jueves, 28 de febrero de 2013

Bolaño me tomó el pelo

Pese a lo aparente, aproximarse a la figura de Roberto Bolaño no es una tarea que haya concluido. Pareciera lo contrario, por las exhaustivas lecturas que de su obra se han desprendido. Sin embargo, el acercamiento hacia su producción se ha visto eclipsado por la fama suscitada por su persona. El escritor como la estrella de pop. Existen análisis presurosos que se han dedicado a exaltarlo hasta la incongruencia. Son contados aquellos que han tenido la suficiencia de acercarse a su obra, que no es poca, con el objeto de alejarse del mito.
Bolaño fue un pésimo escritor (lean Los detectives salvajes con atención). Pero no es su peor cualidad. Su mayor defecto fue siempre su incapacidad para concluir sus libros. Y aquellos que finalizó no se encuentran dentro de lo mejor de su biobibliografía. Títulos blandos, endebles, badulaques, que sólo nutren un catálogo. Algunos ejemplos de su poca habilidad para terminar sus libros: la póstuma 2666, se presume que se trata de una obra concluida, a la cual le faltó una última revisada. Puede ser purista si se quiere, pero ¿acaso no una novela que se va a la imprenta sin la última revisión de su autor, está inconclusa? Un borrador que se edita. Imagine una versión de Rayuela sin la corrección de galeras de Cortázar.
Lo mismo sucede con Los detectives salvajes. Se asume que es una novela perfectamente estructurada, pero con un final que defrauda. No por el acto de terminar con una figura geométrica, sino porque ese hecho propone algo que expuso Cortázar en Rayuela, al proponer distintos finales a través del “tablero de dirección”. Un juego, sí, pero que jamás perdió de vista su cometido: la novela, aunque se haya decretado muerta en ocasiones, es el género literario por excelencia. Y una novela necesita un final. De lo contrario podría continuar la narración o sugerir una saga. La sensación que produce la lectura total de Los detectives salvajes, pero que el recuadro atempera. Y nos encontramos ante una obra inconclusa. Bolaño fue un escritor que nunca llegó tarde a nada. Y lo abandonaba todo demasiado rápido. Como al final de Los detectives.
Bolaño no perteneció a ninguna corriente literaria abiertamente, pero para mí fue un escritor del crack, por El Tercer Reich y sus aproximaciones a Archimboldi. Otras de sus obras, como por ejemplo Los sinsabores del verdadero policía, las escribió sólo para respaldar a la crítica que calificó a Los detectives como la mejor novela mexicana de su generación.
He oído disparates sobre Bolaño, pero ninguno tan rotundo como aquel que sugiere que era un poeta vanguardista. Y he aquí una vez más su vocación por no concluir las empresas. Soslayó su carrera de poeta para convertirse en novelista. Fue lo mejor que pudo hacer con su vida. Esa decisión lo salvó del anonimato. Bolaño es un escritor sin patria. Dejó Chile a medias, a México más que conocerlo lo presumió. Ni siquiera su identidad quedó resuelta. Hoy en día es orgullo de los chilenos, pero él les dio la espalda.


(nota de Carlos Velázquez sacada del sitio "la semana de enfrente".)

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