lunes, 4 de febrero de 2013

La próstata al microscopio

El tumor maligno de la próstata es un cáncer frecuente. En EEUU, por ejemplo, se diagnostican 280.000 casos cada año. A pesar de la gran prevalencia de esta patología, su mortalidad no es excesivamente elevada. Siguiendo también en EEUU, allí mueren 29.000 varones anualmente por cáncer de la próstata.
¿Cuáles son los dilemas que rodean a esta enfermedad y que la están convirtiendo en un galimatías a la hora de tomar decisiones de calado en lo que se refiere a su diagnostico y posibles terapias?
Por ir desde el principio: el problema es frecuente, pero tiene un excelente pronóstico si se diagnostica en estadios precoces. Lo lógico es pensar que, como pasa con el cáncer de mama, lo mejor sería 'prostatografiar' a los varones a partir de una edad y si se confirman con otras varias pruebas las sospechas de cáncer acudir al quirófano o a la radioterapia y frenar para siempre al enemigo. Sería el escenario ideal. Lo que pasa es que ese panorama no existe como tal.
Los árboles que no dejan ver el bosque del cáncer de la próstata son varios. El primero es que no hay una "prostatografía" con buena sensibilidad y especificidad. El valor del archiconocido PSA en sangre lleva poniéndose en entredicho mucho tiempo y existe un enorme número de voces autorizadas desaconsejando su uso rutinario como se ha venido haciendo varias décadas.
El segundo obstáculo lo forma la inespecifidad pronóstica de la mejor de las pruebas posibles que se tienen ahora: la biopsia. No es fácil muchas veces distinguir al microscopio -y tampoco lo es de momento con la ayuda de microchips genéticos- qué tumor tiene muy mala baba y cuál es que se comportará más inocentemente.
La tercera maleza que empaña perspectivas la forman los efectos secundarios que tiene el tratamiento. Acaba de publicarse en la revista 'The New England Journal of Medicine' un extenso trabajo que analiza los daños colaterales de la cirugía del cáncer de la próstata y la radioterapia, tres lustros después de realizarse, en un extenso grupo de pacientes.
La incidencia de impotencia fue casi universal y la de incontinencia urinaria, aunque menor, respetable también. La conclusión es clara: bisturí y radiación son muy buenas herramientas frente al cáncer de próstata pero se cobran un peaje en calidad de vida que puede ser importante para muchos. Pensando, sobre todo, que en un porcentaje alto de ellos el cáncer de sus próstatas probablemente no habría sido mortal nunca.
El mejor escenario que se vislumbra hoy es el que preconiza, en caso de encontrar un tumor de la glándula localizado y en apariencia no muy agresivo, la vigilancia armada. Es una estrategia que consiste en perseguir de cerca el PSA en sangre y hacer biopsias repetidas por si la arquitectura celular o molecular modifica el pronóstico.
Habrá quién prefiera entrar en el quirófano y olvidarse para siempre de su próstata pero habrá también quienes, poco conformes con el riesgo de padecer una disfunción eréctil para siempre, prefieran -a pesar de la incomodidad- espiar de cerca al adversario.
No obstante, el mejor de los bosques puede que no esté muy lejos de verse en todo su esplendor. Sería el de una prueba en sangre o de imagen que se convierta en la "prostatografía" perfecta, junto a una patología tan exacta que afine en el pronóstico como el mejor gurú y una cirugía y una radioterapia con mínimos efectos secundarios en todos los enfermos en el caso de que aquellas fueran la mejor opción de curación.
Será entonces, quizá dentro de poco tiempo, cuando al cáncer de próstata se le habrá propinado un mazazo terrible.


(Tuviste un amigo que te insistió en que te hicieras tu primer análisis de próstata. Cuando le comunicaste que saliste airoso de la prueba, él te dijo que estaba emplazado a muerte de un cáncer de ese tipo. De esto ya pasaron siete años y le agradeces el consejo. Nota reproducida del sitio "elmundo".)

No hay comentarios: