminando su noche quizás al borde del mar o en una secreta habitación, donde reaparecía el rostro negado.
Durante los tres años siguientes volví a Sitges atraído por el juego de las identidades sustitutas. Las fotografías quedaron en una caja con el título de un posible libro por fuera, lo efímero común. Su publicación fue rechazada en numerosas oportunidades y cayeron en un sueño que sólo despertaría con el paso de Enrique Lihn por Barcelona algún tiempo después.
Después de cenar una noche en mi casa inicié el ritual de poner una luz cerca de la mesa del comedor y le hice una serie de retratos. En sus ojos asomaba el temor de la cercanía de la muerte provocada por un reciente infarto cardíaco, razón de su larga estadía en Barcelona. Miró las fotos en silencio. Un mes después recibí una extensa carta suya desde Nueva York, me confesaba que las fotografías que le había mostrado esa noche no dejaban su cabeza y había escrito el poema que me enviaba para publicarlo junto a ellas ya que, de otra manera, el poema no se entendía. Se acogía al título dado a mis fotos.
Luego de mi regreso a Chile, en el año 1985, lo intentamos sin fortuna y únicamente pudimos hacer un recital, él leyendo los versos y yo proyectando las imágenes en los sótanos del Drugstore de Providencia, suerte de catacumba de la cultura de esos años.
Desde entonces quedaron guardadas en su caja, sepultadas por el dolor del rechazo, hasta una mañana en que Fernanda las descubrió admirada.
Han pasado treinta años desde que Enrique, primer lector de estas fotos, abriera la caja amarilla y hoy gracias a las Ediciones de la Universidad Diego Portales he podido cumplir la promesa que le formulara, unir poesía y fotografía en un ritual que resucita a la vieja prostituta María de las Ramblas, Ocaña y su amigo Camilo, y una época que ya no existe, la de antes de las Olimpíadas de Barcelona.
Este texto, las fotos y los poemas pertenecen al libro La efímera vulgata, de Enrique Lihn y Luis Poirot, recientemente editado por Ediciones Universidad Diego Portales.


(texto introductorio de Luis Poirot, tomado del sitio "soy", Clarín. Se omitieron las fotos para que el interesado se remita al suplemento semanal argentino.)

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