martes, 22 de enero de 2013

Mario Santiago entre nosotros

La incesante proliferación, a una y otra orilla del Atlántico, de pequeños sellos editoriales, animados por un espíritu más o menos empresarial, constituye un fenómeno notable que ha dado lugar a toda suerte de especulaciones, casi todas plausibles. A la hora de explicárselo, sin embargo, conviene subrayar convenientemente un dato fundamental: publicar libros no es un empeño que reclame, de partida, un capital demasiado importante. Cuenta más tener convicciones claras, cierta capacidad de entusiasmo (pero también de sacrificio), y esa tendencia a la divulgación de las propias querencias que algunas veces admite ser confundida con la generosidad.

No pocos sellos editoriales son fruto, antes que nada, de una exaltada complicidad, de devociones compartidas, de apasionadas conversaciones que terminan convirtiéndose en conspiraciones para ver publicados determinados libros que de otro modo podrían tener dificultades para existir finalmente. Así parece haber ocurrido con Ediciones Sin Fin, el minúsculo sello editorial que en Barcelona acaban de impulsar Ana María Chagra y Bruno Montané, sin más objetivo que el de compartir unos pocos textos a los que ellos tienen acceso privilegiado y que estiman de común interés.

Ediciones Sin Fin se estrenó hace escasos meses con la publicación de Sueño sin fin, título de un extraño y perturbador artefacto poético de Mario Santiago Papasquiaro, poeta incendiario cuya obra sigue resistiéndose -como su propia personalidad- a todo intento de encasillamiento, y no cesa de emitir destellos cegadores que alejan de ella a los lectores pusilánimes. Y digo artefacto poético porque no se trata de un poema propiamente dicho, o al menos no de un poema convencional, dado que fue armado por Bruno Montané y Roberto Bolaño a partir de los versos que Mario Santiago dejó diseminados en los blancos y entrelíneas de los libros que sus amigos le prestaron durante su paso por Barcelona, adonde había llegado en el invierno de 1977, y donde permaneció algunos meses antes de continuar un periplo por Francia, Austria e Israel.

Lo cuenta Bruno Montané en el breve prólogo que antepone al poema. Bolaño y él, dice, “nos juntamos a trabajar y, de modo más bien instintivo y aleatorio, haciendo nuestra personal relectura e interpretación de sus textos, nos pusimos a copiar aquel material”. Se trata aquí, pues, del descomunal engendro de una escritura arrebatadamente impulsiva, seminal, casi podría decirse eyaculatoria, y de una paciente, lúdica y devota tarea de transcripción, selección y montaje. Concurre aquí, superpuesta, la solidaria militancia de tres de los poetas fundadores del movimiento infrarrealista, surgido en Ciudad de México un año antes (1976), y del que muchos lectores tienen noticia a través del emocionado y cáustico homenaje que a ese movimiento y a sus secuaces rindió Bolaño en Los detectives salvajes (donde Mario Santiago aparece bajo el nombre de Ulises Lima).

En el título de Sueño sin fin resuena el de un poema mítico de José Gorostiza, “Muerte sin fin”, y la cita de un poema de Samuel Beckett, que sirve epígrafe. Bajo las palabras de Beckett, las que Bolaño puso al frente del texto, una vez terminada su participación en él: “A la manera de los agitadores rojos antes de llegada de los ejércitos revolucionarios”.

A modo de bonus track, se añade al volumen el texto de una rara entrevista que Mario Santiago respondió por escrito. Se la hizo Leo Eduardo Mendoza para El Universal de México, en 1996, al poco de aparecer Aullido de cisne, el último poemario que Mario Santiago -muerto por atropellamiento en enero de 1998, se cumplen ahora quince años- publicó en vida. Ya el título de la entrevista, que admite ser leída ella misma como un poema, es sensacional: “La posteridad nunca será mi suegra”. Y entre un puñado de declaraciones asombrosas, estremecedoras, excitantes, atronadoras, esta extraordinaria definición del poeta, sacada del epígrafe a Aullido de cisne: “El poeta es el géiser de su propio ser”.

¡El géiser de su propio ser!

Luego, ya al final, la personal adaptación que hizo Mario Santiago de unas palabras de Allen Ginsberg, y que cobra el valor de un manifiesto: “Sólo me interesa la Poesía que surge de los laberintos incendiados”.

El segundo volumen publicado por Ediciones Sin Fin es Aquí sobra la eternidad, última entrega del poeta peruano Tulio Mora, integrante del movimiento Hora Zero-Infrarrealista, pariente consanguíneo del Infrarrealismo mexicano, y al que él mismo calificó, en una sonada antología, como “la última vanguardia latinoamericana de poesía”.

Este pequeño sello (edicionessinfin@gmail.com) afirma así su voluntad de actuar como contraseña de la literatura más audaz e incombustible.



(nota de Ignacio Echevarría, calcada del sitio "El Cultural". Cuando llegaste a ciudad de México, diciembre de 1973, ya eras amigo de Mario Santiago y Elena Milán, que regularmente asistían al taller de literatura de Juan Bañuelos en el décimo piso de Rectoría, UNAM. En ese entonces estaban por aparecer en la vida de MS Papasquiaro, los chilenos Bruno Montané y RB.)

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