jueves, 21 de febrero de 2013

Juan Rulfo todavía

Para entender y disfrutar los cuentos de Juan Rulfo no es indispensable acudir a un estudio teórico, pero precisamente quienes los han leído apreciarán mejor los dos libros que han salido sobre la obra del autor jalisciense.
Uno de ellos es el de Jorge Aguilar Mora: La sombra del tiempo. Ensayos sobre Octavio Paz y Juan Rulfo. Ed Siglo XXI. El que dedica a Rulfo se titula Yo también soy hijo de Pedro Páramo y analiza el sentido del mito y el tema irrecusable de la muerte.
El otro gran análisis de Pedro Páramo y El llano en llamas es de la académica de la UNAM, Françoise Perus: Juan Rulfo, el arte de narrar, Editorial RM.
El pormenorizado estudio de Françoise Perus —tal vez el más importante que se haya escrito hasta la fecha— nos ayuda a descifrar la diversidad de puntos de vista que intervienen en una narración como El hombre. Es admirable cómo Rulfo, a los 35 años, la edad que tenía cuando publicó El llano en llamas, dominaba el arte de contar en varios planos y desde diferentes perspectivas. Se siente que sus procedimientos no provenían de un aprendizaje teórico sino más bien de sus lecturas directas, de Faulkner principalmente. ¿Cuál es el sentido se contar así una historia? ¿Hubiera sido distinta si la hubiera contado linealmente y según el orden natural de los números? Hay varios narradores en El hombre, que se divide por la indicación de un blanco activo (el único en todo el cuento) en dos partes. Al principio hay un narrador externo, a la manera omnisciente tradicional. Después, entre comillas, aparece otro narrador que podría ser el perseguidor. Y desde los primeros párrafos se va contando el escenario y la circunstancia del crimen mismo. La segunda parte corre a cargo de otro narrador: el borreguero que tiene como interlocutor, aparentemente, a un agente del Ministerio Público. Esa diversidad de puntos de vista abona al valor significativo de la ambigüedad en la literatura: se dice más, se dicen más cosas, se dicen otras cosas, gracias a esa insinuación ambigua.
Es una delicia leer el libro de Françoise Perus. Disecciona cada uno de los cuentos de Rulfo, como Luvina o Diles que no me maten. Pero lo más interesante es ver cómo la maestra nos revela cómo están las costuras por dentro, qué es lo que hay detrás de esa sastrería literaria que produjo dos de las obras más trascendentes de la literatura universal, desde el sur de Jalisco.
Manuel Vincent ha pensado en sutilezas muy finas como las que dilucida en su artículo El azar y la memoria, publicado por El País hace poco.
El caso de Rulfo es el de los grandes genios de la literatura bendecidos por el azar que solo se convoca mediante la dinámica propia del trabajo creativo. Digamos que el azar se da por añadidura, pero solo el azar, como escribe Manuel Vincent, es capaz de conseguir la obra maestra final. “El azar acude como un polvo de luz en los momentos de escribir y solo pisa sus partículas si el escritor es perspicaz”.


(Cada vez es menos creíble que los estudios sobre la magra obra de Rulfo arrojen nueva luz sobre sus hallazgos, su técnica narrativa y la polifonía de voces que componen y tejen su única novela; quizá el estudio de la investigadora universitaria Perus -de la que aquí se ocupa el periodista y narrador Federico Campbell- sea sólo una aportación académica -honesta,eso sí- sobre lo muchísimo que se ha dicho y parafraseado de JR. Pero la fe de FC en la académica es admirable. Nota tomada del sitio "río doce".)

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