jueves, 10 de enero de 2013

Óscar Liera hace trece años

En los caminos solos de mi niñez en La Cruz, en los que había un cine México a la vuelta de la casa al que me dejaban entrar gratis, me tocó ver la película Ahí viene Heraclio Bernal (El Rayo de Sinaloa), nada más ni nada menos que con Antonio Aguilar, idolatrado entre la raza al grado de echarle ¡aguas! cuando un rival pretendía sorprenderlo. Eran dos películas las que uno vivía en aquel cine: la que se proyectaba en la pantalla y la que se daba en el público, que se metía por completo en la trama e interactuaba protegiendo a su favorito. Tony era de los intocables, término que en esos entonces yo creía que solo se podía usar para las huestes de Eliot Ness.
El Ahí viene Heraclio Bernal era una amenaza para los poderosos y una bendición para los necesitados. Lo apodaban El Rayo de Sinaloa porque era tan astuto que cuando el Ejército, que andaba tras sus huesos e ideales, se enteraba de que andaba haciendo de las suyas y le caía al sitio, ya Aguilar/Bernal y los suyos andaba en otro. Siempre en caballos pura sangre de esmerada educación (que no pasaron por las escuelas de la Gordillo porque si lo hubieran hecho se tropezarían solos), Aguilar/Bernal recorría con su gente terrenos accidentados, barrancos profundos, veredas interminables, campos abiertos, con pistolas al cinto y una buena canción ranchera, que hacía vibrar a la raza.

Se suponía y quiero pensar que así fue, que lo que veía en pantalla eran estampas de mi tierra sinaloense y que la actitud de Chucho el roto de Tony/Heraclio en verdad había existido.

Bastó que le planteara mis dudas a mi tío Francisco Franco Aguilar para que éstas se disiparan. En efecto: Heraclio Bernal había sido un hombre revolucionario con un gran sentido social que robaba a los ricos para ayudar a los pobres, pero no se la pasaba cantando arriba del caballo como Tony Aguilar. También supe que Guadalupe de los Reyes, el pueblo más nombrado en la película, era un pueblo minero cerca de Cosalá, la tierra natal de mi madre, y que Heraclio Bernal había nacido en San Ignacio, por donde pasaba el camión que me llevaba a Mazatlán o me traía de regreso a La Cruz. Otra cosa que me hizo ver más terrenal al personaje es que había sido padrino de bautizo de alguien que jamás me imaginé jugando el papel de bebé: mi tío, el general José Aguilar Barraza, a cuya escuela, a media cuadra, yo iba, y en cuyo balcón de su casona me aclaraban mis dudas (mi tío Pancho vivía en la planta alta de la casa, mi tío Héctor, abajo; cuando voy a La Cruz y veo lo que hicieron con la fachada de aquella mansión me dan ganas de llorar).

Pues sí, dos personajes de la historia sinaloenses ligados por las aguas del Jordán, dato curioso que en mi niñez me hizo ver a Tony Aguilar como pariente nuestro, por lo del bautizo, por lo de Heraclio y por su apellido.

Ya entrado, mi tío Pancho me contó una anécdota de Bernal en La Aguanueva, cuando iba rumbo a su destino final en Cosalá. No la recuerdo bien, sus detalles se pierden en la nebulosa de mi memoria, pero era algo así como que mis antepasados, que poseyeron y moraron esas tierras hasta la llegada de los agraristas, protegieron y dieron agua y alimentos a las huestes de Heraclio Bernal, que ya iba bastante enfermo. Sacando cuentas, debió ser mi bisabuelo, Quintín Franco, el encargado de ello, de quien guardo una generosa descripción que hace Edith S. Dorsey en si libro Luz de luna, rescatado, traducido y acotado por Pablo Lizárraga Arámburu: don Quintín era muy “español”, era un hombre educado que había viajado no solamente por todos los EU, sino también por Europa. Tenía una tienda grande en donde se vendían toda clase de mercancías en nuestro pueblo y era él lo que podía llamarse un terrateniente… Él era un joven y alegre soltero y yo tenía quince años, ansiosa de tomar lecciones de guitarra que él ofreció darme, pero como por lo general sucede con las madres, ella no vio las cosas a nuestra manera y todo lo que yo pude hacer fue escuchar y esperar que algún día se apiadara y no fuera tan estricta. Triste es decirlo, sin embargo, porque ella nunca cambió de parecer y yo nunca aprendí a tocar la guitarra, ¡ay de mí! ¡Vaya, hasta que tuve una buena oportunidad para sacarla!

Muchos años después de aquella ida al cine México y la visita posterior a mi tío para que me sacara de dudas, me reencontré a Heraclio Bernal en el teatro del IMSS, aquí, en Mazatlán. La obra se llamaba Los Caminos Solos, escrita y dirigida por Óscar Liera, otro revolucionario sinaloense en todo el sentido de la palabra. Fue en agosto de 1989 y se presentó para recabar fondos para que el Tatuas nos representara en el Festival de Teatro de Manizales, Colombia. Óscar venía tan enfermo como debió estarlo Heraclio cuando pasó por la Aguanueva, en la versión de mi tío Pancho.

En Los Caminos Solos no encontré a un Tony Aguilar a caballo que se la pasaba cantando en las entrañas de la tierra sinaloense, sino a un Héctor Monge que nos mostraba un Heraclio Bernal de carne y hueso, sensible ante la injusticia, cuestionador del régimen y enemigo de los explotadores protegidos por el poder político. Un ser humano que no se doblegaba ni ante la fatalidad que lo merodeaba, al igual que al autor de la obra.

Heraclio Bernal muere el 5 de enero de 1888, a los 33 años. Según la leyenda, acribillado por su compadre Crispín García, a mandato suyo, para que cobrara los diez mil pesos que el Gobierno ofrecía por su cabeza. Óscar Liera muere el 5 de enero de 1990, a los 44 años.

Y siguen los caminos solos.


(Conocí a Jesús Óscar Cabanillas Flores en la escuela de Filosofía y Letras de la UNAM, que me deslumbró cuando escuché la observación de un intelectual orgánico que le decía a otro: "mira, se parece a Anthony Perkins el de Psicosis ", desde entonces me propuse hacerme su amigo; y gracias a Ulises Ceniceros, lo conseguí. Nota de José Luis Franco en el sitio "río doce".)

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